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Steven Spielberg, que fue jurado del Festival de Cannes en la edición que ganó La vida de Adèle, presentó en la cuarta jornada de la Croixette Mi amigo el gigante. Adaptación de la novela de Roald Dahl (Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate) sobre un gigante bonachón que no se alimenta de niños como el resto de su especie. Mezcla entre lo real y lo digital, Spielberg ha dividido a la prensa, algo normal en los últimos trabajos del director, consiguiendo que una parte de los críticos se enamore de ella debido a la nostalgia de la carrera realizada por “El rey Midas” de Hollywood.

También ha habido cabida para Park Chan-Wook con The Handmaiden, película que supone un cambio de estilo para el director coreano sin olvidarse de su desmesura con la violencia. La jornada lo completan Toni Erdmann, una obra macabra con mucho humor dirigida por Maren Ade y Neruda, nuevo film de Pablo Larraín sobre el ganador del premio nobel. 

Mi amigo el gigante

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Estamos en el reino de la fantasía y de los sentimientos tiernos. La cámara de Spielberg se mueve con magisterio en decorados deslumbrantes, imagino que ese universo le conmueve. Sin embargo, no me consigue transmitir la mínima fascinación hacia lo que está contando, no logro entrar nunca en ese universo tan florido. Y es el mismo director que cuando hablaba de la relación entre niños y seres de otra galaxia, tenía capacidad para hacer llorar a las piedras. Pero aquí todo huele a fórmula, a un producto lujoso que ves con indiferencia y desde fuera. Me recuerda la gelidez que sentí ante otras películas de este director que se movían en un territorio similar, como las olvidables Hook y Las aventuras de Tintín. También estoy seguro de que antes de jubilarse, el proteico talento de este hombre volverá a parir una obra maestra.

Carlos Boyero, El País

El planteamiento de la película es de una sencillez que primero desconcierta y luego acaba por convencer, quizá hasta enamorar. Se trata de un proyecto vocacionalmente pequeño para la pantagruélica filmografía del director y que se mueve por la pantalla pendiente exclusivamente de los detalles. La historia avanza impulsada por ese aire tan alocadamente preciso del universo de Dahl. Hay gigantes buenos, gigantes malos y gigantes que se tiran pedos enormes. Y de color verde. Todo se atiene a esta lógica desconcertante donde lo que importa es dejarse llevarse. Sin catarsis tipo Disney, sin arrumacos de princesitas bobas, sin más placer que el de la imaginación libre de impuestos. Bien es cierto que tanto gusto y devoción por lo diminuto, pese a que hablemos de colosos, acabe por demorar la historia hasta, por momentos, detenerla. Da igual, importa el tono preciso de una infancia retratada a la justa altura de los ojos. Sin místicas.

Luis Martínez, El Mundo

La declaración es significativa en cuanto que «Mi amigo el gigante» parece concebida, y lo decimos como una virtud, para niños que no han crecido con internet. La primera hora de metraje es lenta y pausada, dedicada en exclusiva a explicar la amistad entre el gigante (Mark Rylance, el nuevo «muso» de Spielberg, por obra y gracia de la «performance capture») y Sophie (expresiva Ruby Barnhill), y a describir el país en el que vive tan empática criatura, que habla un inglés aproximativo (¿cómo lo doblarán al castellano?) y se alimenta de calabacines de aspecto mocoso. Spielberg, que no evita poderosas invocaciones tenebrosas, da una lección a todos aquellos que creen que el cine infantil debe poner la quinta marcha y cometer el error de expandir los clímax hasta el infinito y más allá. Para ejemplo, un botón: aquí el conflicto central se resuelve en apenas tres minutos.

Sergi Sánchez, La Razón

El regreso al terreno del cine fantástico de Steven Spielberg desde su largometraje animado The Adventures of Tintin (2011) puede no parecer un detalle importante, pero es allí donde su identidad y naturaleza de cineasta descansan, casi literalmente. The BFG (2016), adaptación de Roald Dahl para Disney, podía ser la oportunidad ideal para demostrar si todavía quedaba magia que regalar a los espectadores en su ahora ya muy refinado estilo como director. Y así lo ha hecho en un pequeño cuento protagonizado por una niña huérfana que una noche cualquiera conoce a un gigante amistoso que la secuestra. Un gigante que pasa la vida solo rodeado de sus camaradas, mucho más violentos, desagradables y beligerantes con la especie humana y los niños en particular. Una fábula que combina elementos dickensianos con un derroche visual fundamentado en un inspirado y llamativo diseño de producción que da vida al enorme Mark Rylance en pantalla.

