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La nueva película del canadiense Jean-Marc Vallée es una de esas obra que ha dado vueltas y vueltas durante más de veinte años por los despachos de Hollywood. Dennis Hopper, Marc Foster o Craig Gillespie fueron algunos de los nombres que se acercaron a la película y de su mano actores como Woody Harrelson, Brad Pitt y Ryan Gosling para dar vida al personaje de Ron Woodroof. Que el proyecto finalmente haya recaído en la manos de Vallée me parece un completo acierto, porque estamos hablando una obra que nace puramente desde el libreto escrito por Craig Borten y Melisa Wallack que llegaron a entrevistarse con el propio Woodroof antes de su muerte en 1992, pero el realizador era el adecuado para comprender esas líneas. De hecho, el nombre de Vallée empezó a cobrar relevancia en el panorama internacional tras el estreno de la fantástica C.R.A.Z.Y., una película autobiográfica que narraba las complicaciones que tuvo para salir del armario en la adolescencia en un ambiente familiar bastante conservador. Es cierto que Dallas Buyers Club no es propiamente una obra de carácter homosexual, pero el realizador muestra un entendimiento innato, que nace desde su propio conocimiento, por las actitudes, del odio a la comprensión de todos sus personajes.

“Le quedan 30 días de vida” palabras que suenan a sentencia, una condena para cualquiera, saber la fecha de la muerte, el mayor horror de todos, tratar de apelar, de sobrevivir, es la única opción. La película no arranca con esta sentencia, aunque bien podría haberlo hecho, pero antes de ello marca un rápido dibujo del personaje. Ron Woodroof es un hombre del sur de Texas, con todo lo que eso implica, un jinete de rodeo, homófobo que hace chistes sobre Rock Hudson y se pavonea de sus amigos de su masculinidad, mientras se restriega con mujeres en los burladeros. Esta pequeña pincelada sirve de sobra para entender el impacto que tuvo para Woodroof enterarse de su enfermedad, de lo que allá en 1985 se conocía despectivamente como “el cáncer de los maricas”. A partir de este momento, llegará primero la negación obvia a que él no puede padecer SIDA, y luego asimilar que es una realidad, comprender como llegó esto a él, y entender que sólo le queda aprender a sobrevivir, como si fuera un condenado a muerte apelando para alargar su sentencia, sabiendo que su final está cerca, pero imprimiendo únicamente sus ganas de vivir para conseguir salir adelante. Y aunque le dieron 30 días, este luchador consiguió sobrevivir 7 años más, gracias sobre a todo, a sus ganas de vivir.

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Pero Dallas Buyers Club no es la historia sobre un condenado a muerte tratando de vivir a toda costa. Bueno sí lo es, pero es ahí donde nace la grandeza de la película, que es una película sobre una cosa, pero también sobre otras, como tres películas perfectamente conjugadas entre sí, como tres obras independientes que funcionan a la perfección siendo realmente una sola. Lo primero que encontramos en ella es la humanización de un personaje de ese condenado que debe superar su odio para entender su problema y que acaba convirtiéndose en una bella historia de amistad. Porque cuando Ron descubra su enfermedad, no tendrá que lidiar sólo con los efectos de ésta, sino también contra el repudio y la marginación que ésta le conllevará por parte del círculo de sus amigos, realmente, uno tiene la sensación de que es algo merecido porque no tenemos dudas de que la actuación de Ron hubiera sido igual que la de los que eran sus amigos. Pero esto le llevará a Rayon un transexual que también está enfermo de SIDA y que pese a las primeras discrepancias será el motor que guie a Ron en este viaje de superación personal en el que se ve forzado a entrar para vencer a su enfermedad. Ron y Rayon permanecen a mundos completamente distintos, pero se sienten como dos prisioneros en celdas contiguas que conociendo su destino, no encuentra una forma que avanzar que la del uno con el otro.

