Quinta jornada del Festival de San Sebastián en el que hemos podido ver El museo de las maravillas, nueva cinta de Todd Haynes que sigue realizando una buena trayectoría después de la maravillosa Carol, la rumana Pororoca, el enfeudamiento entre McEnroe y Borg y las españolas Morir y El secreto de los Marrowbone.

Pororoca

Si un movimiento ha marcado el cine europeo del Siglo XXI es sin duda la Nueva ola del cine rumano. Una década después de la caída del régimen de Ceaușescu, empezaron a aparecer en escena directores como Cristi Puiu, Cristian Mungiu, Radu Muntean o Corneliu Porumboiu, que han conseguido confeccionar a la perfección un retrato de la Rumanía post-comunismo. No es de extrañar que desde hace más de una década, todos los festivales del mundo intenten contar con alguna película del país de Europa del Este entre sus secciones a competición. Este año la Sección Oficial del Festival de San Sebastián ha contado con dos películas, Soldiers que veremos mañana y Pororoca la nueva película de Constantin Popescu que se ha presentado  esta mañana en competición. Una vez más, temas políticos como la resistencia a la caída del comunismo aparecen en el subtexto de una película que narra la historia de una familia que ve como su vida pega un vuelco fatal tras la desaparición de su hija en un parque.

Pororoca se centra en el viaje físico y emocional que tiene que vivir ese padre de familia, cuando en apenas un abrir y cerrar de ojos la pequeña desaparece delante de sus ojos sin dejar rastro. Él no es más que la representación de esos ciudadanos con la vida resuelta que veían como el país se desvanecía ante sus ojos y se obsesionaba por buscar culpables donde fuera. La destrucción física y psicológica que atraviesa el personaje es realmente notable, Bogdan Dumitrache (Madre e hijo) es el encargado de realizar tan dificultosa tarea, en una película que se convierte en todo un verdadero tour de forcé para el actor y que con permiso de Javier Gutiérrez, a estas alturas no ha encontrado aún rival para recibir el premio al Mejor actor dentro de una Sección oficial poco destacable. La notable dirección de Popescu, que empieza la película con un asombroso plano secuencia en un parque, y que transmite la angustia de la observación del protagonista perfectamente al espectador gracias a extraordinarios planos largos, deja claro que es notable heredero de los principales nombres del cine rumano actual. El final, tan impresionante como impactante, no es más que la muestra final de un rumbo sin demasiadas esperanzas, donde nadie es culpable pero todos son víctimas.

Sollers Point

El realizador Matthew Porterfield presenta en sección oficial Sollers Point. Película independiente americana que tiene que cuenta la historia de un expresidiario que acaba de terminar de cumplir los 9 meses de detención domiciliaria en casa de su padre en Baltimore. El Baltimore natal de Porterfield vuelve a ser, del mismo modo que lo eta en la interesante Putty Hill, uno de los actores más importantes de la película. El centro de la historia se encuentra siempre alrededor de ella, la visión de Baltimore que tiene Porterfield es absolutamente devastadora, como un huracán que te atrapa y no te deja salir, algo similar a lo que ocurría con el Barrio de Aranoa por encontrar una comparativa cercana.

En Sollers Point el protagonista tiene numerosas opciones para volver a reencauzar su vida, y realmente desea hacerlo, sin embargo es un personaje tocado por la tragedia de haber perdido a su madre recientemente, aún desorientado es insuficientemente fuerte como para seguir adelante por sí mismo y la vorágine de una ciudad desolada por la pobreza harán que sea incapaz de la línea de su destino. Podemos decir de Sollers Point que es un drama indie de manual, sin que eso sea especialmente negativo, una película que si bien no sorprende, sí está bien escrita y bien interpretada por su joven protagonista McCaul Lombardy, al que ya vimos en la excelente American Honey.

El museo de las maravillas

No he podido aún leer Wonderstruck, la novela de Brian Selznick que él mismo adapta para la película de Todd Haynes, pero tras leer aquel maravilloso cuento a través de imágenes que era La invención de Hugo Cabret que tan brillantemente adaptó Martin Scorsese¸ uno se imagina fácilmente lo cercana que está la película que ha filmado Haynes de la obra de su creador. El museo de las maravillas es una película sorprendente dentro de la filmografía de Todd Haynes, especialmente comparado con los últimos trabajos de su carrera, excelentes e intensos melodramas tan potentes como Mildred Pierce o Carol. El museo de las maravillas nos cuenta la historia de dos niños, una, en los años 20, sorda de nacimiento y otro, en los años 70, que acaba de perder el oído por culpa de un rayo. Ambos se escaparan a Nueva York sin decir nada a nadie, ella para encontrar a su madre y él para encontrar a su padre.

