Kaili Blues – Bi Gan

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Llegados ya a los últimos días de festival, me encontré la mejor película que he visto durante éstos días de fabuloso ambiente cinéfilo que se respira en Barcelona. Y es que mientras escribo éstas líneas, aún sigo hipnotizado y totalmente fascinado por la absorbente concepción del tiempo y del ser que nos ofrece una película como Kaili Blues, ópera prima del jovencísimo director chino Bi Gan que encandiló al jurado de Locarno alzándose así con el premio al mejor director emergente.

El confuso argumento de Kaili Blues podría describirse como la historia de un doctor que vive en una mística provincia y que deberá emprender un viaje para encontrar a su sobrino, al que su padre ha vendido. La película podría dividirse prácticamente en dos partes, una donde la que la estructura es difusa, elíptica y el tiempo narrativo es tan pausado como desordenado (confieso que su arranque fue duro de ver), y otra donde el tiempo es dilatado, con un ritmo pausado y todas las acciones fluyen no solo porque todas las escenas previas van desembocando en un extraordinario final, si no porque lo que marca ésta división es un indescriptible plano secuencia de cuarenta minutos de duración que coge a uno desprevenido dejándole atónito ante tal maravilla. El plano secuencia es completamente distinto a las peripecias visuales de El Arca Rusa (Alexandr Sokurov, 2002) al regodeo egocéntrico de Birdman (Alejandro G. Iñarritu, 2014) o incluso, aunque comparten esa imperfección formal que evidencia la cámara, al que nos propone Victoria (Sebastian Schipper, 2015), y es que éste plano secuencia lo relacionaría, por simbolismo y estilo, a dos películas tan asombrosas como singulares; Fish & Cat (Shahram Mokri, 2013)  interesantísima película iraní realizada en un único plano secuencia de dos horas de  duración aunque el tiempo narrativo del filme es tan solo de treinta minutos, por lo que vemos a los distintos personajes deambular por un bosque y repitiendo una y otra vez acciones que ya hemos visto, la idea  del tiempo sostenido en un limbo – y La Mirada de Ulises (Theo Angelopoulos, 1995) donde en un mismo plano secuencia, Angelopoulos nos otorga la posibilidad de viajar a través del tiempo -. En Kaili Blues los personajes parecen viajar a través del tiempo y todos ellos contemplan la posibilidad de usar el tiempo a su favor para encontrar el sentido de cada uno dentro del paso del tiempo.

Es una obra madura, imperfecta en todos sus aspectos, pero con un concepto del tiempo y de la vida bellísimos. Aunque se haya comparado con las primeras obras de Jia Zhangke (probablemente por estética), su cine me recuerda mucho más al de Hou Hsiao-Hsien, que al igual que el debutante cineasta chino, también divaga en tiempos y espacios para poder profundizar en temáticas relativas a la vida (y al igual que el aclamado director taiwanés, también es muy imperfecto). Kaili Blues probablemente no se estrene nunca en nuestro país, pero si podéis recuperarla en filmotecas o pases especiales, no dudéis en adentraros a ésta experiencia sensorial que consigue parar el tiempo y alterar toda capacidad perceptiva.

Much Loved – Nabil Ayouch

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Una película sobre la prostitución en países islámicos. Algo así puede salir muy bien o muy mal. Lamentablemente, el resultado no es bueno. Cierto es que la película levantó revuelo por tratar este delicado tema en una sociedad muy cerrada a debatir estas cosas y eso siempre es conveniente, puesto que hay temas que deben abordarse sin prejuicios ni silencios y la sociedad islámica no es muy buena en eso, por lo que cualquier sacudida a esa actitud siempre es positiva.

El problema de la película es que como película no llega a los lugares que pretende llegar, no consigue involucrar al espectador ni en su estética, ni en lo que cuenta ni tampoco acaba de conectar con los temas que intenta abordar. Much Loved se queda en una teoría interesante, pero en la práctica falla, y falla porque su ritmo es fallido también. Las repeticiones incesantes de escenas inertes acaban por saturar a un espectador que nunca termina de entrar en la propuesta. A todo esto debemos sumar la impotencia que deja el saber que hoy en día en el mundo existe una sociedad tan retrógrada e intolerante y la doble impotencia que surge al ver que esta película, que trata un importante y preocupante tema, tema que aunque pueda parecer menor ilustra unas actitudes que después se muestran en cosas aparentemente más capitales, no consigue que entendamos todo el panorama de la injusticia. 

Esa frustración cubre toda la película, frustración que no surge del ver tan bien ilustrada la cuestión que se aborda, sino al contrario, que surge de ver cómo el exponer un sistema podrido no termina de transferirse correctamente a la pantalla. Much Loved por lo tanto se percibe como algo que podría haber sido mucho más, que aún así guarda puntos interesantes, tanto cinematográficamente como éticamente. No obstante, la pobre ejecución de algunas escenas, del ritmo, del sentido estético y del mensaje están siempre presentes para recordarnos que Nabil Ayouch ha firmado una película decepcionante que pasará sin pena ni gloria sobre un tema que debería ser comprendido con más conciencia. Si queréis ver mejor los problemas de una sociedad islámica que cada vez más se muestra al mundo como una sociedad fuera de lugar y reaccionaria, mejor ver Bitter Lake, de Adam Curtis, donde se podrá entender que no solo es culpa de la propia sociedad islámica el estar donde está, sino que ha estado dentro de los intereses de mucha gente el mantenerlos como enemigos medievales e irracionales ante el mundo.

 

Crónica escrita por Joan Pamiès y Federico Van Cibeira