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Pero pese a esa narración tan íntima y personal de la enfermedad de Ron Woodroof, la película nace principalmente con el propósito de lanzar una crítica dura y mordaz contra el funcionamiento de las farmacéuticas. Woodroof es un luchador incansable, él sólo quiere vivir, la primera opción será conseguir medicamentos de manera ilegal, tras ello viajará a México, y se acabará convirtiendo en un investigador insaciable en busca de su bienestar. Siempre con la clara idea en la cabeza de que está condenado a muerte, pero buscando la manera de postergar este final. Será así como nazca este Dallas Buyers Club que da título a la película, dónde Woodroof se encargará de suministrar medicamentos a otros enfermos de SIDA. En realidad no en busca de un bienestar generalizado o como una acción de carácter solidario, si no por las ganancias que esto le genera para poder seguir medicándose, siempre él mismo, altruista e intolerante, pero conviviendo con las necesidades presentadas. Pero aquí se tomará con un enemigo peligroso, el propio gobierno y se convertirá en una lucha encarnizada entre aquellos que simplemente quieren seguir viviendo y los que ven la droga como un negocio.

Pero en medio de todo esto hay algo que reluce, sus dos protagonistas. Más de veinte kilos tuvo que perder Matthew McConaughey para meterse en la piel de Woodroof, pero no es algo que se reduzca a lo físico, el actor saca todo el odio del personaje afuera, su incomprensión del nuevo mundo en el que se ve obligado a vivir, pero también todas esas ganas de vivir consigue reflejarla en esa mirada saltona y vacilona que tiene. Su recreación de Woodroof da verdadero terror, pide compasión, más incluso que al homosexual interpretado por Tom Hanks en Philadelphia, porque es un hombre que no busca simplemente la salvación, si no la completa redención a su forma de ser, que siente que lo ocurre es algo así como un castigo. Por el otro lado, y no menos soberbio Jared Leto, el actor que llevaba seis años retirado de las cámaras también se sometió a un duro castigo físico perdiendo 15 kilos, aunque hay imágenes en las que le vemos desnudo que da la sensación de que esta pérdida es aún mayor. Hay algo en el personaje de Rayon que resulta fascinante, no es simplemente alguien que no quiere morir como Ron, si no que es alguien que no quiere dejar de destacar, de ser especial, resplandeciente, y Leto consigue mostrar a la perfección toda la luz de su personaje. El trabajo de dos actores impresionantes que además demuestran entenderse a la perfección no hace más que elevar a lo que ya era una magnífica película a las alturas.

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Como decíamos, lo más interesante de Dallas Buyers Club es que no se limita a contar una historia, cuenta tres y muy distintas. Una historia de miedo, de un hombre que va a morir, lo sabe y no quiere hacerlo. Una historia de amistad, o casi de un amor platónico, que nace desde el odio y acaba en la impotente necesidad del uno por el otro, contada además de una forma emocionante, triste y sin caer en sentimentalismos. Por último, contiene una crítica feroz a un comportamiento que ya existía en los 80 en Estados Unidos, pero que aún sigue pasando allí (y como todo lo malo, cada vez más aquí) el juego de las farmacéuticas, el juego de la vida, cuando ésta no vale nada más que el dinero que pueda generar. Y estas tres historias se fusionan de una manera casi mágica, haciendo que la película circule con una precisión casi milimétrica dando lugar a la que es una de las mejores de las películas del año. 

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Ficha técnica:

Título original: Dallas Buyers Club Director: Jean-Marc Vallée Guión: Craig Borten, Melisa Wallack Música: Anton Monn, Carolos Periguez Fotografía: Yves Bélanger Reparto: Matthew McConaughey, Jennifer Garner, Jared Leto, Steve Zahn, Dallas Roberts, Denis O’Hare, Griffin Dunne, Kevin Rankin, Lawrence Turner, Jonathan Vane Distribuidora: Vértigo Fecha de estreno: 14/02/2014