Empecemos por el final.

Julianne acaba de ver partir al ¿amor de su vida?, recién casado y con una despampanante rubia. Está triste, con su vestido lavanda y su perfecto recogido, pero el destino le guarda un último baile (y nunca mejor dicho). Su móvil suena y una voz familiar suena al otro lado del aparato…

La boda de mi mejor amigo se estrenó en 1997 y dinamitó todos los conceptos preestablecidos de la comedia romántica estadounidense: no solo porque el personaje principal iba a ser la villana de la cinta sino que, además. iba a estar interpretada por Julia Roberts, la novia de América que pasaría a dar vida al ogro rompe matrimonios que quiere robar el hombre a la perfecta rubia americana que, para más inri, no es otra que una angelical Cameron Diaz que poco o nada se parece al personaje que le dio la fama en La máscara.

Entremedias de las dos, Dermot Mulroney, el hombre perfecto, el eterno amigo de Julianne y, al parecer, su última oportunidad de encontrar el amor. La película es una carrera de obstáculos para conseguir ese codiciado premio que, para sorpresa del espectador, acaba tremendamente mal para la protagonista, quien vive un absoluto vía crucis que la conduce al punto de partida: la soledad y la compañía del que es realmente su mejor amigo, George, quien se encuentra al otro lado de la línea en la escena que hoy comentamos y que abría este texto.

El personaje que interpreta Rupert Everett en la cinta es una especie de gurú espiritual para nuestra protagonista pero también la mayor baza cómica de la película: La boda de mi mejor amigo no sería el clásico que es si no fuera por esa escena en la marisquería en la que comienza contando cómo conoció a Julianne y empezaron su supuesto romance, y acaba cantando el ‘I say a little pray for you’ de Aretha Franklin acompañado por toda la familia de George.

Esa canción es la que, poco después de coger el teléfono, suena mientras Julianne habla con George en ese baile post derrota. La conversación comienza como otra cualquiera entre dos amigos pero evoluciona en una sorpresa final: ese último baile que la vida le tiene preparada a Julianne, que ha perdido al mejor amigo de su infancia pero aún tiene a este otro que, como podemos comprobar durante todo el metraje, se preocupa más por ella que el propio George.

Las últimas líneas de ese brillante (casi) monólogo son una auténtica lección de vida para todos aquellos lobos solitarios a los que les han roto demasiadas veces el corazón: “Qué demonios, la vida sigue. Quizá no habrá matrimonio, quizá no habrá sexo pero, por Dios, seguro que habrá baile”.

Como último apunte, Everett pronuncia tres palabras más posteriores a esa gran última frase: ‘Bond, James Bond’. El actor, curiosamente, homosexual en la cinta y en su vida personal, fue el candidato perfecto en muchas ocasiones para interpretar al personaje pero su condición sexual le impidió llevar a cabo su sueño de ponerse en su piel. ¿Chascarrillo inocente o dardo envenenado para los estudios? Sea como fuere, es la guinda del pastel.

 Escrito por Jonathan Espino