El último filme de Pedro Almodóvar es, tal y como era de esperar, una celebración de su cine, de su vida y de una autoría que ahora más que nunca queda registrada para la Historia del cine universal. Dolor y gloria es probablemente la película que más y mejor nos adentra en la mente creadora de un genio, pero como ocurre en todas las grandes historias de los genios hay lugar para las alegrías y las tristezas, el amor, los traumas y el dolor y la gloria.

Curiosa y muy merecidamente Pedro ha pasado a la Historia por sus retratos femeninos. Nadie es capaz de captar la esencia femenina en su totalidad como lo hace el director manchego. Pero paralelamente en sus últimos trabajos ha sabido dedicar también un espacio a unos personajes masculinos exquisitamente desgranados, a menudo perdidos y como en situación de “tránsito”, un tránsito a caballo entre la nada y la desesperación. En Dolor y gloria nos encontramos con Salvador Mallo, un director en el ocaso de su carrera que interpreta magistralmente Antonio Banderas y que presenta una mimetización sobrecogedora con Pedro. Aquí Salvador, del mismo modo que le ocurría al personaje de Javier Cámara en Hable con ella (2002), se encuentra como aquella mujer de las guías de viaje que escribía Marcos (Darío Grandinetti) que esperaba a la nada en el malecón de la Habana, como retrato de la soledad más demoledora y el deseo de que algo ocurriese.

Ese algo es el pretexto y la motivación que Salvador Mallo necesita para regresar a hacer cine y a ser él mismo. Una vida marcada por el agotamiento físico, un amor desaparecido y la figura de una madre, la madre de Pedro, que nunca antes ha estado más presente y mejor representada. Penélope Cruz da vida a la madre del cineasta representando los primeros años de vida del director, cuando este se enamoró del cine por primera vez y descubrió cómo esta sería una relación para toda una vida, pero también una adicción que le imposibilitaría vivir cuando no estuviese rodando. Esa madre tierna y entregada que interpreta Penélope llena de luz y de vida una película en la que sin duda alguna ella es el alma de la misma. Un papel compartido con la maravillosa Julieta Serrano, que da vida a los últimos años de vida del personaje y que regala uno de los momentos más emotivos del filme.

Dolor y gloria es de lejos la película de Pedro que mejor representa lo terapéutico del cine. Un arte que sirve como vehículo para escapar de la realidad cuando lo necesitas y de herramienta para reconciliarte con ella para poder pasar página y vivir. Todos y cada uno de los personajes que deambulan por este mosaico de recuerdos y emociones del director, juegan un papel crucial en la construcción del director más internacional de nuestro país y del que es sin duda alguna uno de los creadores universales más importantes y admirados de este siglo.

Un poderoso viaje emocional y colorista que va desde los años 60 hasta prácticamente la actualidad en la que es imposible no reconocer a Pedro en cada una de las enigmáticas escenas en las que Antonio Banderas le da vida a su alter ego y en donde las analogías entre la adicción a la droga (la heroína) y la adicción a hacer cine funcionan como símiles diametralmente opuestos en donde uno te quita la vida y el otro te la da. Una combinación dolorosa y hermosa que a la vez funciona como elemento catártico para entender el poder reparador del Arte por encima de todo.

Dolor y gloria es una obra maestra de una magnitud catártica y una belleza únicas. Pedro firma su película más personal y su mayor homenaje al arte de hacer cine como necesidad vital. Es la excelencia de su estilo como marca registrada, en el ocaso de su imprescindible carrera.

ítulo original: Dolor y gloria Director: Pedro Almodóvar Guión: Pedro Almodóvar Música: Alberto Iglesias Fotografía: José Luis Alcaine Reparto: Antonio Banderas, Asier Etxeandia, Penélope Cruz, Leonardo Sbaraglia,Raúl Arévalo, Julieta Serrano, Nora Navas, Neus Alborch, Rosalía, Cecilia Roth,Susi Sánchez, Eva Martín, Julián López, Francisca Horcajo Distribuidora: Sony Pictures/ El deseo