Ramón Rey, VOS Revista

Mi amigo el gigante’ arrastra algunas marcas poco honorables del cine infantil made in Hollywood: una protagonista que, a ratos, parece una adulta atrapada en el cuerpo de una niña, y también un cierto exceso de sentimentalismo –compensado por la fuerza irreverente de unos felices gags de pedos–. La película pierde algo de fuelle cuando se aleja de la interacción entre Sophie y el gigante: la aparición de la Reina de Inglaterra se salva gracias a un chiste sobre Ronald y Nancy Reagan. Finalmente, observada en su conjunto, ‘Mi amigo el gigante’ funciona como el afortunado (y muy digitalizado) encuentro entre dos colosos del relato infantil: Roald Dahl y un Spielberg con ganas de reivindicar la cara más soñadora e ilusionista de su cine.

Manu Yáñez, Fotogramas

The Handmaiden

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La intención del director de Old Boy–análoga a la de Waters en la novela– es condenar las prácticas extremas que los hombres infringen a la condesa sin su consentimiento, así como promover un sexo liberador a través del romance secreto entre las mujeres. En este sentido, nos hallamos ante la misma apología por la ética sexual de 50 sombras de Grey.

Sin embargo, esa misión doctrinal no consigue cristalizarse en el film por culpa del acercamiento inadecuado de Chan-wook sobre sus personajes femeninos. 

Lamentablemente, un exhibicionismo gratuito, que evoca las escenas de sexo lésbico inverosímil de La vida de Adèle (destinadas a la excitación del público masculino) focaliza la atención del espectador. 

Carlota Moseguí, Revista Arcadia

Chan-wook recrea de forma suntuosa y sumamente estilizada cada uno de los recovecos de una historia cuya verdadera entidad dramática se desvela, finalmente, mucho más elemental de lo que puede parecer a primera vista. Filmados con objetivos anamórficos, los encuadres del film consiguen sacar un buen partido expresivo a un excelente trabajo de escenografía y envolver a los personajes en una cierta atmósfera inquietante. Sin embargo, y a pesar de sus innegables cualidades plásticas, la película encalla precisamente allí donde más necesitaba explotar: en la puesta en escena (excesivamente fría por esteticista y pulcra) de las escenas sexuales entre las dos mujeres protagonistas.

Carlos Heredero, Caimán cuadernos de cine

Park Chan-Wook utiliza primeros planos, bellísimos planos cenitales y generales y, en interiores, la cámara parece flotar en las estancias de la mansión de Hideko. Alterna escenas de una luminosidad inocente (de coqueteo, de seducción) con otras mucho más oscuras, siempre atendiendo al detalle con mucho mimo. Según avanza la película, y se enturbia la relación de los tres protagonistas, se va enturbiando el planteamiento visual, el sexo se vuelve más explicito y la violencia aparece. Todo con el filtro del director, que estiliza lo desagradable de forma magistral. La película, además, presenta una de las bandas sonoras más sutiles y hermosas, firmada por Yeong-wook Jo, que hemos podido escuchar en esta sección oficial.

Inmaculada Pilar, Videodromo

Las tres versiones que ofrecen al espectador sobre su tortuosa relación las dos mujeres y el hombre que protagonizan Mademoiselle, dirigida por el prestigioso coreano Park Chan-Wook, pueden crear cierta confusión, pero hay una historia lésbica rodada de forma muy seductora, con imágenes hermosas y excitantes, sin vocación de porno. Las trampas, engaños y complicidades de este trío en la Corea colonizada por los japoneses durante los años 30 no es demasiado apasionante, pero el sentido del erotismo que muestra Park Chan-Wook le redime en parte.

Carlos Boyero, El País

 

Toni Erdmann

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La película alemana Toni Erdmann, de la directora Maren Ade, tiene virtudes notables, originalidad y gracia, pero también un defecto que podía haber evitado, y es que necesita tres horas para contar lo que le hubiera quedado perfectamente en dos, qué manía le ha dado a tantas películas de la sección Oficial con los metrajes de tres horas. En varios momentos es muy divertida.

Carlos Boyero, El País

Maren Ade crea el trasfondo necesario para deconstruir la relación paternofilial en una sucesión hilarantede situaciones incómodas, bromas macabras y sorprendentes que sin embargo no resultan forzadas ni ponen en riesgo la verosimilitud del relato en ningún momento gracias al inteligente manejo del tono de Ade. Algo que permite admirar por contraste la maravillosa capacidad de Sandra Hüller para mostrar sutilmente los cambios de su personaje según pasan los minutos, expresando con pequeños gestos y lenguaje corporal su estado de ánimo. Se crea así una comedia que eleva el drama o viceversa, con una estructura de dos largas partes en las que se enfrentan la forma de ver la vida de la hija y la de su padre, bromista irredento. Una diferencia que fundamentalmente es la de dos generaciones muy contradictorias en su esencia: una de la vieja escuela que valora lo humano en todos las facetas y otra que representa la retorcida idea del éxito y la felicidad unidos a lo material de nuestros días.

