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Ken Loach protagoniza la tercera jornada del Festival de Cannes con su “última película” titulada I, Daniel Blake. Película que ahonda toda el cine de Loach en un hombre que debe de buscar empleo para poder cobrar el subsidio. I, Daniel Blake ha dividio a varios críticos de la prensa española con sus más y sus menos. Aparte de Loach, también destaca Bruno Dumont con Ma Loute, después de mostrar el año pasado El pequeño Quinquin y Fa bei Sogni, del italiano Marco Bellocchio

I, Daniel Blake

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Este director podría cerrar brillante y coherentemente su humanista carrera con Yo, Daniel Blake, una película dura, verosímil y trágica, narrada con estilo aparentemente sencillo y con resultado impactante. En ella arremete contra la burocracia y la injusticia de las organizaciones estatales, una burocracia y ausencia de compasión que se ceba hasta extremos surrealistas con los más necesitados, con una clase que pasó de ser media a ínfima.

Loach no ofrece respiro ni a los desgraciados protagonistas ni al aterrado espectador. Todo lo que nos muestra desprende verdad, rabia, indignación, negación de eso tan prestigioso como inexistente llamada justicia social. Y lo hace sin recurrir al maniqueísmo, ateniéndose a la realidad.

Carlos Boyero, El País

La película cuenta la odisea de un hombre atrapado en el laberinto de la ineficacia de los servicios sociales. Hace tiempo que la sociedad, la de Loach y la nuestra, sustituyó la justicia por la caridad. Y para disimular o curar la mala conciencia, inventó la burocracia; una complicada herramienta de cálculo social que básicamente sirve para recordar a los humillados que la culpa es suya. El liberalismo mal entendido puede ser perverso.

Pues bien, sobre este argumento, Loach insiste en construir una cinta transparente, limpia y sin más lecturas que la pedrada. Nada que reprochar.

Es injusto llamar a Loach maniqueo cuando cualquier espectador algo atento a la actualidad podría poner nombres y apellidos a cada villano de su película. Y pese a ello, tanta evidencia, tanto insistir, termina por arruinar un proyecto perfectamente previsible a cada paso. Sea como sea, es Loach.

Luis Martínez, El Mundo

La película amontona desgracias sin modulación y sin medida (la joven madre que padece una situación parecida a la del protagonista, ha sido abandonada dos veces y tiene que prostituirse para dar de comer a sus hijos; Daniel Blake tuvo que cuidar antes a una esposa demente), sus imágenes se hacen tan planas como previsibles y el relato desemboca sin pudor alguno en un alegato que no hace sino remachar (por si algún espectador despistado aún no se había dado cuenta) todas las injusticias de las que ha sido víctima el personaje. Un final que es una especie de epílogo y que resulta perfectamente prescindible.

Carlos Heredero, Caimán cuadernos de cine

Ma Loute

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Como comedia “Ma Loute” es una propuesta ácida con lecturas a varios niveles, ya que tras las capas de situaciones surrealistas plasma realidades muy actuales y nada cómicas. Queda ahí esta lectura, que no es la principal, ya que el juego de Dumont es poner sobre el tablero a ese monstruo que es el vecino de toda la vida. Una lástima porque con el mismo tono delirante hubiera podido marcar un poco más las aristas de la historia, dejando que el mensaje fuera más claro. El director exagera ciertas locuras pero no da puntada sin hilo, lo que acaba haciendo de “Ma loute” una propuesta refrescante que ha sido bien recibida.

Inmaculada Pilar, Videodromo

¿Quién podría haber pronosticado que Dumont devendría un sátiro con espíritu de caricaturista, dispuesto a facturar una farsa sobre la lucha de clases disfrazada de comedia histórica (de enredo)? Lo interesante del asunto es que, pese al cambio de registro, el cine de Dumont sigue cuestionándose cuál es el lugar del ser humano en la compleja encrucijada que forman la vida sentimental, los instintos (en su versión más primitiva), la moral (en su cara más ambigua) y las estructuras sociales.

