La navidad es, en el cine, un espacio que ha dado lugar a una mitomanía sin retorno, subiendo el alza de las estrategias, estructuras y directrices y rebajando con agua poco potable la sensibilidad propia de la ética humana o, en cualquier caso, rebajando la importancia de la relación de los humanos con su propio mundo, con su propio ser y la simultánea relación que se estos tienen con otros seres humanos. Los valores que, de entrada, se le presuponen a la navidad, en la mitomanía cinematográfica quedan reducidos a parodias de sí mismos. El Bazar de las Sorpresas no hace más que incidir en esa doble cara persistente no solo de la navidad, sino de la sociedad y sus características. Lubitsch es consciente de que situando a la película en época navideña, quedará más claro ese proceso en el que se desvelan los lazos de estas personas con otras personas y con aquello que les rodea, pero también quedará demostrado aquello que no se dice, aquellos ojos que no miran, aquellas mentes divididas que pueblan el resto del año. Lubitsch, que es austero y directo, pero nunca reduccionista, no sume a la obra en las convenciones de la navidad, en la mitomanía cinematográfica de ésta, quedando naturalizado el contexto festivo.

Obviamente, el director no abandona la posibilidad de tratar con una ambigua ironía aquella disposición de elementos. Por una parte, la navidad aupa tales valores, pero, por otra parte, la felicidad proviene, en muchos momentos, de cuánto dinero haga la tienda y de si el jefe permite salir antes para pasar un rato más con la familia. El contexto navideño hace que, por una parte, se hagan obvios tales valores o, mejor dicho, tales acciones, tal sinceridad (la bondad de el jefe de la tienda, Matuschek, la cual se va intuyendo y es sutil y oculta durante gran parte de la obra, surge en Nochebuena, al igual que la verdad oculta que vuela durante todo el filme por encima de los personajes de Stewart y Sullavan) pero, por otra, hace que resalte más aquella inhumanidad sutil y microcósmica que domina al resto de personajes durante todos los demás días. Matuschek no puede dejar de pensar en el dinero que hará la tienda, no deja de estar paranoico de quienes más aprecia por culpa de la traición de su mujer, la cual es extremadamente materialista, y el personaje de Stewart se muestra incapaz de aplicar parte de esa sensibilidad y apertura que lleva a cabo en sus cartas, privadas y anónimas, al trabajo y a la relación que mantiene con las personas que le rodean, lo que le impide conocer y sentir antes la compañía de aquella mujer que, en el anonimato, es su amor, pero en la cercanía, es una desconocida. Incluso el personaje de Sullavan se ve sumida en duelos psicológicos que mantiene consigo misma por la imposibilidad de verse realizada en un trabajo, al mismo tiempo que lucha por abrirse de forma anónima ya que, mostrando su cara, su ser y sus maneras en un entorno como el de la tienda, se ve incomprendida y malinterpretada.

Curiosamente, ahí se produce esa dualidad que domina a toda la obra. Por una parte, la tienda da sustento económico a casi la totalidad de personajes que observamos y proporciona el lugar para los lazos de amistad y amor que se dan, al mismo tiempo que reprime a los personajes, los lleva a actuar de forma quebrada, dividida, tanto interna como externamente. Claramente reveladora es la escena en la que, cómicamente, el jefe, Matuschek, les grita a sus empleados con gran enfado hasta que entra o llama un cliente, donde vira absolutamente hacia un estado de ánimo jocoso y colaborativo, para luego volver a su verdadera condición. En el trabajo, los personajes Stewart y Sullavan no se soportan, en el anónimato, se desean, se admiran y se quieren. En el trabajo, se ven obligados a llevar unas actitudes provenientes del teatro y de la incapacidad afectiva. El personaje de Sullavan, perspicaz, inteligente, pero insegura por sus entornos y experiencias, cree que adaptando la actitud de un personaje teatral que captó su atención, donde éste era despectivo con su supuesto romance, conseguirá llamar la atención del otro, cuando, finalmente, observa que ella no está en el teatro, sino en la tienda. Pero, ¿Es esto una diferencia, en cuanto que una cosa es el teatro y otra la vida, o también deja lugar al símil posible entre ambas, siendo la tienda y el teatro lugares donde que hay que representar más que ser? El personaje de Stewart, por otra parte, desea expresar su sensibilidad y sus ideas, pero, sin embargo, se choca con la pared de la tienda, con la pared de la dualidad de aquellos otros que, lo obligan, casi en un sentido animal, a responder de la misma manera, a desdoblarse de igual forma. Por lo tanto, se convierte en dos personas. Aquella sensible y abierta, permanecerá en la privacidad, mientras su versión pública deberá reducirse al conocimiento de los objetos que la tienda vende. Klara, el personaje de Sullavan, cree constantemente que Alfred, el personaje de Stewart, lo único que sabe es sobre carteras y precios. Al igual que Matuschek, el jefe, desea que le sean sinceros, pero, por el bien de sus trabajos, los empleados le mienten constantemente, excepto Alfred, quien, finalmente, será acusado por Matuschek de ser el culpable de que su mujer le sea infiel. Klara, por otra parte, cree que el Alfred del trabajo y el Alfred de las cartas son dos personas diferentes hasta el último fotograma de la película, donde se calibra la humanidad.

En la tienda, la sinceridad se paga caro, el ir bien vestido y abrirle la puerta al jefe aparentan ser las dos únicas acciones con importancia, el dinero domina las relaciones personales y en ese aire que persiste entre todas las personas, ahí, es donde se queda el amor, la diversidad, la apertura, la sensibilidad. Ahí queda, invisible. Pero es el protagonista, al fin y al cabo. La tienda está a la vuelta de la esquina, aquella tienda que tiene una localización concreta, un jefe concreto que tiene unos empleados concretos que trabajan para él, como bien dice el primer cartel que nos muestra la película, pero ese aire, el aire que contiene aquella verdad que persiste en cada personaje, en cada personaje como uno y no como dos, está donde estén ellos, los unos con los otros, independientes de localizaciones, jefes, ingresos. No es casual que, en un momento de alto peligro político, de guerras y violencia, Lubitsch ponga su incisiva cámara en el origen del campo de batalla.