Se acabó la 61 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, el cual coronó a la venezolana Pelo malo con la Concha de Oro. Un año en la que la Sección Oficial se ha mostrado demasiado irregular, con un puñado de películas más propias de una sesión de sobremesa en Antena 3 (Devil’s Knot, Oktober November, The Railway Man, For Those Who Can Tell No Tales). Es de agradecer por ello que el Jurado haya sido capaz de aglutinar un palmarés coherente y que no me desagrada en absoluto.

Personalmente, no considero a Pelo malo la mejor película presentada a competición en esta edición -sitúo por encima a La Herida y Le Week-end, hasta hubiera sido más valiente premiar a propuestas arriesgadas del tipo Enemy o Caníbal, que pueden gustar más o menos pero un Festival de este nivel siempre debe tener en cuenta- pero es de reconocer la calidad humana de esta película (así también lo han apreciado premios paralelos más centrado en dichos aspectos) y su ternura para tratar la compleja relación entre una madre y un hijo a la vez que siempre están presentes conflictos sociales con toda la problemática alrededor de la crianza cuando le toca a una mujer viuda, joven y desempleada. También es muy interesante el modo, muy natural, en el que Mariana Rondón roza la temática homosexual al mostrar a un niño de 9 años algo afeminado cuyo comportamiento provoca el rechazo de su madre. El conflicto fluye de forma muy cercana al espectador y a ello contribuyen dos muy buenas y convincentes interpretaciones (Samuel Lange y Samantha Castillo). Una amalgama de aspectos que dotan de empaque a una película que en rasgos generales tiene mucho encanto pero no supone ninguna novedad a alguien curtido durante años con esto del cine.

Hay que destacar el reconocimiento a La herida, una ópera prima muy sólida que deja todo el peso de su contenido a una maravillosa interpretación de Marián Álvarez, como una enferma mental que lucha por sobrevivir. Ella ríe, llora, sufre, batalla y se autolesiona mientras el espectador padece en sus propias carnes su tormento. Una propuesta típica de Festival que consigue lo que en la mayoría de ocasiones no se logra, la implicación de la audiencia. Porque a pesar de ciertos fallos fruto de la inexperiencia y que sea incapaz de aportar un puntillo más a la crónica de una vida diaria, uno  conecta con la historia y lo que habitualmente nos lleva al tedio aquí resulta más bien ameno. Habrá que seguir de cerca a este nuevo talento del cine español, Fernando Franco.

El palmarés también ha reconocido la capacidad de Fernando Eimbcke de rodar una película en apariencia muy simple como Club Sandwich, pero que lleva una planificación muy estudiada al estar rodada con planos fijos durante sus escasos y alargados 80 minutos. Por su parte, la gran baza de la estupenda Le Week-End es su excelente guión y el proporcionar unos inteligentes diálogos a talentos de la talla de Jim Broadbent y Lindsay Duncan; filmografía extensa la del actor británico que acompañará su Oscar de la Academia de Hollywood con una merecida Concha de Plata. Guión que también era la base de sustento de la ácida Quai D’Orsay, que aunque en mi caso terminó por repetirseme había sido recibido con entusiasmo por la mayoría de la prensa acreditada.

En cuanto a las ausencias en el palmarés, las mencionadas Enemy y Caníbal (aunque esta última se ha llevado el Premio del Jurado a la mejor fotografía). Apuestas nada acomodaticias que han provocado amores y odios y que como comentaba deberían haber sido más discutidas por un jurado que ha ido a lo seguro -así Pelo malo ganó de forma unánime-. Soy de los que prefieren el riesgo en los Festivales y dar estatuillas que contenten a una mayoría en los Oscar. Cierto que en mi opinión creo que son películas que se quedan a medias, más bien fallidas, pero de esas que te dejan ese poso en el estómago y que necesitas volver a ver para tener una opinión del todo formada. Una lástima su omisión.

Abandonando la Sección Oficial, lo mejor como todos los años ha estado en las Perlas, por algo es una selección de los mejores títulos de otros festivales. Así, Gravity ha supuesto una experiencia única e inigualable, The Wind Rises el emocionante broche de oro a la carrera de un genio de la animación, Jeune & Jolie la enésima confirmación de uno de los cineastas más elegantes y atrevidos del cine contemporáneo y Like father, like son una nueva joya del maestro de las emociones. El Premio del Público ha ido para Koreeda en este romance continuado con la gente del Zinemaldia, pues ha viajado ya a Donostia en varias ocasiones, sea para competir por la Concha de Oro -desgraciadamente siempre sin recompensa- o presentarla en Perlas.

También he tenido la fortuna de poder ver alguno de los galardonados en las otras secciones. Empiezo por la parte más agradable, en la Sección Nuevos Directores. El Premio de la Juventud ha ido para la interesantísima Wolf, augurio de que podemos esperar cosas importantes de su director Jim Taihuttu en cuanto pula un poco el estilo mostrado en una historia centrada en los bajos fondos de un suburbio holandés. El premio gordo de la sección, el KUTXA Nuevos Directores, se ha concedido a una joyita, Of Horses and Men, la atípica relación entre una comunidad de aldenaos y sus animales, en una carismática historia cargada de humor negro. Divertidísima. La apuesta de Islandia al Oscar. La parte negativa ha tocado con los Horizontes Latinos, pues solo he visto una película de esa sección y es la que ha ganado. Lo cual no es ninguna felicidad pues O lobo atrás da porta es un telefilme de los de la peor calaña, de los que se regodean en el morbo de una trama con una amante resentida que secuestra a la hija del hombre con el que compartió una aventura.

