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Siempre es un placer adentrarse en el cine del gran Alfred Hitchcock, las películas del mago del suspense constituyen un pilar fundamental en la historia del celuloide. Pocos directores pueden ponerse siquiera a la altura del fenomenal realizador inglés, y es que Hitchcock fue el responsable de muchas de las más grandes obras maestras del cine de suspense: Psicosis, Vértigo, Con la muerte en los talones, La ventana indiscreta, Crimen perfecto… Un sinfín de títulos sobresalientes nos vienen a la cabeza al recordar al bueno de Hitch. Pero hay una muy especial que resulta vital en la extensa carrera del fantástico director, la que es considerada como su primera gran obra maestra: Rebeca.

Años atrás, Alfred Hitchcock había realizado un buen puñado de películas en el Reino Unido, más de 20 títulos entre los que encontramos obras notables como 39 escalones o Alarma en el expreso. Pero es sin duda Rebeca la película que marca la diferencia en la larguísima carrera del director inglés, sobre todo en cuanto a calidad y madurez, además de ser la primera cinta de Hitchcock rodada en territorio norteamericano.

Hitchcock se encargó de dirigir el guión escrito a dos bandas entre Robert E. Sherwood y Joan Harrison basado en la novela  de Daphne du Maurier. Con una puesta en escena más propia del melodrama clásico que de los thrillers que solía dirigir Hitchcock por entonces hubiera sido fácil pensar que el proyecto quizás le venía grande al orondo realizador británico, quizás por el punto de partida y la ambientación (una hermosa historia de amor entre una preciosa joven y un apuesto hombre de sociedad) hubiera sido lógico pensar que otros directores hubieran encajado mejor por su perfil en esta película, como por ejemplo William Wyler.

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Pero lo cierto es que en Rebeca, tras esa historia de amor, hay una nube de misterio que no todos sabrían cómo manejar. Es ahí donde entra en acción las dotes cinematográficas de Alfred Hitchcock, nadie sabía crear atmósferas de suspense como él. Lo cierto es que es precisamente en Rebeca donde encontramos uno de los mejores ejemplos de esa atmósfera misteriosa, envolvente y densa, tan densa como la bruma que rodea Manderley, la villa en la que acontecen la mayoría de sucesos de la película. Es este guión probablemente uno de los más sólidos y trabajados con los que trabajó Hitchcock en toda su carrera. Rebeca supuso también la primera de las cinco nominaciones al Oscar al Mejor director que obtuvo Alfred Hitchcock en su extensa y dilatada carrera, no llegando a ganar ninguno de ellos por extraño que parezca.

 Una triste certeza que se repite en muchas de las películas de Hitchcock es que el director no sabía rematar del todo bien algunas de sus películas. Unas por temas de guión y otras por precipitación a la hora de rodarlo, la realidad es que donde flaqueaba Hitchcock era en las rectas finales de sus películas. Afortunadamente, Rebeca es una excepción, su limpieza argumental y narrativa no se ve ensuciada por un mal final, al contrario, es con diferencia uno de los mejores finales que jamás dirigió Alfred Hitchcock. La cinta puede considerarse como la más equilibrada de la carrera del director, por su buen manejo de la tensión y el suspense a la par que sabe mantener una narración sobresaliente y férrea durante todo su metraje.

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Además de mezclar los géneros del romance y el suspense, el film explora de manera muy inteligente el subgénero del drama psicológico. La presión que siente la protagonista con las continuas comparaciones con la anterior esposa de su marido Maxim acaba por desquiciar al espectador. Esto es debido a la colosal interpretación que nos regala Joan Fontaine, que vería como le negaban un muy merecido Oscar. No lo obtuvo por su trabajo en Rebeca, pero sí al año siguiente de nuevo de la mano de Alfred Hitchcock con Sospecha. Es inevitable pensar que la Academia quiso enmendar su error del año anterior, algo muy común en estos premios. Junto a ella, un formidable Laurence Olivier que tampoco se alzaría con la dorada estatuilla. Se cuenta que Olivier y Fontaine se llevaban a matar durante el rodaje de la película, cosa que aprovechó Hitchcock para atormentar a la pobre Fontaine con el fin de que su personaje fuese más auténtico y creíble. No sería, ni mucho menos, la última vez que el díscolo realizador británico utilizaría esas artimañas con sus actrices. Completan el reparto grandes nombres como los de George Sanders, Reginald Denny, Gladys Cooper y, sobre todo, una terrorífica Judith Anderson, en el papel de ama de llaves. Sin duda el personaje de Anderson es uno de los más terroríficos del cine de Hitchcock, realmente espeluznante.

La película fue galardonada con dos premios Oscar en la decimotercera edición de los premios de la Academia. En primer lugar el de Mejor fotografía en blanco y negro que fue a parar a las manos de George Barnes. Y en segundo lugar, Rebeca se alzó con la preciada estatuilla a la Mejor película, una verdadera hazaña teniendo en cuenta cuáles eran algunas de sus rivales: El gran dictador, La carta, Las uvas de la ira e Historias de Filadelfia, entre otras. Además de estos dos galardones, Rebeca obtuvo otras nueve nominaciones que, evidentemente, no corrieron la misma suerte.

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Una de las particularidades que enaltecen más si cabe la figura de Rebeca en la historia del cine es que en ningún momento, en los 130 minutos que dura la película llegamos a conocer el nombre del personaje de Joan Fontaine. Nunca llegamos a ver el personaje de Rebeca, puesto que está muerta, pero la película gira completamente en torno a ella, eclipsando de una manera casi escalofriante a la segunda mujer de Maxim De Winter. Es tal la influencia del personaje de Rebeca De Winter en la película que, sin necesidad de aparecer en pantalla, acapara toda la película con su solo recuerdo. No en vano el título de la película es Rebeca. El responsable de esta genialidad fue nada menos que el productor del film, David O. Selznick, dado que en el guión original la protagonista sí tenía nombre. Otra curiosidad es que a raíz de esta película en España se empezó a llamar rebecas a las chaquetitas que usaba habitualmente el personaje de Fontaine.

Pasarían los años, Alfred Hitchcock seguiría dejando obras maestras para el recuerdo y las generaciones venideras disfrutaríamos de todas ellas años después de su muerte, pero no hay en toda la filmografía del realizador inglés una película que se parezca lo más mínimo a la monumental Rebeca. Es indescriptible la sensación que provoca la película en cada visionado. La preciosa historia de amor, la mano firme de Hitchcock tras las cámaras, el trabajo portentoso de Fontaine y Olivier y sobre todo, la sensación que provoca visitar la brumosa Manderley aunque sea a través de una pantalla. Muchas son las excusas para ver Rebeca ya sea por primera o por enésima vez, pero la más importante es sin duda la necesidad de impregnarse de puro cine, y Rebeca es cine con mayúsculas.