Parece que se haya puesto de acuerdo un gran sector de la crítica en decidir que cada nueva película de Paul Thomas Anderson (PTA para los amigos, y para los que les gustaría serlo) es automáticamente una obra maestra con la que el director enseña una lección al resto de directores sobre lo que es hacer cine. El hombre parece incapaz de hacer nada que sea simplemente bueno, o muy bueno, o hasta muy grande sin llegar a ser magistral. No, él solamente hace obras maestras esculpidas directa e inmediatamente en los mármoles de la historia del cine. La verdad es que uno lee muchas de esas críticas y siente como si el crítico en cuestión, en el fondo, compartiera algunas de las mismas reticencias que uno tiene, pero, por arte de retórica y autoconvencimiento, los defectos se vuelven virtudes y todo ello da como resultado, sí, una nueva Obra Maestra de PTA para los Anales del Séptimo Arte (así, todo con mucha mayúscula, porque este director escribe en mayúsculas).

En fin, el que esto suscribe admira a Paul Thomas Anderson. Magnolia o Pozos de ambición son obras enormes que, sí, por lo que parece de momento, han quedado para la posteridad, y merecidamente. No opino lo mismo sobre The Master o Puro Vicio, trabajos en los que me parece que se hacen patentes algunas de las tendencias más cuestionables de su director y, especialmente, de su escritor, puesto que Anderson es además guionista de ambas.

Esto viene a colación porque alguno de estos defectos (o de lo que un servidor percibe como defectos) me parecen también presentes, aunque en menor medida, en este Hilo Invisible sobre el que tantos ditirambos se han escrito. A saber, Anderson sigue siendo un director que prima la escena sobre el conjunto. Le encanta escribir primero escenas excelentes con diálogos o situaciones impactantes (aquí, por ejemplo, esa discusión sobre los espárragos en una cena sorpresa a solas, tan memorable o más como aquella sobre el batido de leche de Pozos de Ambición), y después filmar otras escenas con mucho poderío visual (aquí, por ejemplo, esa fiesta de fin de año donde la cámara persigue majestuosamente, entre globos, confeti, gente y decorados, a un tenso Daniel Day-Lewis en busca de su musa). No nos vamos a quejar de esto, porque esas escenas son buenas, sí. La pregunta es sí todos esos momentos conducen verdaderamente a algo, hacen avanzar coherentemente la trama, o profundizan en los personajes, o arrojan más luz sobre los temas de los que trata la obra. Es decir, hay que preguntarse sobre si después ese cine de “momentazos” consigue crear un conjunto coherente, en el que el director no solo tenga claro lo que quiere decir, sino que consiga decirlo bien, expresivamente y con claridad. Aquí es donde surgen mis dudas. Por ejemplo creo que sería mejor oír que se dicen los protagonistas en esa fiesta de fin de año, en lugar de que la música ahogue sus palabras, que quedará bonito, pero nos birla un momento clave de cambio de poderes en la relación (o al menos podríamos ver la mañana siguiente, no saltar a la siguiente gran escena).

El hilo invisible nos habla de Reynolds Woodcock, un diseñador de moda famoso y prestigioso (al parecer inspirado en Balenciaga), pero también quisquilloso y abusivo en su vida privada y algo tiránico en su taller. Esa vida privada, por lo poco que se nos sugiere antes de comenzar la película, incluye una sucesión de amantes con las que no se casa, pese a la época en la que transcurre la acción, tanto porque sabe que ellas acabarán hartas de sus manías y modos, como porque él acabará harto de la adulación que le profesan y la sumisión con que aceptan sus abusos. Pero bien pronto en el filme aparece Alma, que parece tener algo más, algo que fascina a Reynolds, tanto física como intelectual o emocionalmente, y que hace que su relación parezca tener visos de llegar más lejos que las anteriores. El problema es que cuesta saber qué es ese algo, es que el personaje de Alma, por muchas ganas que le eche al papel Vicky Krieps (gran descubrimiento), no termina de ser creíble o coherente. Alma parece ofrecer más resistencia que las demás al abuso, y parece tener los redaños para plantar cara a Reynolds y devolverle las impertinencias, y eso parece gustarle al segundo, estableciéndose entre ellos una relación que tiene algo de sadomasoquista, y de lucha por el poder y el control sobre el otro y sobre la relación. Sin embargo, si es fácil ver qué atrae a Reynodls de Alma, lo contrario no es tan fácil, y allí es donde la película tiene algunos agujeros: Alma va y viene de un extremo a otro, acepta abusos incluso antes de saber que tiene cierto poder, se desconoce qué puede atraerla a Reynolds en primer lugar (cuando ni siquiera sabe que es un diseñador famoso), y se desconoce por qué acepta muchas de sus proposiciones, más allá quizá de que intuyamos cierto masoquismo por su parte, pero nunca va más allá de la posible intuición. Si Alma es la musa, no viene mal cierto misterio en su personaje y en sus motivaciones, pero la ambigüedad y el misterio no son sinónimos de la vaguedad y la incoherencia que vemos aquí en ocasiones.

