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Como ya hizo Roberto Benigni en La vida es bella, La habitación contrapone la crueldad del mundo real con la inocencia de un niño al que (en este caso) su madre, protege regalándole el único escape que hay de la realidad: la imaginación. “Imaginad y seréis libres”. Gracias a su tesón y al amor incondicional que profesa por Jack (Jacob Tremblay); Joy (Brie Larsson) es capaz de construir un mundo más allá de las cuatro sucias paredes que les rodean, más allá de la cárcel en la que lleva recluida desde hace 7 años. Pero como para un pájaro encerrado en una jaula, una vida no es vida, y tarde o temprano las alas de la curiosidad de Jack le harán querer volar más lejos. Joy lo sabe, y entiende que debe empezar a preparar a su hijo, y a sí misma, para recibir el viento en su piel, disfrutar del calor del Sol de mediodía, y, en definitiva, vivir.

La historia es preciosa, pero porque los hechos no trascienden más allá de lo que verdaderamente se narra. Todo lo que se ve en la película es causa y consecuencia del amor que se profesan los dos personajes principales. Y es tan fuerte, tan puro y tan verdadero, que le da una consistencia inconmensurable a la trama. Pero por supuesto, el apoyar los cimientos de todo el filme en dos personajes tiene un riesgo: requiere una respuesta soberbia por parte de los dos actores que los interpretan. Y en este caso es así; tanto Larsson como Tremblay se ponen el traje de monstruos de la interpretación y bordan sus respectivos papeles. El enorme triunfo que tienen los dos hace que la relación entre ambos sea tan atrayente que el espectador da de lado cualquier otro aspecto. Simplemente, más allá de ese vínculo no hay nada que importe.

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Solo se me ocurre una palabra lo suficientemente apropiada para describir La habitación: Maravillosa. Es delicada, bonita y frágil; pero dentro esconde una fuerza brutalmente conmovedora. Un hecho de lo más terrible, contado de una forma suave y dulce, pero no edulcorada. No necesita artilugios que suavicen la trama, sino que con la sola bondad de Joy y su hijo Jack, es suficiente para que la película sea tan enternecedora que ablandaría el corazón del más insensible de los seres humanos. Es imposible no amarles y no compartir sus sentimientos. Es imposible que cada vez que una lágrima brota de sus ojos, otra no quiera escapar de los tuyos. Y es imposible no sentirte feliz cuando las comisuras de sus labios dibujan, en su cara y en tu alma, una sonrisa.

La película te atrapa desde dentro. Te coge, te da la vuelta, juega contigo, juega con tus emociones; y después, te suelta, y sales del embrujo, y respiras. Y cuando acaba, vuelves a la realidad deseando poder quedarte un poco más viviendo esa historia, siendo parte de ella. Porque el encantamiento que crea es tan poderoso que percibes las emociones que emanan de la pantalla como tuyas propias. Y notas cómo se queda allí un pedacito de ti mismo. Pero no estás triste, porque sabes que incluso frente al más atroz de los escenarios la inocencia es un arma poderosa, porque entiendes que no hay ninguna pared más fuerte que el amor. Así que sonríes, das las gracias por esta pequeña obra de arte, y vuelves a casa. Pero vuelves diferente de como saliste, vuelves valiente y tenaz; casi tanto como Joy. Y vuelves limpio y puro, casi tanto como Jack.

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Ficha técnica:

Título original: Room Director: Larry Abrahamson Guión: Emma Donoghue  Música: Stephen Rennicks Fotografía: Danny Cohen Reparto: Brie Larson, Jacob Tremblay, Joan Allen, William H. Macy, Megan Park, Amanda Brugel, Sean Bridgers, Joe Pingue, Chantelle Chung Distribuidora: Universal Pictures Fecha de estreno: 26/02/16