Satoshi Kon, director nipón de culto donde los haya y cuyas obras discurren por derroteros más próximos al thriller y a la ciencia ficción., estrenó en 2003 de la mano del prestigioso estudio Madhouse un film que, por temática y tono, se separa claramente del resto de su corta pero excelsa filmografía.

Tokyo Godfathers nos pone en la piel de tres mendigos —a saber, un hombre travestido, un adicto al juego cascarrabias y una niña con un misterioso pasado— en el día de navidad. Tienen hambre, hace frío y la gente que les rodea no es precisamente amable con ellos. Los tres han jugado mal sus cartas en la vida y actualmente lo único que anhelan es un techo bajo el que cobijarse y un poco de pan que llevarse a la boca. O quizás algo más, bajo toda esa capa de pesar y remordimientos tan espesa como la abundante manta de nieve que cubre la ciudad.

Sin duda, el punto más fuerte de Tokyo Godfathers son sus tres protagonistas; no han pasado ni quince minutos y ya sientes que los conoces de toda la vida y que querrás acompañarlos a donde sea que vayan. Así, la aparición de un bebé entre la basura sirve como detonante ideal de ese viaje de perdón y redención que emprenden los personajes para buscar a la madre de la criatura abandonada («Quizás si su madre me explica por qué abandonó a su hijo, pueda perdonar yo a la mía»). Este improbable trío de padrinos forzosos, tan humano como mentalmente inestable, logra crear una dinámica realmente entrañable y divertida que hace que, a nivel emocional, la película funcione como un reloj.

A pesar de que la película tiene un telón de fondo precioso, Tokyo Godfathers es sin duda animación para adultos. Tanto es así que, a la hora de retratar la mendicidad y la pobreza en la que se ven sumidos los protagonistas, y lejos de ocultar o pasar por alto las penurias de esta forma de vida, Satoshi Kon las muestra con una naturalidad tan cruda que impresiona, especialmente atendiendo al aparente y engañoso tono amable de la narración.

Sin embargo, y pese a que la película en todo momento está rodeada de un halo mágico que hace que, como espectador, no tenga problema en creerme todo tipo de casualidades o “milagros”, en según qué momentos cae ciertamente en lo bombástico (especialmente en las escenas de acción del tercer acto).

Aun pareciéndome la cinta más floja de la demasiado corta filmografía de Kon, Tokyo Godfathers es una notable y tierna película sobre el valor de la familia —la que nos toca y la que elegimos— y de lo necesario del afecto y el cariño. Llueva o nieve.