Pocos títulos pueden ser tan descriptivos como el de la nueva película de Cameron Crowe (obviamente me refiero al título original y no a esa cutre traducción que le han puesto en España y que se podría aplicar fácilmente a cientos de películas) ¡Compramos un Zoo! grita un par de veces la pequeña Rosie (Maggie Elizabeth Jones, todo un descubrimiento)  y efectivamente de eso es de lo que trata la película, de una familia que compra un zoo. Basada en la experiencia que vivió Benjamin Mee un periodista inglés que perdió a su mujer y meses después decidió trasladarse con su familia a un viejo Zoo que consiguió rehabilitar. Seis años después de Elizabethtown y habiendo realizando en este tiempo apenas un par de documentales musicales, el eterno adolecente Cameron Crowe vuelve con una película que posiblemente sea la menos personal que ha realizado hasta el momento, nada que ver con proyectos tan íntimos como Say Anything… o Casi Famosos, pero que recupera todos los elementos del cine que encumbró la figura de su autor en sus comienzos y que se empezaron a perder en el declive de Vanilla Sky.

Crowe nos acerca un producto de gran entretenimiento para toda la familia que nos permitirá pasar un rato increíblemente agradable, una película romántica en todos los sentidos, cargada de personajes bohemios y de buenos sentimientos, pero lejos de caer en lo cursi y empalagoso estamos ante una historia que se siente muy humana y cercana. Crowe sabe dar con el tono perfecto para evitar que caiga en la más indigesta sensiblería, la película es capaz de sentirse incluso salvaje en algún momento, y cuando está a punto de dejarse llevar por su faceta más sentimental aparece la adorable Maggie Elizabeth Jones para hacerla levantar el vuelo.  Pero, aunque como decimos Crowe sabe dar bastante bien con el tono acorde a la película para evitar que caiga en la sensiblería, es cierto que no puede evitar que en algún momento se le vaya un poco de las manos, así chirria completamente el vergonzoso momento que protagoniza el iPhoto o la (inevitable) discusión a grito pelado entre padre e hijo.  La historia no tiene nada del otro mundo y todo su arco central resulta bastante predecible, desde que llegan al zoo y se marcan una fecha como límite para tener todo listo es fácil saber que la película va a ir por cierto cauce del cual no se va a despegar en ningún momento, aún así Crowe sabe dejar que esto no resulte una losa procurando no abusar de escenas dónde el dolor por la pérdida (que no sabemos exactamente como fue, pero tampoco nos interesa demasiado) se erija protagonista y tratando las relaciones personales con gran firmeza, sin dejarse llevar por lo absurdo y lo exagerado, la relación entre el Matt Damon y Scarlett Johansson todos sabemos que es necesaria, pero aún así sabe como enfocarla manteniendo siempre la idea de que realmente es demasiado pronto para que el protagonista se lance a una nueva relación amorosa.

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Parte de la fuerza del relato reside en sus personajes, nos cuesta creernos a un rostro tan bonito como el de Scarlett Johansson trabajando entre animales y de forma casi altruista, aún así la actriz nos da su mejor interpretación en años y hasta desprende una más que notable química con Matt Damon, que básicamente se limita a interpretar a un tipo que es como Matt Damon. También tenemos al hijo rebelde de catorce años, disconforme con el cambio y que encontrará el amor con una encantadora Elle Fanning (jamás una niña nos había enamorado tanto como la buena de la Fanning este año, que además, como su hermana, se va convirtiendo en una joven bastante atractiva a pasos agigantados). Y sobre todo la ya mentada Maggie Elizabeth Jones, la que realmente se roba toda la función y se convierte en verdadera protagonista, pizpireta y encantadora, capaz de ganarse al espectador cada vez que abre la boca. Es ella de hecho la única que consigue quitarle el protagonismo a los animales, que se convierten en unos verdaderos roba escenas y entre los que destacan un oso fugitivo y un tigre mayor y enfermo que sirve como obvio sustituto de la difunta esposa para que Matt Damon tenga donde poder aferrarse. El resto de los secundarios son meros esbozos caricaturescos, un divertido Patrick Fugit con su mono siempre al mono, el borrachuzo que interpreta Angus Macfayden, Thomas Haden Church y sus discutibles consejos o sobre todo esa especie de villano interpretado por John Michael Higgins, un buen repertorio de secundarios que consigue darle a la cinta un toque aún más afable y entrañable.

Como suele ser habitual en el director, tira bastante de su colección de vinilos a la hora de confeccionar una banda sonora en la que aparecen temas de Bob Dylan, Cat Stevens o Tom Petty, pero dónde brilla especialmente la fantástica partitura del islandés Jónsi (acompañada por supuesto de su melódica voz), y que supone su primer trabajo realizado directamente para el cine, su música, como suele ser habitual, adquiere un mayor poderío cuando se ve combinado con las imágenes en pantalla. Crowe vuelve a dar su mejor versión, a emocionarnos como ya lo hizo en su día con aquel “Tu me completas” de Jerry Maguire que sirvió como lema a toda una generación, una película divertida y entrañable, que pese a sus dos largas horas consigue resultar extraordinariamente entretenida.

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