“Nos vemos en 25 años”, dijo Laura Palmer al Agente Cooper en la habitación roja en 1991 cerrando de esta forma la segunda, y de momento, última temporada de Twin Peaks con un capítulo magistralmente dirigido por David Lynch quedándose como uno de los momentos más memorables de la historia de la televisión. Sin embargo, dejaba muchos frentes abiertos como el paradero de varios personajes del pueblo, dejándolo todo con un aire de suspense cuya opción era volar la imaginación para saber lo que ocurriría después. En 2014, el director confirmaba la continuación de la serie con una tercera temporada compuesta por 18 episodios que cerraría todas las cuestiones, contando de nuevo con Mark Frost como co-guionista.

El 21 de mayo de 2017, Twin Peaks volvía a nuestras vidas en una etapa televisiva donde los reboot y revival están a la orden del día gracias a la nostalgia dorada de aquellos años. Si creíamos que Twin Peaks iba a ser una reiteración de las dos primeras temporadas de hace 27 años, estamos totalmente equivocados. Lynch continúa la historia por donde la dejó con la novedad de ampliar la zona de confort más allá de los abetos Douglas y de las montañas para situarnos en diferentes puntos de Estados Unidos como Las Vegas o Los Ángeles. Y para desarrollar todo el entramado, el cineasta natural de Pennsylvania ha hecho una mirada a su respectiva filmografía cogiendo un puñado de cada cosa. Concretamente en sus primeros cortometrajes como El Alfabeto o La abuela, y sobre todo con Cabeza borradora, su ópera prima, siendo la película canon para desarrollar algunos aspectos para introducirnos de lleno en esta nueva temporada. Tampoco podemos olvidarnos de otras películas como los momentos histriónicos de Corazón salvaje, el terror de Carretera perdida y el misterio de Mulholland Drive.

Aparte de contar con el comprendió de toda su carrera, también da paso a mostrarnos las obsesiones más peturbadoras del director, dando un golpe de lleno al espectador para mostrar la verdadera fachada de las personas humanas, el dualismo presente mostrada en Terciopelo azul y las dos primeras temporadas. El director no tiene reparo en mostrarnos de forma explícita la violencia de la luz y la oscuridad a base de gorgotazos de sangre salpicando por las paredes, y el erotismo de la belleza canónica de la mujer representada como una Venus. La habitación roja tiene un potencial mayor, tanto que puede llegar a extenderse como quiere sin dejarte respirar, cuyo único lenguaje es hablar al revés rencontrándonos con viejos amigos como el gigante o la mismisima Laura Palmer.

La música sigue estando a cargo de Angelo Badalamenti, esta vez, participando de forma más escueta para dar pie a diferentes situaciones acompañadas con diálogos pausados y secos sin nerviosismos. El episodio acaba con una escena musical protagonizada por Chromatics (la misma que realiza la banda sonora de Lost River, dirigida por Ryan Gosling) con la ayuda de David Lynch en la mezcla de sonido. Dicha escena emula, como no podía ser menos, a la escena de Isabella Rossellini en Terciopelo azul, creando unas ganas tremendas de escucharla una, y otra, y otra, y otra vez.

27 años después, debo decir que la espera ha merecido mucho la pena. Tanto, que al acabar este primer y segundo episodio, te quedas perplejo al saber que has salido de un dulce trance de dos horas queriendo repetir de nuevo la experiencia. Una tercera temporada que irá a más por los derroteros que Lynch y Frost han creado para cerrar la historia de Twin Peaks. Ni Fargo, ni True Detective, ni Better Call Saul hierven tantas sensaciones para romper la televisión como lo hará Twin Peaks. Muchas gracias, David Lynch.