La sección Zabaltegi -la que actualmente englobaría a lo antes conocido por Zabaltegi Especiales, tras la separación de Nuevos Directores el año pasado y este año ya de Perlas- se ha mostrado muy interesante y un nicho del Festival para intentar sobrevivir en una situación complicada -algo que comentaré en las siguientes líneas-. Desgraciadamente, la ausencia de pases de prensa y la falta de tiempo me ha impedido disfrutar de esta ventana como merece pero tengo que señalar la presencia de dos joyitas, los documentales Cutie and the Boxer y Twenty Feet From Stardom, títulos a reivindicar y que sonarán muchísimo en la temporada de premios; especialmente este último centrado en las coristas de grupos y solistas de éxito, ahora mismo mi favorita al Oscar en la categoría. Tampoco debo olvidar esas fantásticas retrospectivas que siempre elabora la organización y que todos los años apenas puedo disfrutar. En esta ocasión han estado dedicadas al director japonés Nagisa Oshima y el cine de animación, apartado en el que ayer sábado pude disfrutar de la estupenda Le tableau.

Y es que el resumen de mi experiencia no ha sido bueno, no; sino buenísimo. Quinto año que visito el Zinemaldia, tercero acreditado, y ha sido el que más ha disfrutado. Pero seamos serios, el Festival de San Sebastián se cae, y la brillante 60 edición solo fue un espejismo de la cruda realidad: un certamen con escasa repercusión internacional y que se mantiene a flote gracias a los Premios Donostia. Prácticamente carecemos de estreno mundial alguno, vamos totalmente a remolque de Toronto, y los títulos que se consiguen captar de allí para la Sección Oficial cada vez son más mediocres, pues solo valen para decir que director de cierto nombre ha competido aquí, aunque sea con algo indigno del certamen. También hemos carecido de estrellas, si el año pasado incluso quitando a los Donostia (Oliver Stone, John Travolta, Ewan McGregor, Tommy Lee Jones y Dustin Hoffman) se tuvo a Richard Gere, Susan Sarandon, Penélope Cruz, Ben Affleck, Alan Arkin y alguno más que me habré dejado en el tintero, en esta edición podemos destacar a algún director sí, a alguna estrella como Annette Bening, pero poquito más. Incluso Helena Bonham Carter se cae de la lista en los últimos días por compromisos profesionales. Evidentemente, una presencia como la de Hugh Jackman y todo lo que lo envuelve termina salvando la papeleta, pero únicamente sirve para maquillar las enormes grietas.

Lo verdadera preocupante es que no le veo solución a esto, lo cual da mucha rabia puesto que su director, José Luis Rebordinos – un hombre capaz, con gran capacidad de elocuencia y enorme inteligencia, seguramente uno de los mejores de la historia del Festival- lucha contra viento y marea para cuadrar un presupuesto que poco a poco va menguando, y únicamente puede hacer frente a una labor de gestor ante la imposibilidad de probar cosas nuevas, que seguro es lo que le gustaría. Algunos han hablado de cambio de fechas, lo cual tampoco veo como posibilidad, pues se trata más bien de un problema de magnitud que de calendario; con un presupuesto de unos 7 millones de dólares poco puedes maniobrar ante la presión de festivales emergentes como Toronto, Telluride o Nueva York, los cuales ya están causando muchísimos problemas a Venecia y yo diría que el primero incluso le ha quitado muchísimo brillo a Cannes. Desde la organización se está intentando tirar por los actos de industria, los cuales yo también considero esenciales -no solo para profesionales, sino también para el resto de asistentes- pero cuya influencia va a ser difícil que consiga una mínima trascendencia con un reducido foro de coproducción con América Latina. Un cine latinoamericano que debería potenciar el Zinemaldi, es el único foco de influencia en el que se puede tener un ligero poder de captación, algo que nunca se aprovecha pues los Horizontes Latinos son más bien una pose que otra cosa -este año ni siquiera han puesto un mísero pase de prensa para ellos-.

La clave está en la especialización, en ofrecer algo que otros no puedan dar, y en estos momentos parece algo imposible para un Zinemaldia que se muere lentamente intentando arañar de las aportaciones públicas -cada vez menores- y patrocinadores privados que se caen a mitad de año y te dejan un panorama difícil de solucionar. Esto ha ocurrido hace meses, lo que hace inexplicable las críticas a un Premio Donostia que te da la única visibilidad internacional de esta edición o a secciones paralelas como el Culinary Zinema o el Savage Cinema que buscan hacer caja, sí, pero es que son el bote salvavidas en el que actualmente se sustenta el festival. Lo que el Festival de San Sebastián necesita son carpas Keler y fiestas, actos lejos de lo puramente cinematográfico pero que hagan negocio. Y estrellas, muchas estrellas. Además, lo que disfrutamos nosotros con ellas. Como para buscarle peros.