Resulta curioso que el título internacional de esta película, “Long Day’s Journey Into Night”, que es diferente de su título original (en China se titula algo así como “Últimas noches en la Tierra”), coincida con el de la famosa obra teatral de Eugene O’Neill, y uno no puede dejar de preguntarse si no será intencionado por parte de los distribuidores, bien para dotarla de un aura adicional de prestigio (como si no viniera ya con ella desde el festival de Cannes de 2018), o bien porque vean cierto paralelismo entre las diferentes adicciones que afectan a la familia protagonista de aquel drama de O’Neill y las adicciones de las que habla el nuevo filme de Bi Gan.

Porque de adicciones es de lo que habla esta espléndida película, de distintas adicciones que, en el fondo, vienen a revelarse como distintas facetas de una misma adicción: el protagonista de la cinta, llamado Luo Hongwu, puede parecer un calco de algunos de Wong Kar Wai, enfermo de un amor enfermizo, que es incapaz de olvidar, y que nos narra una y otra vez como queriendo recuperarlo. Y la influencia estética de Wong es palpable, y Bi no pretende ocultarla, sino que la enuncia con orgullo, porque, con su talento, pude permitirse después explorar esa estética a su modo y desarrollarla a su manera, con personalidad propia, llevando a su terreno muchas propuestas e innovando desde ellas. Para el director, esa adicción al amor de los personajes de Wong sería una adicción al recuerdo del amor, a las memorias fugaces. Y, si bien el terreno de la memoria también ha sido el que ha cartografiado Wong en parte, Bi pone más el acento en ella que en el propio sentimiento amoroso. Y, no solo eso, sino que además se permite elucubrar: si la memoria la seleccionamos y proyectamos en nuestra cabeza a nuestro antojo, hasta acabar deformándola, ¿no está más cerca del sueño que de la realidad? La película se abre con una imagen que podría ser un sueño, para después mostrarnos a Luo Hongwu despertándose y hablando de ese sueño. Y no será el último sueño de que hablemos o veamos en las siguientes dos horas y pico.

Bi Gan viene a decirnos que nos obsesionamos más con el recuerdo idealizado de ese amor, que con el propio amor, y que es muy probable que prefiriéramos revivir nuestros recuerdos deformados que la realidad que vivimos. Repetimos así en nuestra cabeza los momentos que preferimos, lo que consciente o inconscientemente elegimos recordar, y realzamos los detalles que nos tranquilizan, aunque a veces también los que más nos inquietan, para intentar resolver en nuestra imaginación lo que no pudimos resolver realmente. Y así, la memoria, por su intangibilidad y por estar transformada por nuestros recuerdos, está más cerca del sueño que de los hechos. En la historia que nos cuenta el autor de Kaili Blues, hay, desde luego, más recuerdos que hechos, y nuestro protagonista acabará prefiriendo vagar en esos recuerdos e, incluso, dormirse para soñar con ellos, que estar despierto. Su adicción es la memoria, y acaba siéndolo también el sueño.

Se ha achacado al último tramo de la película, filmado en 3D en una única y larguísima toma que es una auténtica proeza técnica, el constituir un exceso formalista que, llamando la atención sobre su propio artificio, rompe esa misma ilusión en la que el protagonista quiere vivir, recordándonos constantemente que estamos ante una irrealidad (llámese puesta en escena, ficción o sueño) y no ante una realidad; pero creo que esas críticas se olvidan de que ese efecto lo que consigue es reflexionar, precisamente, de las últimas consecuencias de su discurso: el cine no es sino la consecuencia de nuestra adicción a los recuerdos y a los sueños. Con el cine intentamos o bien atrapar la realidad efímera que se escapa según la vivimos, o bien recrear nuestros sueños y deseos para poder hacerlos tangibles o, al menos, repetibles una y otra vez. Todo cinéfilo es un adicto a los sueños y a los recuerdos, como el protagonista de la obra, y no importa saber que estamos ante una ilusión, porque preferimos esa ilusión a la realidad. No olvidemos que, aunque tiene toda la textura de un sueño (y pocas veces fuera del cine de David Lynch se ha recreado con tantísimo tino esa textura extraña y especial de los sueños, sus incongruencias que tienen sentido y sus sensaciones confusas per intensas), en la propia película ese tramo final no se introduce como un sueño, sino como una película que ve el protagonista, luego Bi Gan no engaña a nadie: esto no es exactamente un sueño en el que el artificio de la puesta en escena nos pueda romper la ilusión, sino claramente una película, aunque consiga a ratos hacernos creer que es un sueño.

Se podría decir que es algo así como el rizo del rizo del cine de Wong: sus protagonistas no están enfermos de amor, y casi ni siquiera de nostalgia: están enfermos del sueño del recuerdo de la nostalgia del amor, o, lo que viene a ser lo mismo, del cine. A ratos tanto que duele.

Pero no se trata de una película fácil. Para muchos espectadores resultará excesivamente lenta, y hasta es posible que algunos detalles de la trama resulten confusos si no se presta mucha atención. Es un cine que lucha un poco por ser emocional y, aunque lo consigue casi siempre, a ratos sí es más cerebral de lo que parece pretender. Digamos, que incluso para los amantes del cine de Wong Kar Wai, puede hacerse larga, pero sin llegar a los extremos del llamado slow cinema (los amantes de Lav Díaz, por ejemplo, están curados de espanto y les parecerá trepidante); pero aun así, merece mucho la pena, y merece mucho la pena verla en 3D. Sus últimos 40 minutos son algo nunca visto, tanto que resulta un poco irrelevante si peca de exceso de formalismo y artificio o no: aun así es tan único y mágico que hay que estar agradecidos a Bi Gan por su ambición.

Título original: Long Day’s Journey Into Night Director: Bi Gan Guión: Bi Gan Música: Giong Lim, Point Hsu Fotografía: David Chizallet, Hung-i Yao Reparto: Tang Wei, Sylvia Chang, Meng Li, Huang Jue, Chen Yongzhong, Lee Hong-Chi,Luo Feiyangl Distribuidora: Surtsey Films