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Hay historias que el cine nunca renunciará a contar, y Romeo y Julieta de William Shakespeare es una de ellas. Hasta 9 películas (entre ellas un cortometraje) se habían hecho sobre esta trágica pareja antes de que West Side Story llegase a la gran pantalla en 1961, algunas de ellas de autores tan prestigiosos como Ernst Lubitsch o George Cukor. Hemos vivido adaptaciones angloitalinas, británicas, soviéticas, brasileñas, filipinas y americanas, interpretando cada una de ellas la tragedia de un modo muy distinto, unas centradas en las artes marciales (Romeo debe morir, de Andrzej Bartkowiak), otras en el fútbol (El casamiento de Romeo y Julieta, de Bruno Barreto) y varias en lo musical (Romeo and Juliet, de Paul Czinner). Pero pocas han conseguido trascender de la misma manera que West Side Story, la rítmica y singular adaptación de Jerome Robbins y Robert Wise. Esta película va más allá del mero drama romántico protagonizado por adolescentes, y a los pocos minutos se convierte en un espectáculo visual sin precedentes en el que cada coreografía, canción y enfrentamiento callejero hacen traspasar la violencia, la música, el baile y la pasión de la pantalla, alcanzando momentos de grandísima intensidad en los que es imposible no emocionarse. 

Lo mayores aciertos de West Side Story residen, cómo no, en el aspecto técnico: en el sonido, la fotografía, el vestuario y, especialmente, en la dirección artística y la música. Pero este romance marcado por la tragedia, contó además con la presencia de un solvente director, Robert Wise, que ya había dirigido largometrajes de éxito como Nadie puede vencerme (1949) o Marcado por el odio (1956), aunque no fue hasta el estreno de West Side Story primero, y Sonrisas y lágrimas después, cuando le alcanzó el reconocimiento mundial. La presencia de Natalie Wood, que ya había deslumbrado en Rebelde sin causa (1955) o Centuaros del desierto (1956), no hizo más que acrecentar el interés hacia esta revisión de la tragedia, a pesar de que llegase al proyecto de rebote y que descubrir que su voz era doblada causase cierta decepción… Aún así West Side Story está hecha con demasiado sentimiento y valentía como para rechazarla, y las veces que logra erizar el vello eclipsan cualquier fallo que pueda cometer. Además, el cartel de Saul Bass ya forma parte de nuestra colección de pósters inolvidables.

En el West Side de Nueva York, un barrio marginal, se disputan la hegemonía dos bandas callejeras: los “sharks” son portorriqueños, y los “jets”, de ascendencia europea. El jefe de los primeros es Bernardo, que vive con su hermana María, que acaba de llegar a Nueva York. Una noche, en un baile, coinciden los dos grupos y se desencadena una violenta pelea.

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En West Side Story (Amor sin barreras), Manhattan se convierte en el escenario perfecto en el que reflejar el conflicto entre bandas que en aquellos años se apoderaba de las calles estadounidenses, y además logra que sus escaleras traseras representen de la manera más bella el amor incomprendido pero apasionado que da sentido a la existencia. Los chasquidos iniciales que nos llevan de paseo por la ciudad neoyorkina de la mano de los jets bastan para enganchar a un espectador que no puede hacer más que dejarse llevar de callejón en callejón, disfrutando de enfrentamientos musicales perfectamente coreografiados en los que prácticamente nada ni nadie está fuera de lugar (no es extraño que la escena con America de fondo sea una de las más famosas de la historia). Los rápidos movimientos de cámara y la inteligencia que demostraron los profesionales en el manejo del sonido (ya no de la música) completan uno de los despliegues técnicos más completos que se pueden ver en el género musical, de ahí que 6 de sus 10 Oscars provengan de la parte más artística. La película de Wise y Robbins sobresale especialmente cuando las bandas se encuentran, es entonces cuando la calidad del reparto aflora, cuando el alma se encoge fruto de las persecuciones o los gritos que instan a la lucha (la escena del enfrentamiento final es maravillosa), y es entonces cuando te rindes ante sus acordes. West Side Story probablemente no sea la cinta más emocionante de la historia, ni la más recomendada, pero su ímpetu, su desparpajo, su toque juvenil y, sobre todo, su originalidad, harán que sea imposible olvidarla. 

Puede que West Side Story (Amor sin barreras) no sea la mejor película que se haya hecho jamás, ni siquiera el mejor musical, pero consiguió marcar un antes y un después no sólo en la manera de adaptar la obra de Shakespeare, si no en la de hacer cine-musical. Nunca existirá mejor banda sonora para el amor como la de las calles de West Side.