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Antes de pararme a preguntarme cuáles son mis películas favoritas quiero hacerme una pregunta: ¿Qué es el cine para mí? Cada persona responderá a esta pregunta de una manera distinta, en mi caso lo tengo claro. El cine es mi compañero de viaje, es el que me ha permitido vivir mil vidas que jamás viviré, el que me ha ayudado a aprender el significado de la vida y también el motivo al que culpar de las continuas decepciones vividas por culpa de las esperanzas depositadas por aquello de la magia del cine. Podría decir del cine que ha cumplido todos los roles importantes en mi vida, ha sido padre, madre, hermano, maestro y esposa. Teniendo esto en cuenta, hablar de mis diez películas favoritas es hablar de una lista absolutamente relativa porque depende del estado de ánimo en el que me encuentre en ese momento.

Es por eso que observar con detenimiento la lista de las diez películas favoritas de una persona es también entender cómo es, entender cuáles son sus miedos, quién es y quién quiere ser. La lista cambiaría dependiendo del día en que la hiciese, porque las películas también cambian su significado en función de tu propia existencia. Pero la que seguramente no bailaría sería la película de cabecera. Si El apartamento es desde hace muchos años mi película favorita es sencillamente porque un día me encontré con que se había hecho una película sobre mí, sobre cómo me siento. Porque de repente me encontré mi reflejo en un pequeño apartamento de Nueva York. Porque me encontré con que veintisiete años antes de que yo viniese a este mundo, alguien había sido capaz de plasmar como me sentiría yo. Pero si algo hay maravilloso en El apartamento no es que sea mi película favorita, sino que es también la de mucha gente, algo que me invita a comprender que como C. C. Baxter, como yo, hay muchos más Robinsones en el mundo que siguen perdidos en un mar de gente.

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Con la primera clara en la mente, me propuse elaborar la lista sin pensar las posiciones, simplemente ordenándolas como sintiese, sólo después de decidir que había dado con la lista definitiva (algo que me ha llevado bastante quebraderos de cabeza) trataría de comprender los motivos por los que han aparecido en esa posición. Y no sé si es esa felicidad que busco siempre encontrar, o quizá mi amor por el cine, lo que me ha llevado a poner Cantando bajo la lluvia en la segunda posición, sólo sé que cada vez que veo la película de Stanley Donen me siento con ganas de vivir. Algo que choca por completo con las dos siguientes películas: Alemania, año cero y Vértigo (De entre los muertos), dos películas que están apoderadas por el dolor y la obsesión de la muerte. Si la muerte es un tema tan recurrente en todas las artes es sencillamente porque desde que el hombre es hombre, el fin de su existencia es uno de los temas que más le han obsesionado. Que la muerte esté presente entre las películas favoritas de cualquier persona acaba siendo poco más que un acto de sinceridad acerca de ese acto final que todos tenemos. El dolor que plasmó Rossellini en el rostro de aquel niño obligado a ser adulto en una Alemania destruida por la Segunda Guerra Mundial y la obsesión del amor más allá de la muerte como lo vio Hitchcock son simplemente dos películas que me sobrecogen y se apoderan de mí como ese propio miedo tan humano a morir.

Y antes de ello queremos vivir, creo que también es sintomático que las películas de Rossellini y Hitchcock estén rodeadas de dos obras que rebosan optimismo, porque al final lo que queremos es esconder nuestros miedos y ser felices, y posiblemente no haya mayor ideal de la felicidad que la que siente George Bailey en Qué bello es vivir. Porque al final la felicidad es sentirte rodeado de gente que te quiere, y Frank Capra realizó la obra que mejor ha mostrado nunca cuál es la verdadera felicidad. Habré visto cerca de veinte veces Qué bello es vivir, más que ninguna otra película, es una obra recurrente cuando necesito sentirme vivo, y no importa las veces que la vea, ni que me la sepa de memoria, es una película que siempre que la veo me conmueve, porque la importancia de los pétalos de la pequeña Susie es mayor que cualquier otro amor que haya podido mostrar la gran pantalla nunca.

Y que El club de los cinco y Los 400 golpes estén en mi lista y que aparezcan juntas, tampoco es casualidad. Porque ambas películas llegaron a mi vida en el momento justo, cuando yo era y me sentía como esos adolescentes tan bien retratados por John Hughes, con problemas que creía que eran como un verdadero abismo y que nadie comprendía, cuando descubrí una película que no sólo hablaba de mis mismos problemas, sino que también los trataba con la seriedad que requerían, entendí que esa película formaba verdadera parte de mí. Y también, al igual de Antoine Doinel sólo quería escapar ante la incomprensión de los adultos, de esos 400 golpes que como él sentía recibir. Quizá que estas obras sigan tan presentes en mi vida es porque dentro de mí sigue existiendo ese adolescente y se niega a ir, o quizá porque esa incomprensión sigue presente en nosotros mismos mucho después de crecer y es algo que supieron plasmar perfectamente Hughes y Truffaut.

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También se podría decir que vienen juntas las dos siguientes, porque las dos hablan de una forma u otra sobre el amor. Y es sorprendente decir esto cuando hablo de La torre de los siete jorobados, pero sí, ahí está mi amor a este Madrid por el que adoro pasear y que me encanta ver reflejado en el cine y que Neville lo filmaba como nadie mezclado a la vez con una historia casi poeniana con ese aroma gótico que me cautivo durante mucho tiempo de mi adolescencia, y al fin y al cabo, volver a La torre de los siete jorobados, aunque la descubriese mucho tiempo después, no deja de ser como la visión de mi propio espectro tiempo atrás pasando por calles que ya fueron paseadas mucho tiempo antes de que yo lo hubiera hecho. Mucho más obvio es el amor de Dejad paso al mañana, es el amor que sienten los personajes, el amor de toda una vida, el miedo a envejecer, pero sobre todo el miedo a envejecer solo y verte perdido en un mundo para el que ya estás demasiado mayor. ¿No es acaso lo que todos buscamos? No es de extrañar que Orson Welles dijese que Dejad paso al mañana podría hacer llorar a las piedras.

Y el broche a la lista se lo pongo con La mujer juventud, y su presencia casi se justifica casi con todo lo que ya mencioné anteriormente, porque aquí están los miedos que tenemos todos: el miedo a envejecer, la soledad, la muerte… Pero también está la felicidad, las ganas de vivir, los éxitos y la necesidad de encontrar el sentido a nuestra propia existencia. Estoy convencido de que La mejor juventud que hoy cierra esta lista, poco a poco irá escalando puestos según vaya creciendo con ella, según el cine vaya creciendo a mi lado.

1- El apartamento (Billy Wilder, 1960)

2- Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952)

3- Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948)

4- Vértigo (De entre los muertos) (Alfred Hitchock, 1958)

5- Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946)

6- El club de los cinco (John Hughes, 1985)

7- Los 400 golpes (François Truffaut, 1959)

8- La torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944)

9- Dejad paso al mañana (Leo McCarey, 1937)

10- La mejor juventud (Marco Tullio Giordana, 2003)