Éric Rohmer no llamó a su película Cuento de Navidad quizá por no ser obvio, o porque el título ya estaba cogido por Dickens, o para que encajara mejor en su serie de los Cuentos de las cuatro estaciones, pero la realidad es que su Cuento de invierno es la versión “Rohmer” de cualquiera de esas películas americanas sobre la esperanza en estas fechas. Como es versión “Rohmer”, lo que pasa es que no hay sentimentalismo, ni fanfarrias de violines y campanas forzando el espíritu navideño, ni magia, ni señor barbudo vestido de rojo y blanco, pero es un cuento de Navidad en toda regla.

Curiosamente, es un cuento navideño que comienza en verano, con un sol radiante iluminando el idilio de una pareja que acaba de conocerse, mostrado con una sensualidad (y sexualidad) rara en el director francés. Tras este estallido de verano del prólogo, la historia salta en el tiempo y nos sitúa dos estaciones y varios años después, cuando un estado de ánimo invernal, recogido, algo apagado, ha sustituido la alegría inicial. La chica del principio duda entre dos posibles candidatos a pareja estable, ninguno de los cuales es el garçon del prólogo, y ninguno de los cuales parece convencerla tanto como aquél. Es decir, estamos ante el sempiterno juego de parejas de Rohmer, pero parece mentira cómo consigue hacer cada vez una película distinta con mimbres tan parecidos en unas y otras. Aquí ese baile de amantes y novios no importa tanto por la cuita amorosa en sí, o por la reflexión sobre los sentimientos amorosos y su inestabilidad, como en obras anteriores, sino por la exploración de la duda de la protagonista, y esa otra cara de la moneda de la duda que es la fe. En cierto modo, hay elementos de esa gran obra maestra suya que es El rayo verde, con otra protagonista que se niega a conformarse con algo que no la convence del todo; pero si entonces el acento estaba puesto en ese admirable inconformismo de la chica, que rechazaba el darse por satisfecha aun a costa de parecer quejica y ñoña al resto del mundo, aquí el acento está puesto en una no menos admirable ingenuidad que lleva a la protagonista a confiar una y otra vez en que seguro que va a encontrar algo mejor. Esta mujer es menos llorona que la Marie Rivière de la película de 1986, y a priori, aunque indecisa, sí se va conformando con lo que tiene en cada momento, pero según se va acercando la Navidad en la narración de la película, la chica se va deteniendo más y más a pensar en lo que de verdad quiere y espera.

Así, para el maestro francés, la Navidad va apareciendo no tanto como época de alegría y magia, sino como época de recogimiento, reflexión y toma de decisiones tras esa reflexión, y eso sin dejar de ser una comedia sentimental de parejas. Hay, claro, mucha filosofía hablada, o no sería una película de Rohmer: como en otras ocasiones hay personajes escritores y filósofos, lo que da pie a conversaciones en las que abiertamente se tratan los temas desde un punto de vista filosófico, pero como casi siempre en su obra resulta orgánico, no forzado, perfectamente comprensible para cualquier espectador. La familiaridad del director con el pensamiento culto es tanta que consigue presentarlo de manera sencilla y natural, e incluso se bromea al respecto y la protagonista se erige en espejo de la audiencia cuando dice a uno de sus novios, el intelectual, que ella es más borrica y se pierde un poco entre tanta charla elevada, que ella es más de acción que de pensamiento, y que pensar y hablar mucho sobre la fe no quiere decir que se tenga más fe que alguien que simplemente confía en el futuro. Y así, poco a poco, sutilmente (supongo que “sutileza” es una de las palabras que mejor describen toda la obra de Rohmer), el galo hace su película más cercana al Dreyer de Ordet, aunque sus estilos sean tan diferentes.

También es, entonces, su película más abiertamente espiritual. Varias escenas están estructuradas como hermosas revelaciones o epifanías, aunque de nuevo con esa naturalidad característica de su autor, sin apartarse nunca del realismo y de una representación lo más objetiva posible. Si Dreyer filmaría una revelación espiritual con una especie de éxtasis visual en el que la fotografía y el montaje (o su ausencia) crean una sensación de flotante irrealidad y crescendo místico, Rohmer en cambio no se aparta ni un segundo de la misma objetividad con la filma una conversación mundana, pero precisamente por eso son efectivas sus epifanías aquí: una obra de teatro (el Cuento de invierno de Shakespeare, que tan hábilmente parafrasea a lo largo de la película y no solo en esta escena) o la entrada en una iglesia simplemente porque una niña quiere ver el Belén que han puesto, dan lugar a esos momentos en que la protagonista, sin ser especialmente religiosa, se para un rato a escucharse a sí misma y a decidir si quiere seguir esperando a que el futuro le traiga algo mejor; pero todo ello se presenta como parte de una misma realidad. Para Rohmer, simplemente, el ser humano es inteligente, y la reflexión o la espiritualidad no son solamente patrimonio de intelectuales o iluminados, sino que forman parte de la cotidianidad de cualquier persona, hasta de la que se reconoce como borrica en compañía en de filósofos, o como no religiosa, y por ello se filma exactamente igual que se filma una cena o un día de trabajo.

No es este film, claro, un De ilusión también se vive, o un Qué bello es vivir, o un Los Teleñecos en Cuento de Navidad: no hay ese desbordamiento de azúcar y alegría o esos estallidos de emoción que tan bien hacen los americanos en su cine. Pero en el fondo, aunque en clave más serena y profunda, viene a ser lo mismo.