Ramón Rey, VOS Revista

Toda la película se resuelve en la incomodidad de una hija perdida (es una ejecutiva alemana afincada en Bucarest) y un progenitor a la fuga (músico jubilado o algo peor). Entre risa y carcajada, Ade acierta a dibujar con una perfección rara (y mucho) el perfil no tanto de la institución familiar, que también, como de la máscara con la que uno y otro se reconocen y se huyen. Y ahí, en ese lugar irreal y profundamente humano de representaciones equivocadas (¿quiénes somos para los demás?), estamos todos. El resultado es una película tan original y arriesgada como, ya se ha dicho, hilarante.

Luis Martínez, El Mundo

Las dos horas y cuarenta minutos de metraje son necesarias para entender la escalada de irritación que impregna este juego de humillación mutua que tanto gustaría al Lars Von Trier de «Los idiotas», y para que Maren Ade aproveche el personaje de Ines para hacer una sátira del mundo corporativo, modelado según los designios de un machismo nada disimulado, y de la hipocresía que oculta la utopía de la Europa comunitaria en países como Rumanía, donde los pobres y los gitanos conviven con los hombres de negocios dispuestos a hacerse ricos a costa de las promesas de ascensión social del capitalismo neoliberal. Sobre el papel, puede parecer que las ambiciones de «Toni Erdmann» son excesivas, pero el resultado es tan rico, tan poderoso, que compensa con creces sus breves desequilibrios.

Sergi Sánchez, La Razón

Neruda

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Una primera y urgente aclaración: la nueva película del director de Tony Manero, No y El club no es un biopic de Pablo Neruda. (…) El relato se cuenta, de hecho, desde el punto de vista de ese policía, sin que la focalización narrativa se sujete exclusivamente a su itinerario, pues es conducido de manera libre por la voz en off de este personaje turbio, inquietante y derechista, empeñado en impedir que el autor del Canto general pueda marcharse al exilio. Los hechos suceden en 1948 y la narración se ciñe únicamente a dicha circunstancia. No se trata, por tanto, de trazar un retrato completo de Pablo Neruda, sino de aislar una etapa concreta de su militancia comunista y de su compromiso político para construir, sobre la dialéctica entre el poeta y el policía, una incisión transversal que trata de abrirse paso con mimbres cinematográficos esencialmente poéticos. La libertad del montaje para entrecortar, superponer y cruzar diferentes acciones, y la clara voluntad de Larraín de ofrecer una visión poliédrica de Neruda (alejada de toda hagiografía) hacen de la película una de las propuestas narrativas más sugerentes de cuantas se han visto ahora en el festival.

 

Carlos Heredero, Caimán cuadernos de cine

Neruda está ambientada en los años posteriores al final de la II Guerra Mundial, una época en la que el vate renueva su compromiso con el Partido Comunista Chileno y escribe una de sus obras líricas más recordadas, Canto General, exaltación épica del espíritu de Iberoamérica, de sus gentes y sus paisajes. Y, como decíamos anteriormente, Larraín traslada su film a esa época, no en cuanto a la dirección artística o en cualquier otro aspecto más o menos superficial, lo hace también en la raíz de las imágenes de su película, en su paleta de colores, en esas transparencias tan autoconscientes que parecen haber salido de una de las películas de Alfred Hitchcock, sí, es 1950 y nosotros estamos allí.

Esta referencia a Hitchcock tampoco es casual porque Neruda es cualquier cosa menos un biopic tradicional. Pueden verlo casi como quieran: un thriller de aventuras y persecuciones, una reflexión sobre el proceso creativo, una epopeya de lo colectivo (ligándose así con el espíritu de Canto General), y, como siempre en Larraín, quizás el protagonista sea alguien que ustedes no esperan que sea. La historia según nuestro director transcurre sobre todo en el interior de los personajes mundanos, de los héroes anónimos. Créanme, deben ver Neruda.

Martín Cuesta, VOS Revista

Neruda, de Pablo Larraín. Para mí, una de las películas del Festival hasta ahora. Sexta película del director chileno, última antes de ver su ansiado salto al inglés en Jackie, con Natalie Portman. Larraín dirige un guión de Guillermo Calderón que nada tiene que ver con el género que conocemos como biopic. Como dice él, más que una película sobre Neruda, es una película nerudiana. Nace de su poesía para convertirse en un poema visual, pero también en una novela policiaca como le gustaban al poeta chileno.

Irene Crespo, Cinemanía