Hace muy pocos días un periodista que admiro mucho comentaba cómo el nuevo cine independiente era la nueva baza para festivales de premios y sin duda para los Oscars de la Academia. Un nuevo cine independiente marcado por una libertad artística prácticamente total de sus autores, que ahora servían de excusa para acercar sus particulares trabajos a las caras más conocidas del viejo y nuevo Hollywood ávido de experimentar con su oficio y sobre todo, de demostrar todo aquello de lo que son capaces interpretativamente. Sin duda este cine independiente que tantas alegrías y estímulos provoca a los cinéfilos de pura cepa, corresponde (entre otros) al artista griego más famoso del mundo: el señor Yorgos Lanthimos. Un cineasta que con su salto al mercado internacional, ha cumplido todas y cada una de las expectativas de lo que se podría esperar de un artífice de la genialidad y la provocación como es él.

El sacrificio de un ciervo sagrado es su segunda película de presupuesto internacional después de su formidable Langosta (2015), y representa su perturbador acercamiento más milimétrico y efectivo posible al thriller “sobrenatural”, así como a la comedia más negra y al inquietante terror psicológico, que bien podría haber sido ejecutado por una de otras grandes mentes creadoras como la de Michael Haneke o Stanley Kubrick. La última película del director nominado al Oscar es una mezcla de géneros (tan inverosímiles sobre el papel como perfectas en pantalla), que conforman una cinta brillante y tan absolutamente personal, que logra evocar referencias e influencias evidentes, pero sin perder ni un ápice de todo ese surrealista mundo que Lanthimos ha sabido confeccionar como suyo en sus anteriores películas como Canino (2009), con la que sobrecogió al mundo entero.

La película galardonada con el premio al mejor guión en la última edición del Festival de Cine de Cannes, es una construcción demoledora y autodestructiva en torno al mito griego de Ifigenia y Agamenón, que sirve para profundizar en el sentimiento más intrínseco del ser humano como es la culpa. Algo que evoca ciertos matices religiosos próximos al episodio bíblico del Génesis, en el que los primogénitos Caín y su hermano Abel, sucumbieron ante la tragedia, tras sufrir el primer atisbo propio de la raza humana como es el sentimiento de culpa y sus atroces consecuencias.

En torno a estos escabrosos relatos del legado humano, Lanthimos configura un universo contemporáneo en el que la familia protagonista hace todo lo posible por no verse arrastrada por una vorágine de destrucción y tragedia, únicamente marcadas por la culpa, la gran culpa del padre, que condenado por una especie de materialización de aquello conocido como el karma, los arrastrará a todos hasta un infierno real, que se irá manifestando poco a como en diferentes dolencias físicas, que cual plaga bíblica acabará por desencadenar el mayor de los horrores.

El sacrificio de un ciervo sagrado es una ejemplar y muy recomendable obra maestra marcada por la complicada visión de un genio que juega a “mortificar” a su espectacular reparto por estímulos tan excitantes y desquiciados como las filias sexuales, la doble moral, la ineludible culpa y la concepción clásica de la familia tradicional. Un ejercicio redondo que juega su principal baza con su guión y con un increíble reparto protagonizado por el muy correcto Colin Farrell, una soberbia Nicole Kidman que te destroza el alma con su sobrecogedora interpretación, la espeluznante revelación de Barry Keoghan, y el renacimiento de la Lolita de moda en los años ‘90 Alicia Silverstone, que conforma una de las más incómodas y mejores escenas de las múltiples y maravillosas que se encierra el film.

Título original: The Killing of a Sacred Deer Director:  Yorgos Lanthimos Guión:  Yorgos Lanthimos, Efthymis Filippou  Fotografía: Thimios Bakatatakis Reparto:   Colin Farrell, Nicole Kidman, Barry Keoghan, Raffey Cassidy, Sunny Suljic, Alicia Silverstone, Bill Camp Distribuidora: Diamond Films Fecha de estreno:  01/12/2017