Día inaugural en la segunda edición del BCN Film Fest. Todos los Festivales de Cine tienen su propia personalidad, cristalizada con el devenir de las ediciones. Por eso siempre es especial asistir a las primeras ediciones de uno, cuando esa personalidad aún se está configurando, con toda la energía propia de los niños, y lejos aún de las inevitables inercias propias del asentamiento y la veteranía. Si el año pasado su nacimiento supuso un éxito, este año la ambición es poner las bases para la consolidación.

De forma coherente con la celebración del día de San Jordi, con el que coincide en fechas, el Festival en su sección oficial propone una selección de películas de ámbito internacional relacionadas de alguna manera con la literatura, la historia o biografías relevantes con una clara vocación cultural y popular. Ese ánimo didáctico también se potencia con sesiones enfocadas a educadores o actividades escolares en algunas de las proyecciones de la selección. Asimismo, ese ánimo se extiende a otras secciones, como la de “Cine con Gracia”, que hace un juego de palabras en homenaje al barrio barcelonés que acoge a los cines Verdi, la sede del Festival, y que acoge preeminentemente comedias de carácter popular, la “Zona Abierta”, para aquellas obras menos clasificables, y la “Imprescindibles”, que ofrece una selección de cásicos de autor o un movimiento concreto. Siendo el escogido en esta edición el gran Ingmar Bergman, celebrando así su centenario de la mejor manera posible: proyectando algunas de sus obras.

Una vez puestos en antecedentes, pasemos a lo que, aparte de su público, da sentido a un Festival: las películas proyectadas. Hoy he podido asistir a la proyección, fuera de competición, de Borg/McEnroe. Una interesante mezcla de biopic y drama deportivo, coproducida entre Suecia, Finlandia y Dinamarca, que supone el prometedor debut en el largometraje no documental del danés Janus Metz. La película toma como foco uno de los partidos más épicos de la historia del tenis, el d la final de Wimbledon de 1980, entre dos deportistas que no podían ser a priori más opuestos en todo: el sueco Björn Borg y el norteamericano John McEnroe, para intentar profundizar en tan divergentes personalidades y en las personas detrás de los iconos.

Vaya por delante que nunca he sido un gran aficionado a este deporte, de hecho me provoca más bien indiferencia, pero aun así conservo algunos retazos de recuerdos de la niñez y de cómo algunos de los adultos de mi entorno comentaban ese partido. Por tanto, considerándome un profano en la materia, aunque no tanto para no saber cuál fue el desenlace de antemano, he de decir que la película me ha dejado bastante satisfecho, pese a algunas deficiencias de las que adolece. El principal atractivo de la susodicha final, y del film, partía de lo extremo de lo opuesto de los dos contrincantes, tanto en personalidad, estilo de juego y maneras en la pista. Por un lado Borg (Sverrir Gudnason) ganador de 4 finales consecutivas y aspirante a hacer historia consiguiendo la quinta, en apariencia frio e imperturbable en su juego, muy calmado y un caballero en la pista; por el otro, McEnroe (Shia LaBeouf), el aspirante al trono, todo ímpetu y furia, con inclinación a perder las formas y los nervios durante el juego, un villano. Hielo y fuego cara a cara. La película va saltando entre el devenir del torneo y el pasado de los protagonistas mediante flashbacks hasta llegar a la esperada final.

Precisamente aquí está la parte más interesante y malograda del film: acertadamente muestra que tras las fachadas, los dos rivales no eran tan diferentes: Borg, de clase humilde, en realidad tras su gélido exterior esconde y reprime una personalidad tan volcánica cómo la de McEnroe, a la que solo da vía libre como motor que da fuerza a su juego y que intenta domar a través de múltiples manías que le dan la ilusión de control. McEnroe, de clase acomodada, en cambio usa su intenso temperamento que no esconde de una manera más calculada y controlada de lo que parecería a simple vista. Más que extremos, por momentos parecen personajes con trayectorias convergentes predestinados a cruzarse en algún punto. El antagonismo entre ambos siempre fue deportivo, pero nunca personal. De hecho, los dos llegaron a ser grandes amigos, pero eso no es extraño: las mejores amistades a menudo surgen de caracteres diferentes pero complementarios. Por otro lado, malogra en parte esa idea ofreciendo mucho más peso en intentar explorar las motivaciones y personalidad de Borg que las de McEnroe. Mientras en uno el dibujo ofrecido de su infancia y adiestramiento es bastante esclarecedor sobre su presente, en el otro apenas se nos dan unos esbozos de su pasado que nos permiten intuir que mueve realmente al personaje. Si el motor de la película es la contraposición entre dos iconos de su época, falla en el desequilibrio evidente en la atención otorgada en explorar a ambos. Aun así, destaca la interpretación de un LaBeouf, que, no con pocos paralelismos de personalidad con su personaje, parece ir recuperando la buena senda.

Janus Metz, por otro lado, muestra buen pulso en su puesta en escena. Sin abandonar la sencillez expositiva, ofrece suficientes ideas visuales en la elección de algunos planos cómo en la dirección y montaje del intenso partido final como para ser un realizador al que valdría la pena seguirle la pista En definitiva, una película que deja buen sabor de boca incluso a un no aficionado al deporte blanco como yo, pero que podría haber aspirado a más.