El subgénero de películas navideñas a lo largo de la historia del cine ha dado para todo: comedias, romances, dramas, pelis de terror, de animación, fantásticas e incluso de acción, de las que el exponente más claro probablemente sea la saga La jungla, concretamente las dos primeras, e incluso en cierto sentido la tercera. Todas estas variantes del subgénero comparten ciertos elementos en común, el primero, obviamente, el periodo del año en que se sitúa la acción, con todo su imaginario correspondiente en forma de decoraciones, tópicos y situaciones, a partir de aquí cada variante establece como quiere jugar con esos elementos, ya sea de la forma más respetuosa hasta la más gamberra e inquietante, pero al final todas acaban con un final con más o menos moralina.

Pues bien, allá por 1988 de la mano de John McTiernan, nos llegó Die Hard, más conocida por estos lares por su afortunada e inspirada traducción de La jungla de cristal, que nos presentaba a uno de los mayores iconos del género de acción modernos, el policía John McClaine, que como marcaban las exigencias del cine de acción ochentero, era un tipo duro, cínico, y con unos magníficos one-liners, pero también tenía características propias que lo diferenciaban del resto de sus coetáneos: no le faltaba un sentido del humor socarrón, por lo que la elección de Bruce Willis para el papel fue la mejor posible, y la segunda es que era un auténtico pupas. Así es, el bueno de McClaine montaba unos buenos pollos (en palabras de su hijo en la quinta de la saga) y pegaba tiros e inflaba a hostias a los malos que daba gusto de ver, si, pero también sufría, sangraba y recibía tantos golpes que al final no sabías si condecorarle o darle la extremaunción. Esto lo humanizaba en frente de otros héroes del género que parecían casi sobrehumanos, y hacían mucho más creíbles las escenas de acción, excelentemente rodadas y planificadas en un entorno cerrado y claustrofóbico, que mantenían un nivel de tensión continuo durante toda la película.

Como se ha dicho, la primera película de la saga escoge una de las situaciones típicas navideñas, la comida o fiesta de empresa, y la subvierte para sus propios fines, ahí aparece la fauna laboral habitual, los compañeros salidos, los prepotentes, los arribistas, los cumplidores, el jefe estricto, vaya, la típica comida de empresa que se sabe como empieza pero no como va a acabar… McClane va a tener que transitar por todo eso y superarlo forzosamente cual rito navideño como cualquiera de nosotros ha hecho, hasta que el caos se desata con la entrada de los malos. Hay que destacar  que uso esta terminología simple como los “malos” porqué durante la propia saga la usan sin complejos, mostrando una autoconsciencia genérica no incompatible con desarrollos más refinados de los personajes. Así es, McTiernan se molestó incluso en dibujarnos a unos villanos con personalidad propia, más allá de ser simples blancos de prácticas de tiro, con especial mención al memorable cabecilla Hans Gruber, interpretado impecablemente por un siempre elegante Alan Rickman. En resumidas cuentas, claves genéricas aparte, el conflicto argumental de fondo de la película, y de toda la saga de hecho, no deja de ser muy Dickensiano: la codicia contra los valores de la familia y la camaradería, los que, en última instancia, conformarían la esencia misma del auténtico espíritu navideño. Ciertamente, los valores familiares como redención final de un héroe muy imperfecto, un héroe a su pesar, porqué alguien tenía que hacerlo y no había nadie más, y si alguien supera la capacidad de McClane de estar en el lugar y momento equivocados, es el resto de su familia a lo largo de toda la saga. Si, al final el mensaje que subyace es conservador, pero reconozcámoslo, eso no es nada nuevo en el género de acción estadounidense, y menos en esa época, como tampoco es nuevo en el cine navideño.

El segundo título de la saga vino en 1990 con cambio de director, encargándose esta vez Renny Harlin de llevar la batuta y, aunque la película sigue siendo muy disfrutable, se nota el cambio en la dirección. Harlin es un director muy solvente, pero no tan dotado para el género de acción como McTiernan, y eso junto al hecho de sacar a McClane de un emplazamiento cerrado para darle escenas en exteriores, acaba pasándole factura a la intensidad general del film y le hacen perder puntos respecto a su predecesora.

