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¿Te imaginas ver una y mil veces Terminator 2 de pequeño para, veinte años después, intercambiar frases retadoras con Arnold Schwarzenegger en su última película? Un salto así de grande y surrealista fue el que dio Eduardo Noriega cuando aceptó dar vida al narcotraficante mejicano Gabriel Cortez en la película El último desafío (The Last Stand, 2013). La película, una relectura moderna y estilizada (pero finalmente descafeinada) de los western clásicos, pasó por los cines españoles y norteamericanos con más pena que gloria. Pero allí estaba Eduardo Noriega, uno de los nuestros, batiéndose el cobre con el mismísimo Schwarzenegger.

Doy por hecho que Noriega era un ferviente seguidor en su infancia del actor austriaco, que tenía gastada la cinta de Depredador, que se sabía los diálogos de Comando y que hasta se alquiló Poli de Guardería solo porque salía su nombre en la carátula. Porque si no es así, si Eduardo Noriega no idolatraba en cierta manera al futuro “Governator”, no se explica que aceptara un papel tan genérico como el de “villano latino” en una película de acción que poco o nada podría aportarle a su carrera. Sí, el director de El último desafío era una apuesta ligeramente artística (Kim Jee-Woon ha dirigido las reputadísimas Dos hermanas o Encontré al diablo); y, sí, la película podría abrirle las puertas de Hollywood pero, ¿era este el modo en el que quería entrar?

Es verdad que a Antonio Banderas le salió bien entregarse al puro desenfreno genérico a su llegada a Los Ángeles (lo mismo se ligaba a Rebecca de Mornay en la delirante Nunca hables con extraños que se liaba a tiros con Stallone en Asesinos), pudiendo elegir mejor sus proyectos pasados varios años, pero la mayoría de las veces la moneda ha caído del otro lado. Jordi Mollá acumula papeles de “malo hispano” en Dos policías rebeldes II, Noche y día, Colombiana, Riddick… y parece haberse quedado (¿a gusto?) en el famoso “encasillamiento” (que para los actores es algo así como la kriptonita para Superman). Paz Vega elige sus proyectos yanquis con menos sensatez que el clonador de Tu cara me suena: de la prometedora Spanglish (al menos lo era sobre el papel) al absurdo vacío de The Spirit pasando por las casi clandestinas Dame 10 razones, Bajo la piel o Burning Palms (donde se “codea” con Shannen Doherty, Dylan McDemortt y Zoe Saldana, entre otros). Y no me hagáis hablar de la carrera americana de Elsa Pataky (cuando tu mejor película yanqui es Serpientes en el avión no hace falta decir mucho más).

El último desafío - The Last Stand 2

Parece evidente que por mucho mundo globalizado que queramos (o quieran) imponer(nos), Hollywood sigue siendo Hollywood y los actores cuya piel no se ajuste al blanco nuclear tienen un marco de acción muy limitado, especialmente en sus primeros papeles. Se me vienen a la mente las palabras de Javier Bardem explicando por qué rechazó el papel que finalmente iría a manos de Colin Farrell en Minority Report: no le apetecía salir en una película “persiguiendo a Tom Cruise por los tejados” (podríamos debatir si eso es lo que haría en Skyfall con Daniel Craig… Pero ese es un debate para otro artículo). Así pues, ¿por qué dio el sí Eduardo Noriega a El último desafío? La admiración por Arnold Schwazenegger se me antoja como el motivo principal, si no el único. Poco rédito más que rodar con su ídolo podía sacarle a una cinta de acción con algún momento estimable pero tan olvidable como la mayoría.

Y que queráis que os diga, darle un gustazo al “fanboy” que llevas dentro me parece un motivo tan bueno como cualquiera para aceptar un papel. Es más, esa valentía algo kamikaze, ese “me da igual ser un villano latino si así ruedo con Schwarzenegger”, me parece digno de admirar. No todos están en esto para ganar el Oscar o para ser el nuevo De Niro. O sí. O qué sé yo. Quizá sea que la integridad artística también es, por qué no, respetar al niño que eras y que disfrutaba con cada galleta que repartía Arnold cada fin de semana durante casi dos décadas. No sé de qué lado le caerá la moneda a Eduardo Noriega, si por el de Banderas-Penélope-Bardem o por el de todos los demás, pero una cosa está clara: el gustazo de llamar “abuelito” a Terminator en una peli ya se lo ha dado. Que le quiten lo bailao.