Si algo es por encima de todos El museo de las maravillas es todo un ejercicio de estilo. Por encima del extraordinario homenaje que el realizador rinde al cine silente, haciendo que uno eche de menos que Carter Burwell no hubiera nacido para componer la música de las películas de Griffith y convirtiendo a Julianne Moore en una suerte de Lillian Gish, es sobre todo un campo de amor a la imagen en el cine, algo que se lleva al máximo en el perfecto uso del sonido que hace en la historia ambientada en los años 70. Haynes vuelve a repetir con su habitual Edward Lachman para realizar un trabajo realmente complejo y brillante y que sería injusto no ver reconocido en la temporada de premios. Pero Haynes también es un experto a la hora de manejar las emociones, así consigue controlar el ritmo de sus dos historias a la perfección, haciendo que este vaya in crescendo hasta la resolución final, que tiene lugar en 20 minutos finales originales y conmovedores que sirve además para unir ambas historias. Puede que El museo de las maravillas no esté a la altura de los mejores trabajos del realizador, pero es una grandísima película de Todd Haynes que, además, pueden ver tus hijos.

El secreto de los Marrowbone

Una familia formada por cuatro hermanos y su madre se enfrentan a extraños hechos paranormales que suceden en su casa. Éste no solo es un argumento de manual para hacer un ejercicio comercial de cine de terror, pero, en manos de directores como James Wan no solo podrían funcionar, si no ser un producto que la mayoría de públicos son capaces de disfrutar y de valorar.

El cine de terror comienza a bifurcarse en los últimos tiempos: Babadook, La Bruja, It Follows… comenzaron una nueva espiral de obras portentosas de un género que ansiaba a gritos una renovación y un giro de varios grados. En cambio, cintas como El secreto de los Marrowbone aprovechan el rebufo de los clichés clásicos: familia desestructurada, un oscuro pasado y un elemento perturbador que no les permite continuar con sus vidas de una forma medianamente normal. La línea argumental pasea por dicha línea, de una delgadez extrema, empujando tanto al espectador como a los protagonistas a un tormentoso empuje que desemboque en un desenlace que produce más carcajadas que liberación de adrenalina. Una película que presenta elementos que podrían haber dado mucho más: excelente diseño de producción, un acertado reparto y un gran abanico de posibilidades que se van al traste por la facilidad de resolución que alcanza la cinta en su clímax.

Morir

Morir nos da a conocer a Luis y Marta, una pareja que, por desgracia, se ve en la imposible tesitura de aceptar la aparición de una terrible enfermedad que no solo afectará a su relación de pareja, si no a sus vidas en todos los sentidos posibles y abarcables.

A día de hoy, existen enfermedades que se convierten en auténticas asesinas, destrozando vidas y familias enteras, por lo que películas como ésta no solo son necesarias, si no admirables en su deseo de ampliar la empatía hacia dicha problemática, a pesar de que el espectador quizá no lo haya vivido de cerca.

El desarrollo argumental se basa tanto en la lucha como en la aceptación, en el coste emocional que tiene para la pareja, si no la búsqueda de los límites del ser humano antes las situaciones límite, ante la impotencia y la aceptación de no poder cambiar, a pesar de cuanto lo desearíamos, una realidad existente.

La cinta no da ningún tipo de piedad, promueve un gran sentimiento de ansiedad durante el visionado, así como una gran empatía hacia los protagonistas. Una película necesaria, de notable factura, pero que puede ser un arma de doble filo en cuanto al mensaje que busca transmitir y la dureza con la que envía el mismo.

Borg/McEnroe

En los últimos tiempos hemos comenzado a ver ejemplos que se han convertido en enormes ejercicios cinematográficos con el deporte como temática. Senna exploraba en un documental la vida y la carrera de uno de los pilotos más carismáticos del motor y Rush, de Ron Howard, nos reveló con gran acierto, una de las mayores rivalidades entre dos deportistas.

Partiendo de una base muy similar a Rush, Borg/McEnroe nos traslada al partido final del campeonato de tenis de Wimbledon. Final en la que se enfrentaron el sueco Björg Borg y el norteamericano John McEnroe. Dos deportistas que son la noche y el día. Borg, calculador y lógico, McEnroe, visceral y narcisista. Dos formas de ser absolutamente dispares enfrentadas en el terreno de juego.

La cinta nos traslada a un recorrido global en la historia de ambos jugadores, explorando sus orígenes y los motivos por los cuáles desarrollan un carácter y una forma de ser tan distinta. Así mismo, realiza un perfecto análisis de la obsesión que alcanzan algunos deportistas con la fama, con la drogadicción del éxito, y como ésta misma adicción les hace distanciarse enormemente de su propia vida.

Con un montaje fantástico y un tramo final absolutamente adrenalítico, Borg/McEnroe no solo es una película sobre los extremos del deporte como forma de vida, si no del choque entre titanes tanto entre ellos mismos como con su vida fuera del terreno de juego.

Crónica escrita por Juanma de Miguel y Gonzalo Aupi