De nuevo es Navidad, y esta vez la situación típica de la época a subvertir es el de un aeropuerto. ¿Quién no ha tenido que pasar por uno, colapsado en esas fechas? ¿Quién no ha tenido que batallar contra la absurda burocracia ante cualquier problema, aquí  representada por el capitán Lorenzo de la policía del aeropuerto? Pues McClane se vuelve a erigir como la proyección de las angustias del ciudadano medio y tendrá que lidiar con todo eso y además con los terroristas codiciosos de turno, esta vez caracterizados de forma mucho menos trabajada que en la anterior. Sigue la acción, repartida entre interior y exterior, sigue el humor socarrón, siguen las frases lapidarias y McClane sigue recibiendo de lo lindo y llegando al final del metraje hecho unos zorros, siempre con el objetivo final de salvar la institución familiar, lo que hace que cualquier infierno merezca la pena. En el fondo, McClane no deja de ser un George Bailey moderno, pero que en vez de buena voluntad, prefiere una automática para difundir el mensaje navideño.

Para la tercera parte de 1995 regresó McTiernan a la dirección, y se nota, en un retorno a la acción más contundente y sin contemplaciones. Aunque esta vez McClane abandona definitivamente los espacios cerrados para extender la acción a, literalmente, toda la ciudad, la tensión se mantiene constante gracias a un uso inteligente del factor tiempo que la misma mecánica de la trama requiere. También vuelve un mayor refinamiento en los villanos, liderados aquí por un estupendo Jeremy Irons. Hay algunos cambios, eso sí. El primero, que no ocurre en Navidad, con lo que se podría pensar que no tendría demasiado sentido incluirla en este artículo, pero aun así es, precisamente, una referencia a la Navidad la que, en un momento dado, hace que McClane se percate de cuál es el verdadero plan de los malos, aparte de un one-liner navideño que suelta en otro momento. Por tanto, McTiernan, aún situando la acción en otra época del año, quiso mantener aposta ese pequeño nexo de unión con el espíritu navideño de sus predecesoras. Otro cambio es que aquí la película se reconvierte en una buddy movie en toda regla, con un apoteósico Samuel L. Jackson que se complementa perfectamente con Willis. Anteriormente, McClane había sido sobretodo un héroe solitario, con apoyos puntuales, si, pero que indudablemente cargaba con todo el peso de la acción. Ahora se ve forzado a formar equipo, con lo que de hecho el valor a defender aquí en contraposición a la codicia de los villanos se desplaza de la familia, que es en la única película de la saga que no tiene una presencia directa, a la amistad y la camaradería. Aunque eso sí, el plano final nos vuelve a mostrar a la familia como redención final del héroe.

Ya entrado en el siglo XXI volvió el bueno de McClane con las entregas cuarta y quinta, esta vez ya sin McTiernan, sin ninguna mención y referencia navideña y ya sin pelo, pero si con escenas de acción tan vistosas como poco creíbles. En las dos se nos muestra a un héroe desubicado, tanto por los tiempos, en la cuarta, como por el lugar, en la quinta. La única vinculación temática con las anteriores es la institución familiar, aquí encarnada por los hijos, como bien último y supremo a salvaguardar frente a la codicia de los terroristas (como el propio McClane dice, “siempre es por dinero”).  La cuarta, de 2007, dirigida por Len Wiseman, aún constituía un entretenimiento más que digno, que se podría haber titulado perfectamente “McClane contra internet” y a todas luces superior a la quinta, de 2013, dirigida por John Moore, que esta vez se ubicaba en Rusia, y que prácticamente lo único novedoso que aportaba al universo Die Hard era que esta vez no eran los terroristas extranjeros los que iban a McClane, sino que era McClane quién iba al extranjero a patearles sus traseros en su propio país; un título como “McClane contra la globalización” le habría sentado estupendamente. Nuestro héroe se hace viejo, pero sigue representando las angustias vitales del ciudadano medio estadounidense.

Pese a estas dos últimas entregas, John McClane siempre será nuestro héroe navideño favorito porqué, ¿quién no ha fantaseado secretamente alguna vez durante alguna cena de empresa, atrapado en un aeropuerto o incluso jugando a algún estúpido juego post comida familiar navideña  en desmelenarse, empezar a repartir estopa a ciertos compañeros de trabajo, funcionarios obtusos o cuñados y en acabar con ellos soltando un categórico Yippee-Ki-Yay, motherfucker!”