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La historia de la televisión cambió para siempre el 15 de julio de 1974. Aquel día, Christine Chubbuck, presentadora del talk show Suncoast Digest, pronunció a los ocho minutos de su programa una frase que pasará a los anales de la televisión: “de acuerdo a la política del Canal 40 de brindarles lo último en sangre y entrañas a todo color, están a punto de ver otra primicia: un intento de suicidio“. Acto seguido, con mano temblorosa pero firme, la presentadora sacó un revólver del calibre 38 de debajo de su mesa y se apuntó directamente a la parte trasera de la cabeza. Disparó y una nube de humo se formó a su alrededor. La incredulidad y el silencio reinaron en el plató durante unos segundos. Tanto el director como los operarios de cámara esperaban que Chubbuck se levantara riéndose diciendo que todo había sido una broma. Pero no. Lo que presenciaron aquel día de 1974 no fue un broma de mal gusto sino el suicidó en directo de Christine Chubbuck.

Este hecho sirvió de inspiración a Sidney Lumet para rodar Network (Un mundo impacable), una de las sátiras más brutales e inteligentes sobre el poder e influencia de la televisión que se han realizado jamás para la gran pantalla. Un mérito importante teniendo en cuenta que el mundo televisivo ha sido satirizado hasta la saciedad tanto en la televisión como en el cine. Lumet consigue en esta película poner sobre la mesa algunas de las cuestiones fundamentales que rodean a este medio, como su capacidad de manipulación, la homogeneización del pensamiento colectivo provocada por sus contenidos, la falta de escrúpulos y moralidad de sus mandamases y la validez del lema “en televisión vale todo”.

Para reflejar todo esto Lumet se sirvió de un elenco de actores del que sólo podía salir algo grande. Por eso, para el papel de Howard Beale eligió a Peter Finch, quien llegó al cine de segundas después de desarrollar un temor descomunal a los escenarios. En Network, Finch encarna a la perfección a ese periodista en horas bajas que ante una situación desesperada, decide tomar una decisión desesperada. La fuerza e intensidad que da el actor británico a su actuación hace que los ataques de locura y los discursos frente al telepronter de su personaje sean capaces de erizar el vello al espectador.

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Sin duda, el Beale encarnado por Finch es el pilar sobre el que se sustenta la crítica más lúcida de Network, pero el personaje de Max Schumacher, interpretado por un gran William Holden, algo así como un ángel de la guarda para Finch y el último atisbo de cordura en una televisión corrupta e irreconocible, y el de Diana Christense, a la que da vida Faye Dunaway, una encargada de programación capaz de todo por alcanzar su sueño (conseguir “el 30% de partipación y el 20% de audiencia“), aportan una riqueza mayor al relato, ya que intervienen cuando la trama de Beale puede llegar a agotar y dan pie a reflexiones que van más allá del poderío del medio más importante de la historia de la comunicación (hasta la llegada de Internet).

Network (Un mundo implacable) retrata un mundo competitivo donde el éxito y los récords de audiencia imponen su dictadura. Howard Beale, veterano presentador de un informativo, es despedido cuando baja el nivel de audiencia de su popular programa. Sin embargo, antes de abandonar la cadena, en una reacción inesperada, y ante el asombro de todos, anuncia que antes de irse se suicidará ante las cámaras, pegándose un tiro en directo. Este hecho sin precedentes provoca una gran expectación entre los televidentes y los propios compañeros de Howard.  

Esta historia trata sobre Howard Beale, presentador de noticias en STU TV. En su época, Howard Beale había sido un zar de la televisión (…) En 1969, sin embargo, su estrella empezó a declinar (…) Se puso malhumorado y solitario y se perdió en la bebida. El 22 de septiembre de 1975 lo despidieron con dos semanas de preaviso”. Con estas líneas en voz en off comienza Network, un película que no pierde el tiempo en dramatizaciones innecesarias, que sabe de lo que quiere hablar y que va al grano con una celeridad inaudita. En unos pocos minutos el espectador queda inmerso en esta historia de traiciones y farsas, de amistades rotas e ilusiones perdidas. Durante dos horas los entresijos de una cadena se convierten en nuestra mayor preocupación.

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Esas primeras frases de Network sintetizan muy bien una de las ideas que Lumet desarrolla en su película con menos insistencia pero con igual habilidad: la televisión es un medio que cambia constantemente, el éxito de sus programas dependen de una audiencia cada vez más consentida e inconformista que, ante la variedad de contenido exige una renovación continua, y esta volatilidad es la que hace que un día estés en la cima y otro en el ocaso de tu carrera. En ese punto se encuentran los dos personajes principales de la cinta de Lumet: Howard Beale y Max Schumacher, ambos periodistas de la vieja escuela que crecieron como profesionales gracias a gente como Ed Murrow o Walter Cronkite, quienes hicieron de la televisión el medio más importante de todos los existentes y basaron su funcionamiento sobre los conceptos de veracidad y profesionalidad.