El problema no es tanto estético como narrativo. Viendo ‘Ma loute’, uno echa de menos la intriga que florecía en ‘El pequeño Quinquin’, la pulsión enigmática que recorría el relato, la ambigüedad. Aquí Dumont se muestra demasiado impaciente por dejar bien bien claro el rol que ocupará cada uno de los ridículos personajes en la función. Solo la joven y andrógina Billie Van Peteghem (la criatura más interesante de la película) ofrecerá suficientes dosis de misterio y magnetismo: su cuerpo, de espaldas, medio sumergido en el agua, se erige en la imagen más poderosa de la película, una poética aparición de lo humano en este circo de freaks.

Manu Yáñez, Fotogramas

En Ma Loute (Bruno Dumont, 2016) nos encontramos una propuesta que aspira a satisfacer estas carencias de manera sorprendente y estrafalaria, con un distanciamiento respecto a sus personajes que le permite realizar una crítica ácida a todos los implicados.

La gran sorpresa de este relato es que Dumont elabora sistemáticamente el mismo punto de vista cuando enfoca la narración en el perfil de los oriundos, todos ellos de baja escala social, aparentemente analfabetos y con unas tradiciones tan peculiares como las de quienes habitan en la gran mansión cercana. Entre estos dos puntos opuestos de la realidad de la civilización se construye una gran farsa en la que los personajes están principalmente al servicio del discurso de la película.

Ramón Rey, VOS Revista

El director francés Bruno Dumont, autor de un cine tan hermético como deplorable, con pretensiones trágicas y naturalistas y resultadas irritantes o dormitivos, ahora le ha dado por la farsa en su película Ma Loute. Y es posible que te haga reír en algún momento del arranque, situado en el Calais de principios del siglo XX y protagonizado por una caricaturesca fauna de veraneantes de la gran burguesía y adinerados nativos, su enfrentamiento con los pescadores de la zona, que además son antropófagos, promete situaciones graciosas y delirantes pero esa diversión se diluye rápido. De acuerdo en que supone un desmadre esperpéntico en el agotador cine de Dumont, pero un desmadre tan tonto como cuando va de solemne y trascendente.

Carlos Boyero, El País

Fai Bei Sogni

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Adaptación de un bestseller italiano (la novela autobiográfica de Massimo Gramellini, con la que este periodista exorcizaba su propio drama personal), la película acusa y padece la ostentosa irregularidad del estilo del cineasta, capaz de proponer intermitentes soluciones brillantes junto a otras de sonrojante elementalidad. La historia promete adentrarse en territorios más fértiles cuando se centra en la potencial relación amorosa que emprende el protagonista con el personaje de Bérénice Bejo, pero Bellocchio tampoco parece creer demasiado en tal posibilidad y filma esas escenas con notoria desgana. No es una mala película, pero tampoco va a contar entre los mejores logros del autor de I pugni in tasca.

Carlos Heredero, Caimán cuadernos de cine

La exquisita Sweet Dreams (‘Fai bei sogni’ en su título original) es al mismo tiempo una representación del despertar del protagonista hacia su adolescencia y la compresión de su mundo tras la muerte de su madre. Por otro lado, el nuevo film del director de Vincere ilustra la soledad y el vacío de aquellos que viven sin haber superado el luto de un ser querido. Sus embelesadas dos horas corresponden a una sucesión de anécdotas fútiles que transcurren durante los treinta años que siguen al accidente: una conversación con su profesor de ciencias discutiendo teología, su primera consulta médica por un ataque de pánico, una escapada con su padre en un estadio de fútbol, su empleo de fotoperiodista documentando las atrocidades de la guerra de Sarajevo.

Carlota Moseguí, Revista Arcadia

La película tiene algunas escenas bastante torpes, grasas y subrayadas (algo infrecuente en Bellocchio y muy habitual en el cine italiano actual), pero luego se va complejizando para transformarse, en definitiva, en una melancólica e inteligente reflexión sobre la soledad de la niñez, el dolor, la culpa y todos aquellos conflictos no resueltos que dejan llagas que impiden madurar y realizarse.

Diego Battle, Otros Cines