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Hoy los actores no fuman, antes sí, antes fumaban con verdadera pasión. Cuando Humphrey Bogart o John Wayne se llevaban un cigarro a la boca lo hacían con amor, su boca se acercaba a la boca del cigarro, transpiraban, saboreaban el humo y lo disfrutaban, había más pasión en su forma de fumar que en su forma de besar. El tabaco ya no está bien visto y el cine ha perdido eso, ahora los actores no fuman, pero Matthew McConaughey sí fuma. Pero fuma de una forma muy distinta a como lo hacían los actores del Hollywood clásico. Cuando su Ron Woodroof de Dallas Buyers Club o su Rust Coehl de True Detective se meten un cigarro en la boca no lo hacen para disfrutarlo, si no para sufrir las consecuencias de sus actos. Matthew McConaughey no besa su cigarro, lo muerde, hace que penetre en él, transpira su humo con violencia y lo expulsa con la misma, como si no quisiera que formase parte de él. Pero los cigarros de Matthew McConaughey no son tales, esos que el Detective Rust Coehl fuma como un carretero, uno tras otro, son los nuevos papeles de Matthew McConaughey esos que el actor hace que penetren en él y los coge con tanta fuerza que los tiene con pura violencia hasta coger uno nuevo, de inmediato, uno tras otro, porque Matthew McConaughey fuma e interpreta como un carretero.

Esta noche Matthew McConaughey ganará su primer Oscar, si hace tan sólo cinco años, ese mismo año que Sandra Bullock ganó un Oscar inmerecido, nos presentaran esta posibilidad posiblemente nos reiríamos del que nos dijera que esto podría pasar. Pero fue ese mismo año, en 2009, cuando Matthew McConaughey decidió cambiar el rumbo de su carrera. Ese año cumplía 40 años, su hija Levi había nacido el año anterior, y McConaughey seguía en la cima, acababa de estrenar Los fantasmas de mis ex-novias, una de esas comedias tontas en las que el actor se especializó durante tanto tiempo y volvió a gozar de un gran éxito popular. El futuro se presentaba prometedor, Universal le ofreció interpretar al mítico detective Magnum por 15 millones de dólares, pero el actor se negó, no sabíamos lo que pasaba por la cabeza del actor en ese momento. Pero hubo una ruptura, un hiato de dos años que supone la evaporación de una sonrisa brillante por la creación de una mueca perturbadora.

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Realmente Matthew McConaughey nunca fue un mal actor, basta con ver su papel en Tiempo de matar para darse cuenta que ahí había un intérprete con talento que decidió camuflarlo, olvidarse de él y actuar sin esfuerzo en comedias tontas que le aseguraban un buen cheque y limitar la complejidad del arte de la actuación a intensas sesiones de gimnasio. Pasaron quince años desde el estreno de Tiempo de Matar al de El inocente, la vuelta de Matthew McConaughey a la gran pantalla, pero posiblemente aquel papel tuvo mucho que ver en la condición que impuso el escritor Michael Connelly, permitiendo la adaptación de su novela sólo si McConaughey la protagonizaba. Allí vimos el mejor Matthew McConaughey en años, pero ni por asomo ese papel nos hacía imaginarnos lo que el actor sería capaz de ofrecernos durante los dos años venideros.

Fueron sus siguientes películas: Killer Joe, Bernie, Magic Mike y El chico del periódico lo que nos hizo empezar a preguntarnos, ¿quién es este actor llamado Matthew McConaughey al que acabamos de conocer? Pero fue el año pasado cuando el actor dio un golpe sobre la mesa definitivo, su enigmático Mud ya despejó todas las dudas, en El lobo de Wall Street, en apenas diez minutos nos confirmó todo lo que había venido mostrando en estos años. Pero llegó Dallas Buyers Club y el actor nos mostró de todo lo que era capaz, se adentró por completo en las entrañas de su personaje, un trabajo de un enorme castigo físico, un trabajo que precisaba de una dura implicación psicológica que el actor supo capturar a la perfección, y ahora, semana tras semana, nos conquista y nos fascina en True Detective, ha borrado por completo todo rastro de su sonrisa blanca, ha olvidado sus abdominales para someterse a un estado físico tan deplorable como necesario para explorar la perturbada mezquindad latente en sus siempre enigmáticos personajes.

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Matthew McConaughey ha encontrado lo que sabe hacer, y lo hace a la perfección, ha encontrado en su vulgar acento texano, tan característico, un arma que forma un simposio cojonudo con su mirada, absolutamente perdida, indescifrable, catatónica, el lugar en el que refugiarse. El lugar de dónde esas interpretaciones nacen, que transpira y expulsa con violencia, con desprecio, como si odiara a unos personajes únicos, en los que se camufla y se borra por completo para dar pie a algo fascinante. Sí, cinco años después Matthew McConaughey va a ganar su Oscar, y lo va a hacer como un hombre que fuma, que ha convertido a la interpretación en una droga que recorre su cuerpo y se apodera de él. Cinco año después Matthew McConaughey es un actor fascinante, uno de los mejores intérpretes del cine actual, algo que jamás pensaríamos que diríamos cuando simplemente, como Stewie, todos pensábamos que Matthew McConaughey apestaba.