Es fácil que si pensamos en espías británicos lo primero que se nos venga a la cabeza es el mundo de James Bond, lleno de guapos superagentes metidos en persecuciones, tiroteos y un sinfín de explosiones, con villanos que no tienen ningún reparo en contarte el plan entero antes de que se lo tires abajo y por supuesto guapas mujeres alrededor de nuestro héroe. El mundo de espías que hay en El Topo, adaptación de la novela homónima de John Le Carré que adapta al cine el sueco Tomas Alfredson es un mundo sin disparos, ni explosiones, ni persecuciones, un mundo en el que los espías son gente cansada, incluso algo aburrida, que se sienta a tomar el té mientras cuchichean por los pasillos, un mundo en el que realmente no existe ni la amistad ni la lealtad y desde luego es un mundo que hasta ahora no habíamos conocido en el cine y que nos lleva a preguntarnos si es un mundo al que le sienta bien el paso al celuloide. Realmente el fallo que encuentro en El Topo es el mismo que le vi a la anterior película de su director: Déjame Entrar, una frialdad a la hora de narrarla en la que muchos, inexplicablemente, vieron una virtud, pero que a mí se me antojaba como una capa de hielo que me impedía implicarme emocionalmente con la película y eso exactamente es también lo que ocurre con El Topo. Algo que se convierte más grave si tenemos en cuenta el género de la película y es que al espectador le resulta totalmente intrascendente la identidad de El Topo, en ningún momento es participe de un juego que también se ve condicionado por una presencia casi testimonial de los principales sospechosos.

No puedo negar que El Topo me llega a interesar, pero me cuesta mucho llegar hasta ese punto y es que su primera hora es un completo caos narrativo. Arranca de manera sublime con una fallida misión en Hungría en la que un agente es aparentemente abatido, pero tras pasar eso Alfrendson arma una partida de ajedrez a base de caóticos y confusos saltos en el tiempo mediante flashbacks, que dejan al espectador completamente descolado. A parte de esto el realizador también tira demasiado de la jerga de Le Carré, dando por hecho que el espectador debe conocer todas las complicadas referencias sin darle ni siquiera un punto como base para poder orientarse. Por suerte, cuando la película ya estaba a punto de llegar a un tedio del que posiblemente no se hubiera sabido sobreponer aparece en escena un melenudo Tom Hardy con un personaje y una historia acerca de una mujer que murió justo cuando iba a decirle el nombre del topo, uno de los momentos cumbres de la cinta que no sólo sirve para volver a meter al espectador en la película, si no que le permite recapitular todo lo que ha venido pasando hasta el momento y ordenarlo en su cabeza para ya poder seguir todas las piezas de la tan complicada partida de ajedrez.

Y la pregunta del millón es sin duda… ¿Merece la pena todo este tiempo de información difusa para poder disfrutar de la película? Pues la verdad es que sí, porque una vez que hemos escapado de esa enmarañada telaraña nos damos cuenta de que la historia que se estaba cocinando ante nuestros ojos podría ser casi apasionante y la seguimos con desmedido interés, en un camino que nos regala momentos para el recuerdo como ese fascinante monologo de Oldman acerca de una mujer y un mechero, un monologo que vale por sí solo una nominación al Oscar, pero antes de que nos creamos que realmente formamos parte de esa historia Alfredson nos despierta de con una jarra de agua helada, aunque habíamos conseguido llegar hasta aquí nos seguía interesando bastante poco quien era el topo, pero es que la revelación de la identidad de éste sucede de una forma anti-cinematográfica, se realiza de una forma tan brusca que resulta imposible que nos sorprenda o altere lo más mínimo.

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No es sólo un flemático Gary Oldman el que brilla con luz propia debajo de sus gafas de culo vaso y una enorme capa de maquillaje, tirar de la mejor escuela de actores británicos con nombres como Colin Firth, Toby Jones, Ciarán Hinds, John Hart, Mark Strong, Benedict Cumberbatch o el ya mentado Tom Hardy nos hace disfrutar de un completo recital interpretativo a cargo de varias generaciones de actores y es sólo gracias al buen hacer de ellos por los que aún podemos mantener un mínimo interés en saber quién es el enemigo. Me llama poderosamente la atención el cuidado de la fotografía, dándole un tono desgastado que le sienta muy bien, y que solo chirría en un estúpido momento en el que el CGI aparece con forma de pájaro sin venir muy a cuento. Destaca también la fantástica partitura que compone el español Alberto Iglesias.

El topo no es en absoluto una mala película, pero seguramente si se hubiese estrenado en abril ahora nadie se acordaría de ella. Estoy seguro que encantará a mucha gente, exactamente a los mismos que ensalzaron a lo más alto Déjame Entrar, pero veremos lo que le dura la formula a Alfredson, y es que el cine necesita ser visceral, desgarrador, necesita que el espectador entre en su juego creando una complicidad con él, algo que el director sueco no ha sabido lograr hasta el momento, y ¿de qué sirve realizar películas interesantes con un sólido guión detrás cuando el espectador asiste a un espectáculo que le resulta totalmente ajeno? Además el realizador se precipita asumiendo que el espectador conoce el mundo de Le Carré y realmente ¿Puede alguien entrar en ese juego de terminología, sumándole además los complicados saltos en el tiempo sin conocer el tema? La brusca conclusión tampoco termina de ayudar y sólo me queda preguntarme, ¿será capaz Alfredson de tener en cuenta al espectador o exprimirá la fórmula hasta que ya nadie sea capaz de soportarle? Y es que por mucho que queramos imponer la razón, los sentimientos siempre acabarán ganando a ésta, y un realizador que sólo trabaja desde la razón está predestinado a terminar cayendo.

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