La filmografía del siempre interesante Michael Haneke nunca te deja indiferente, incluso cuando se trata de un título que nos llega con un año de retraso y que parece ser el reflejo en el que se miran gran parte de sus películas más perturbadoras. Aunque para mayor sorpresa en esta ocasión resulta todavía más interesante, pues su último film usa las mismas herramientas de sus habituales trabajos para contarnos una historia que por momentos parece reírse de algunas de sus más premiadas obras, contextualizándolas a una forma y lenguaje contemporáneo y probablemente más ordinario.

Happy End fue presentada en el pasado Festival de Cannes de 2017 con una tibia recepción que advertía que sería poco probable verla estrenada en cines españoles, aunque contra todo pronóstico el film número 13 de Haneke ha llegado hasta nuestras salas y lo ha hecho mediante una ¿involuntaria? referencia a su supersticioso número. Firmando una divertida y desquiciada película que funciona como un ejemplar retrato satírico de la sociedad burguesa europea. Un contexto que recuerda a la premiada The Square, de uno de sus más aventajados pupilos Ruben Östlund, pero aportando, como siempre, un material totalmente original, único y nada desdeñable, que vuelve a poner de manifiesto el buen hacer del maestro ganador del Oscar.

Haciendo uso de las modernas tecnologías como medio de expresión entre sus personajes, Michael Haneke hace un guiño a la generación millennial y al uso de las redes sociales como Facebook o Instagram para demostrar la deshumanización colectiva. Algo que ya hizo en Caché (2005) mediante el uso de las cámaras de seguridad o en uno de sus primeros trabajos, la muy perturbadora El vídeo de Benny (1992), en donde al igual que ocurre aquí, era de nuevo la cámara de vídeo lo que su protagonista usaba para expresarse. Esas mismas intenciones vuelven en repetirse de forma sistemática en Happy End, una cinta que unifica el irónico significado de su título y de su baza tecnológica en la formidable escena que cierra la película.

Por un momento llega a dar la impresión de que los acontecimientos de esa familia burguesa que vemos filmados, son el fruto de lo que podría ser el resultado de que Michael Haneke filmase de forma casera una típica reunión familiar, pero claro tratándose de Haneke obviamente hay mucho más bajo la superficie. Esa familia no es una familia cualquiera, son los dueños de una importante empresa de construcción que tiene su central en Calais, al lado de los campamentos donde malviven miles de refugiados afectados por la crisis mundial. Elementos que ayuda a  conformar, a base de pinceladas, que no se llega a lo más alto sin hacer daño a otras personas por el camino. Aunque el dato más destacable de la propuesta venga a resultar que más allá de los evidentes paralelos cinematográficos con el resto de la obra de su polémico autor, esta película es en realidad una irónica y sádica secuela (espiritual) de su célebre Amor.

Happy End es una exquisita película que se disfruta más cuanto más te dejas arrastrar por el divertido y malévolo juego que propone Haneke. Destacan en su reparto su incombustible musa Isabelle Huppert, Jean-Louis Trintignant, Mathieu Kassovitz, y la pequeña y muy inquietante joven promesa Fantine Harduin.

Título original: Happy End Director: Michael Haneke Guion: Michael Haneke Fotografía: Christian Berger Reparto:   Isabelle Huppert, Jean-Louis Trintignant, Mathieu Kassovitz, Fantine Harduin, Toby Jones, Franz Rogowski, Laura Verlinden, Aurélia Petit, Hille Perl Distribuidora: Golem