En la nueva televisión ya no hay lugar para gente como ellos. En esta televisión renovada el espectáculo es el que mueve los hilos. Un espectáculo que si está generado por imágenes impactantes, violentas y desagradables, mejor que mejor. Se trata de un nuevo paradigma en el que, en definitiva, la televisión se ha convertido en el medio sensacionalista y amarillista por excelencia. Al principio de Network, Schumacher y Beale están en un bar y éste último, después de recibir la noticia de su despido, afirma sin dudar: “voy a matarme en directo”. Y lejos de asombrarse, Schumacher, además de compañero de trabajo gran amigo de Beale, le dice: “conseguirías un rating espectacular, te lo garantizo. Fácil 50 puntos. Podríamos hacer una serie de eso: ‘El suicidio de la semana’, ‘El asesinato de la semana’, ‘La ejecución de la semana’, ‘El terrorista de la semana’… Suicidios, asesinatos, locos poniendo bombas, matones de la mafia, choques de automóviles: “¡‘La hora de la muerte’!. Un programa de domingo por la noche para toda la familia”. Ellos son conscientes de que la televisión ha cambiado y de que ya no encajan en ella.

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Sin embargo, Beale ve cómo su acto de rebeldía contra el propio medio, lejos de perjudicar al mismo, le convierten en un éxito sin precedentes. Una prueba más de que lo que le interesa al público no tiene nada que ver con sucesos trascendentales para la humanidad. En este sentido cabe destacar el momento en que Diana recoge los periódicos del día y dice mientras los ojea: “los árabes han decidido alzar el precio del petróleo otro 20%, la CIA ha sido sorprendida abriendo el correo de un senador, hay una guerra civil en Angola y otra en Beirut, la ciudad de Nueva York aún se enfrenta a la bancarrota… Y toda la primera plana de Daily News está dedicada a Howard Beale”. En este medio vende lo que vende, y eso es innegable.

A partir de entonces Beale se convierte en un profeta, una especie de Dios que vocifera en pos de la verdad y cuyo objetivo es abrir los ojos de la sociedad. El personaje de Beale dice a la audiencia aquello a lo que ésta siempre había dado la espalda por temor o por ignorancia, y es que la televisión se aprovecha de la credulidad de las personas para manejarlas con más facilidad. Unas personas, por otra parte, que consideran que lo que se dice en “el gran medio” es la verdad absoluta e irrefutable. Pues no. Lo que dice la televisión no siempre es cierto. Por ello es tan importante la frase que pronuncia Beale en uno de sus primeros “sermones”: “ya no me quedan mentiras”. Estas intervenciones de Beale son, sin lugar a dudas, lo mejor de Network (Un mundo implacable). La intensidad con la que Finch pronuncia cada frase, el tono que reina durante sus discursos, la atmósfera que se crea fruto de sus palabras… Todo ello confluye en unas escenas que no sólo acongojan por su fuerza sino por su verdad.

Una de las últimas escenas en las que se habla sin tapujos sobre en qué se ha convertido la televisión viene de la mano de uno de esos mandamases que no tienen problema en reconocer su hipocresía y falta de sensibilidad. Arthur Jensen, interpretado por Ned Beatty, hace llamar a Beale a su despacho cuando éste comienza a criticar a la cadena, provocándole importantes pérdidas: “El dinero lo mueve todo. Ya no vivimos en un mundo de naciones e ideologías. El mundo es una asociación de corporaciones inexorablemente determinadas por los inmutables estatus de los negocios. El mundo es un negocio”. Y si el mundo es un negocio, no cabe duda de que el mejor medio propagandístico que existe, también lo es.

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La trama entre Diana y Max tiene un cariz mucho más personal, hace que la trama se aleje de la crítica pura al medio para centrarse en las consecuencias que puede tener en la vida privada de los que forman parte de ella. Diana es la ambición personificada. No duda en dejar de lado a quienes habían depositado su confianza en ella si eso significa convertirse en jefa del departamento de noticias. Además, vive sumida en su trabajo. Nunca se lo quita de la cabeza. De hecho, cuando intima con Max éste permanece callado, besándola, mientras ella le habla, entre beso y beso, de cómo van a esquivar las demandas por un polémico programa… La televisión puede llegar a consumirte, a hacer que tu vida fuera del trabajo sea algo secundario, insignificante para tu existencia. Y lo peor es que trabajar en este medio puede hacer que tu vida se convierta en (otra) gran mentira guionizada.

El final de Network es una de las hipérboles más inteligentes que una servidora ha visto jamás en la gran pantalla. Howard Beale simboliza todo aquello que es eliminado porque a los poderosos no les interesa que continúe su emisión y representa a todos aquellos contenidos que se suprimen de la parrilla televisiva por no cumplir con las expectativas de los directivos y de la audiencia. Y por eso y por todo lo mencionado con anterioridad, esa frase final (“esta fue la historia de Howard Beale, el primer caso de un hombre que fue asesinado porque tenía ratings bajos”), tiene tanta fuerza y provoca tanta impresión.