Digamos que quizá Anderson no haya utilizado un hilo invisible, sino que se ha olvidado un poco de utilizar hilo, y sus grandes escenas no están del todo bien cosidas unas a otras. Es feo que se vean las costuras en un traje, pero tampoco es práctico que, para que no se vean, directamente no cosamos ni ensamblemos. El traje puede ser bonito puesto sobre un maniquí, pero puesto sobre una persona real que se mueve, amenaza con caerse aquí y allá, sobre todo si lo observamos muy de cerca. No es una película inane, pero a ratos flirtea con la inanidad y con venirse abajo.

No toda película tiene que tener unos personajes definidísimos o una trama perfectamente detallada y explicada, ya hemos dicho que no es bonito que se vean costuras. Como bien dijo una vez Michael Powell a propósito de su Narciso Negro, hay películas en las que el tema de fondo o la atmósfera son más importantes. Y además la mayoría de las veces es bueno dejar al público preguntándose cosas sobre lo que han visto. Aquí es donde la película sí triunfa y se hace grande: Anderson consigue crear una atmósfera desasosegante y malsana, donde las relaciones son constantemente tirantes, donde todo el mundo parece tener segundas intenciones en todo lo que dice y hace, donde los secretos y la hipocresía abundan, y donde el esplendor del mundo de la alta costura y de la época (los años 50) hace que sea más difícil percibir esa turbiedad, y más seductor rendirse a ella. Y en esa atmósfera tan lograda consigue introducir una reflexión malévola sobre las relaciones de pareja como relaciones de poder, como luchas de egos donde, si ambas partes están a la altura del ego y la soberbia del otro, la propia lucha y hasta un cierto nivel de crueldad son como las especias que potencian el sabor.

Ninguna de estas virtudes puede negársele al director, como tampoco puede negarse que la película es un placer para los sentidos, entre ese diseño de producción y vestuario tan inspirados, la preciosa banda sonora, la exquisita fotografía y las excelentes interpretaciones de Krieps y Lesley Manville, y hasta el habitualmente pomposo Daniel Day-Lewis está muy bien. Con todo eso consigue una obra muy redonda, con momentos muy jugosos, punzante en ocasiones, siempre deliciosa de ver y oír, y con más miga que sus dos filmes anteriores, pero, también, ligeramente más brillante que profunda, más listilla que inteligente, más intrigante que emocionante. Creo que una mayor definición del personaje de Alma, y una mayor humildad para construir no solo grandes escenas, sino también escenas de transición que cosan mejor los tejidos unos a otros, habría logrado esa obra maestra que quería… aunque para muchos ya lo sea.

Título original: Phantom Thread Director:  Paul Thomas Anderson Guión:  Paul Thomas Anderson Música: Johnny Greenwood Fotografía: Paul Thomas Anderson Reparto:   Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville, Richard Graham, Bern Collaco, Jane Perry, Camilla Rutherford, Pip Phillips, Dave Simon, Ingrid Sophie Schram Distribuidora: Universal Pictures Fecha de estreno:  02/02/2018