El ambiente del Auditori Meliá respira diferente antes de la proyección de una de las películas más esperadas del Festival. Brandon Cronenberg ya sorprendió en 2012 con su ópera prima Antiviral en la que, digno hijo de su padre, el canadiense trató ciertos temas que ya reflejaban una potente herencia paternofilial. Con Possessor, Brandon vuelve a tener un parecido temático o ideológico pero consolidándose como un director con una voz propia y un talento desmesurado.

Tasya Vos (Andrea Riseborough) es una agente de una organización secreta que usa implantes cerebrales para controlar a otras personas, obligándolas a cometer asesinatos que benefician a grandes empresas del mundo corporativo. Un día, durante una misión rutinaria, algo sale mal y la agente Vos se ve atrapada dentro de la mente de uno de los sujetos que trataba de controlar (Christopher Abbot), cuyo apetito por la violencia acaba torciendo sus planes.

Brandon Cronenberg brilla en sus atmósferas, imágenes potentes y un diseño de sonido excepcional que consigue una gran inmersión dentro de la pantalla. Esta mezcla de ciencia ficción con terror puede parecer sencilla y llana si no entras en ella, pero esconde preguntas muy interesantes que se nos van plantando en la cabeza cuál parásito. ¿Es la violencia ejercida un producto de la posesión o el más oscuro sadismo ya está en el interior de todos nosotros? ¿quién controla a quién? ¿Cómo consigues convertir a alguien en una máquina de matar? El guión vuelve al concepto clásico de la posesión, en la que el demonio que posee son los grandes poderes corporativos y el abismo más oscuro de la humanidad.

En Possessor, destacan, sobre todo, los papeles de Andrea Riseborough y Christopher Abbott, que se entregan al máximo, creando un pulso interpretativo espectacular que sostiene la película con gran solidez. Las imágenes y metáforas, con algún toque “gore” y esa sombría estética que rememora al celuloide sacuden al espectador en un viaje accidentado y sumamente satisfactorio, pero es el poso psicológico de los protagonistas y su oscuridad interna el elemento terrorífico por antonomasia del filme.

En definitiva, la segunda película del joven Cronenberg no es una obra revolucionaria, pero es una muestra de gran cine y de un talento emergente que va a dar muchas alegrías a los cinéfilos. La película es una más que justa ganadora del Festival de Sitges y un viaje que merece ser vivido en la gran pantalla.

Crónica escrita por Jaume Maneja