Otro año más La Cabecita recopilará todo lo que diga la prensa española presente en el Festival de Cannes en el que Pedro Almodóvar lidera el jurado de la sección oficial junto a Paolo Sorrentino, Jessica Chastain, Will Smith, Fan Bingbing, Park Chan-Wook, Gabriel Yared, Agnès Jaoui y Maren Ade.

Este año viene precedida de polémica por la entrada de Netflix al festival con The Meyerowitz Stories (New and Selected) de Noah Baumbach y Okja de Bong Joon-ho. Todo por las declaraciones realizadas por el director del Festival de que toda película presente en la Sección Oficial debe estrenarse en salas francesas. Con el tema caldeado, la Croixette arrancó con Los fantasmas de Ismael, dirigida por Arnaud Desplechin en el que cuenta varias referencias como Rebeca y Vértigo de Alfred Hitchcock.

Los fantasmas de Ismael

La trama combina presente y pasado de un atormentado director que está rodando una fatigosa y boba película de espionaje. El pasado retorna con la esposa que le abandonó, inexplicablemente, 20 años atrás y a la que creía muerta. Buen pretexto psicológico para que este señor tan insoportablemente intenso e inútilmente desesperado esté permanentemente unido a la botella e insomne haciendo disquisiciones filosóficas. La cosa acaba en triángulo sentimental, ya que su última y comprensiva novia debe compartir su vida con ese fantasma que ha regresado. Todo suena a disparate, pero en cursi, sin sentido del ridículo.

Y me pone aún más nervioso de lo habitual el protagonismo de un actor al que no aguanto llamado Mathieu Amalric, al que aquí adoran. Este experto en sufrimiento interior y en pose nihilista, se pasa cantidad intentando hacer complejo y fascinante a su lamentable personaje. Lo único grato que encuentro es un desnudo frontal de la seductora actriz Marion Cotillard aunque la mujer que interpreta es tan falsa como el resto de la película.

Carlos Boyero, El País

La película se puede leer a la vez como una reinterpretación de Vértigo, de Hitchcock; como una relectura de la filmografía autorrecursiva del propio director (siempre pendiente de los lazos invisibles, caprichosos y eternos de la familia); como un homenaje al propio cine, y, ya puestos, como un viaje al límite de la ficción. Es cine que devora cine. Es cine convencido de que la pantalla no acaba donde termina lo blanco. Si lo leído les resulta confuso, en realidad lo es más.

Se diría que Les fantômes d’Ismael es toda ella un gran monumento a la imperfección. Pero la imperfección entendida no como una carencia sino como la mejor definición de casi todo: de la vida, del arte y, ya puestos, de la propia perfección. Quedan avisados.

Luís Martínez, El Mundo

Al igual que en su anterior obra maestra Tres recuerdos de mi juventud (2015), el cineasta parece decidido a no dejar nada fuera de la película: ni una estrella del cine francés (Mathieu Amalric, Marion Cotillard, Charlotte Gainsbourg, Louis Garrel…) ni una de las obsesiones que han ramificado su filmografía. Una vez más con Amalric como evidente álter ego -aquí, interpretando a un director de cine-, referencias a Ulises por doquier, tramas de espionaje diplomático, apariciones espectrales y escenas con una intensidad emocional sublime, Desplechin se pierde en un puzle narrativo a varias bandas, finalmente tan poco encajadas como las partes del triángulo amoroso que forman Amalric, Cotillard y Gainsbourg.

Sin decantarse por la perspectiva caballera, el cubismo o el expresionismo abstracto, el sampleo de Philip Roth o el Hitchcock de Rebeca y Marnie, Desplechin lanza todos los dardos. El resultado es excesivo y muchos se pierden, claro, pero los que hacen diana entran en el eje de coordenadas de lo mejor de su cine.

Daniel de Partearroyo, Cinemanía

Sí, Laura (Otto Preminger, 1954) es una pieza clave, ya no del cine negro y de sus personalísimos códigos, sino del cine con mayúsculas, así como de la relación que establecemos con las imágenes y de cómo nos enamoramos de ellas. ¿Cabe pensar entonces que Les fantomes d’Ismaël es una especie de remake afrancesado del film de Preminger? Para bien o para mal debemos decir que no: ésta, la de Laura, es sólo una de las múltiples citas/referencias/homenajes que Desplechin coloca en su alargado metraje, una cinta con una sobresaturación de guiños tal que nos hace pensar que Les fantomes d’Ismaël sufre de algún tipo de enfermedad nerviosa o degenerativa de difícil tratamiento.

Una trama, en definitiva, de menciones para connoiseurs que envuelve el hueso argumental del film: una reflexión en primera persona (el papel de Amalric parece claramente un sosias del propio Desplechin) sobre la memoria y la implacable persecución a la que nos someten nuestros recuerdos, un dickensiano Cuento de Navidad con su gabachísimo Ebenezer Scrooge siendo visitado por los fantasmas (?) de su pasado.

Martín Cuesta, VOS Revista