John Edgar Hoover fue mucho más que el fundador del FBI tal y como lo conocemos hoy, y del que permaneció durante más de cincuenta años al poder. Cincuenta años en los que sobrevivió a la gestión de ocho presidentes distintos que no le pudieron derrocar ante la presión y terror que ejercía éste con sus archivos secretos, los cuales nunca llegaron a ver la luz, pero en los que guardaba información secreto de todo aquel que tuviese el más mínimo poder durante todo ese tiempo, una información que conseguía a base de escuchas ilegales, de interceptar correos y de cualquier otro método que le pudiese vale para conseguir su fin. En esos cincuenta años siendo el segundo hombre más importante del país más poderoso del mundo, así Hoover se convirtió en lo más cercano a un dictador que han tenido los Estados Unidos, un hombre que no dudaba en ejercer todo su poder para destruir por completo a todo comunista, pacifista o activista que se cruzase en su camino.

Eastwood estaba lejos de su mejor momento, tras una agria Invictus que contenía alguna de las escenas deportivas más horripilantemente filmadas de los últimos años y una lamentable Más allá de la vida, película que parecía ser más una necesaria oración del propio Eastwood para asimilar una muerte que empieza a ver cercana que un ejercicio cinematográfico, vuelve a hacer lo que ha hecho mejor siempre: retratar la historia estadounidense. Eastwood siempre ha sabido retratar de la mejor forma la historia más cercana de Estados Unidos, desde el oeste los finales del siglo XIX de Sin Perdón, a los problemas con la llegada de una masiva inmigración a principios del siglo XXI en Gran Torino. Ha pasado entre otros por la depresión de los años 20 en El Intercambio, los horrores de la segunda gran guerra en Banderas de Nuestros Padres o los escándalos políticos de los 90 en Poder Absoluto. J. Edgar encaja a la perfección dentro de esa radiografía americana, siendo la más amplia de todas, abarcando un total de cincuenta años de historia americana. Cincuenta años que van desde las primeras sublevaciones anarco-comunistas de los años veinte hasta las actividades ilegales que acabaron con el mandato de Nixon.

La película de Eastwood es una película muy incómoda, por lo que me puedan resultar en cierta forma lógicas algunas de las críticas vertidas desde el otro lado del charco, ya no porque Eastwood no trate en ningún momento de realizar una hagiografía sobre Hoover, si no por lo fácil y extensibles que resultan algunas críticas hacía la administración de Bush. En cierto momento de la película Hoover dice que una sociedad que no está dispuesta a aprender de su pasado está condenada, no es casualidad que la película comience con un ataque terrorista que es el que hace despertar al monstruo que luego será Hoover y con el que empezará a poner en práctica alguna de las medidas que más tarde se legalizarían en la ley patriótica de los Estados Unidos tras los ataques del once de septiembre. Eastwood retrata al tirano como el tirano que fue, y aunque muestra sus virtudes, como todos los avances que aporto en el campo criminalístico y que ayudaron a avanzar a pasos agigantados en un terreno que antes era bien endeble, tampoco le tiembla la mano a la hora de mostrar a ese mismo Hoover riéndose a carcajada limpia de la carta que recibe la Sra. Roosevelt de una amante femenina, el que cuando recibe una amenaza de Bobby Kenneddy le habla con gran elegancia de ciertas grabaciones de su hermano en compañía femenina o tratando de boicotear el premio nobel de la paz de Martin Luther King tratando de sacar a la luz ciertas grabaciones con una jovencita, pero más allá del tirano hay un ser humano, y es ahí realmente dónde Eastwood escarba hasta el fondo.

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El Hoover de Eastwood es un personaje freudiano, un niño de mama con la que compartirá la vida mientras esta siga viva, un personaje atormentado por culpa de una educación represora y que en una de las más lacerantes escenas de la película sufre cuando su madre le dice que prefiere un hijo muerto a un narciso vivo. En su vida personal es un completo fracasado, tendrá la necesidad de pedir matrimonio a Helen Gandy, y aunque está le rechacé se convertirá en algo más que su secretaria durante toda la vida, una confesora y uno de los pocos brazos que se le tenderán como apoyo. Lo único que cambiará la vida personal de Hoover será la llegada de Clyde Tolson, con el que durante toda la vida compartirá comidas, vacaciones, y prácticamente todo menos la cama. Eastwood retrata esa relación platónica con mimo y cuidado, haciéndola prácticamente el epicentro de la película, el amor que Hoover siente por Tolson es fuerte, pero es incapaz de demostrarlo o de salir del armario por culpa de la represión que le ha tocado vivir. Por culpa de esas ideas conservadoras que le atormentan rechazará y amenazará a Tolson en el único momento en el que éste se atreva a besarle, y únicamente estando sin ninguna compañía será capaz de expresar su amor. Una represión sexual en todos los sentidos venida por la cercana unión con su madre, que verá su punto más terrorífico en una bella escena en la que el protagonista se trasviste mirándose en un espejo que actúa como silencioso confesor. Lo que también parece bastante claro es que era sin duda éste es el Hoover que Eastwood ansiaba narrar, así la elección de Dustin Lance Black para escribir el libreto, activista gay y guionista también del Milk de Van Sant se convierte en una elección bastante lógica y acertada.

Eastwood consigue así la firmeza para traspasar la frontera del tirano y enfrentarse cara a cara con un ser humano frágil, vulnerable y cargado de miedos, lo hace sin contemplaciones y sin caer en el sensacionalismo y lo hace sobre todo desde el punto de vista del propio J. Edgar que salta al pasado mientras que narra su historia a jóvenes mecanógrafos para que la escriban, lo que lo convierte en un retrato voluntariamente idealizado, que casi nunca se corresponde a la realidad, porque realmente eso es lo que el propio Hoover llega a creer que pasó, y tan solo cuando recibe una bofetada de su inseparable Tolson es capaz de despertar, alejándose también de esta forma del documento biográfico para acercarse más a un punto cinematográfico. Este Hoover no sería una película tan redonda de no ser también por su protagonista, un Di Caprio que cada película que suma en su currículum es un agigantado paso hacia delante y aquí, más allá de las capas de maquillaje necesarias para resucitar a Hoover, destaca una cuidada y matizada interpretación que en cierta forma nos puede recordar a su Hughes, aunque en esta ocasión se encuentre mucho menos excedido que en la película de Scorsese. J. Edgar es simplemente otra de las muchas obras maestras que pueblan en la carrera de Clint Eastwood, una película que tiene aroma de cine clásico, pero con todas las ventajas del cine actual.

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