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Un deporte tan interesante y extremo como el salto de esquí y un personaje estrafalario y ambicioso dispuesto a darlo todo aunque ello conlleve llegar hasta el borde de la locura le despertó al gran Werner Herzog ese espíritu creativo de llevar también su cine hasta el punto psicológico al que sus protagonistas llevan su vida en El gran éxtasis del escultor de madera Steiner. Un cine vivo, irreverente, que se escapa de la pantalla, de sus propios límites, de las fronteras de lo común, de lo estándar, tal y como sucedía con la mayoría de sus protagonistas en Aguirre, Fitzcarraldo y un buen etcétera. Historias reales algunas, otras menos, pero sin dejar el espíritu de documentar, narrar y exponer el estado indiscernible en el que se sitúa la locura respecto a la realidad, respecto a lo cotidiano.

Bueno, pues hoy, 10 de junio de 2016, ha llegado a nuestras salas este personaje llamado Dexter Fletcher para hacernos ver que este deporte, su riesgo, la condición existencial de personajes ambiciosos y insaciables que oscila entre la demencia, la realidad y los propios sueños, también son elementos que se pueden estandarizar, vapulear y alienar. Incluso aquellos puntos, ideas, juegos lingüísticos y estéticos que han hecho grande a gran cantidad de obras cinematográficas, que han convertido a esos fotogramas que se suceden unos a otros de forma mecánica en un arte que es capaz de aunar a todos los demás y crear una potente sinergia capaz de arrancarnos las emociones más internas y pasionales, pero también de llevarnos a la reflexión de aquellas cuestiones complejas e indeterminadas que tiene la vida, todas aquellas aristas, vertientes, posibilidades, se pueden ver masacradas, escondidas y secuestradas en pocos minutos.

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Sí, en los pocos minutos que dura esta cosa llamada Eddie el Aguila, pasa eso y más. Pero tampoco es cuestión de darle a la película una relevancia que ni busca, ni consigue ni puede llegar a despertar. El problema es su ya manida manera de ser que se repite y se repite en la historia del cine como si se tratase de una adaptación al cine de esa espantosa razón instrumental que describía, bordando el terror, Theodor Adorno. Siendo el cine un arte que jamás ha dejado de reinventarse, de revolucionarse, de interrogarse, de rebajarse y alzarse cuantas veces quiera, el sentir que una historia intenta vendernos un sistema moral y encima consigue hacer florecer la idea de que, en el fondo, es inocente de cualquier cosa, es preocupante. Sí, habrá películas más grotescas, siempre existirá una Hostel o una Fast and Furious que nos haga creer que nuestra ética se ha ido al carajo. Pero en el fondo eso sería más una conclusión proveniente de una binariedad moral que ya se ha difuminado en estos tiempos. Las cosas ya no están tan claras y todo puede ser dicho sin tener mucha repercusión, o tenerla pero ser olvidada en unos instantes. Lo grotesco, entonces, se presenta como aquello que exagera hasta el punto de la indiferencia características que de otra manera serían asquerosas, como la cosificación de la mujer en Fast and Furious o la banalidad del mal en Hostel. Su exagerada e incluso a veces satírica muestra de tales situaciones se antoja más como algo inofensivo y humorístico que no como algo capaz de calar en las mentes sin que nadie se dé cuenta. El problema llega cuando el cine se convierte en portador de mentiras ocultas bajo una manta de humo aparentemente inofensivo que inserta ideas en las mentes de las personas, ideas que no se registran a simple vista o sin reflexionar lo que se está observando. Eddie el Aguila, por más tonta que parezca, se muestra como portadora de elementos de tal calibre.

Ese espíritu de superación ya visto mil veces en el cine, que narra una historia real, elemento que nos hace pensar que todo lo que sucede en pantalla es posible de acontecer en nuestra realidad, y que nos enseña que cualquiera, con esfuerzo y dedicación, puede conseguir cualquier cosa, parece más un manual de cómo ser alguien en la vida escrito por Ronald Reagan que no una bonita y simple historia del esfuerzo humano. Aquí, como en tantas otras películas, la locura, el esfuerzo, la lucha, la incertidumbre, el miedo, cualquier emoción, se plastifica para ser vendido en un envoltorio que simplifica y reduce a una serie de dos o tres características todo aquello que nos hace humanos. Cierto es que en este filme tal cuestión no es tan grave como en otros, solo hay que recordar En busca de la felicidad o Forrest Gump y echarse a llorar de dolor, pero se pueden intuir esas ideas que se meten en nuestros cerebros, y si no ponemos un antivirus a tiempo, pueden convertirse en modos de vida que nos condicionan cada acción cotidiana. Luego que no nos extrañe que cualquier partido político que hable de competir con cualquiera en cada rincón de la sociedad, de prestar atención a números que nadie entiende, de darle prioridad a cosas que no sabemos qué son, tengan su éxito. 

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En Eddie el Aguila observamos ideas nefastas, pero también se pueden encontrar elementos puramente estéticos, como las escenas que giran en torno al propio deporte, algunas actuaciones o la banda sonora, que salvan un poco el espectáculo. También es verdad que la manera de mostrar todo lo que he dicho antes se observa tan obvia y clara que incluso podríamos decir que lleva al paroxismo esos clásicos conceptos de superación, de “impossible is nothing”, de individuo capaz de sortear todas las trabas de la sociedad para verse realizado en un entorno competitivo, resultando, en parte, indiferentes e incluso risibles. Y sí, si vamos conscientes a ver estos 105 minutos, nos podremos echar unas risas de lo idiota que puede llegar a ponerse el séptimo arte cuando quiere.

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Ficha técnica:

Título original: Eddie the Eagle Director: Dexter Fletcher Guión: Simon Kelton, Sean Macaulay Música: Matthew Margeson Fotografía: George Richmond Reparto: Taron Egerton,  Hugh Jackman,  Christopher Walken,  Matthew Brandon,  Ania Sowinski,  Mads Sjøgård Pettersen,  Tony Paul West,  Marc Benjamin,  Rune Temte, Tomasz Dabrowski,  Austin Burrows Distribuidora: Twentieth Century Fox España Fecha de estreno: 10/06/16