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Aquello de “Ya no se hacen películas como las de antes” siempre ha sido una frase problemática. Para empezar uno tiene que preguntarse cuáles son las películas “de antes” (¿Las de los 70? Las del sistema de estudios estadounidenses de los años 40 y 50? ¿Las mudas?), para seguir uno tiene que preguntarse qué formas definían ese “como”, y después surge la duda de si acaso las películas ya no se hacen como las de antes porque ya no vivimos en ese “antes”, y es mejor hacer películas de ahora con las formas de ahora. Es una frase que muchas veces surge de una nostalgia algo ñoña, que otras veces da por sentadas cosas que serían bastante dignas de ponerse en duda, y que tiende a meter en un mismo saco muchas cosas sin hacer un favor a ninguna. Es, en fin, una frase sospechosa.

Hay, sin embargo, aspectos de ella que merecen pensarse: sí es cierto que en los años 40 y, sobre todo, los 50, que es la época en la que se suele pensar cuando se habla de películas “de las de antes”, el cine como arte de masas parecía tener una comunicación más directa con su público, y hasta los números lo demuestran, como ha señalado el crítico Miguel Marías en alguna ocasión, y quizá esa comunicación tan inmediata, aunque respondía también a muchos factores socioeconómicos, se debiera, al menos en parte, a unas formas de hacer cine más generalmente alejadas tanto de la ampulosidad exclusivamente técnica como de la pretenciosidad conceptual. Había un volumen muy superior de películas de un tipo de cine directo, sencillo, centrado en el ser humano y su experiencia, dirigidas a adultos, esos dramas y comedias que tantos y tantos directores y actores actuales se quejan de que han quedado relegados al cine independiente y que Hollywood ya no hace salvo en pequeñas dosis y con la mirada puesta en el Oscar.

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Brooklyn es una de esas películas independientes que el gran Hollywood ya no hace, un drama sentimental adulto (aunque centrado en una chica que acaba de llegar a esa edad adulta), y como tal, se estrenó en el festival de Sundance. Lo que la hace diferente del resto del cine “indie” que se ve hoy día es que adopta las formas del cine que el gran Hollywood hacía en los años 50, y las adopta muy bien. Y no estamos ante una reflexión postmoderna sobre esas formas como pudiera ser aquella memorable Lejos del cielo de Todd Haynes, sino, simplemente, ante un drama que adopta como forma el clasicismo Hollywoodiense, en su versión menos manierista (porque incluso Haynes a quien homenajeaba era al muy poco clásico Douglas Sirk), y la adopta no para reflexionar sobre ella, sobre la propia forma, sino simplemente porque parece considerar que así nos puede contar mejor la historia de la protagonista, Eilis. Algo hay de guiño formal, sí, pero no pasa de ahí, de guiño.

Personalmente, de entre todas esas películas “de antes” que Brooklyn trae a la mente, las qué el que suscribe más recordó fueron las de Leo McCarey. Cómo no, cuando tenemos protagonistas irlandeses, inmigrantes católicos en el Nueva York de entonces, y hasta aparecen curas buenos. No es Siguiendo mi camino o Las campanas de Santa María, pero el entorno es el mismo.

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Pero la referencia a McCarey es menos superficial que solamente esos aspectos culturales externos: volviendo de nuevo a Miguel Marías, experto en la obra del director de origen irlandés, si algo caracterizaba su estilo era su atención al actor, a su gesto y, por tanto, al personaje y al ser humano (recordemos que es uno de los pocos directores que se alegró de la llegada del Cinemascope, porque lo que otros veían como un inconveniente para hacer encuadres elegantes, para el era una ventaja: por fin podía tener a dos actores en primer plano a la vez). En ese sentido, pocas veces se puede decir de una película con tanta certeza que la película es su actor o actriz principal: con la misma insistencia que McCarey en los primeros planos, John Crowley filma una y otra vez el rostro de la actriz Saoirse Ronan buscando cada mínimo detalle y gesto que nos revele sus sentimientos y su evolución. Superficialmente una sinopsis de Brooklyn nos puede decir que es la historia de una inmigrante irlandesa en el Nueva York de los años 50, pero ello nos daría una idea y unas expectativas erróneas: esta es la historia de esta inmigrante, de Eilis, de cómo se siente por la separación de su hermana y de su madre, de sus inseguridades, de sus esperanzas, de sus frustraciones. Es antes un retrato individual de una chica que una pieza histórica o social sobre la inmigración. Es erróneo achacarle que suavice la dureza de la vida del inmigrante, ya que no cuenta la historia ni de las hambrunas irlandesas o italianas y sus horrores a principios del siglo 20, sino una historia muy particular de una chica que pertenece a la oleada de inmigración irlandesa de los años 50, que era muy diferente, y era como la describe la película: con un contacto en América que facilitaba la llegada, había buscado trabajo para la inmigrante de antemano, y la penuria material era más bien una simple estrechez, si acaso, deseablemente, solo en los comienzos.

La joven pero ya muy curtida Ronan cumple con creces y entrega a Crowley una interpretación absolutamente inolvidable, una de las más exactas y precisas de los últimos tiempos, donde cada mirada, cada arqueo de una ceja, cada respiración, cada pausa en el habla, cada titubeo en la voz es una ventana a su interior, y también una puerta para que la acción avance. Si uno no lee en esos gestos, probablemente no disfrute la película, porque el guión no le va a decir que Eilis intuye que al despedirse de su hermana en el puerto quizá no la vuelva a ver, o que los avances amorosos de ese chico tan encantador la hacen pensar que si se ata a él se desatará por completo de Irlanda. El guión, sabiamente, nuca verbaliza estas emociones o pensamientos, sino que los confía a Saoirse Ronan, sus gestos, sus acciones, captadas todas por un director que sabe dónde colocar la cámara y que ha entendido a la perfección todas esas sutilezas del guión, es decir, que dirige con la confianza en el público, en el actor, y en la capacidad de comunicación de un gesto de los directores clásicos.

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Pueden ponerse pegas a la película: el último acto resuelve conflictos de manera precipitada y, sobre todo, algo tramposa, dejándolos a la casualidad más que a los personajes, y es dubitativo en el tono que quiere darle a su final, que no se sabe si es triunfal, triste o melancólico, o ni una cosa ni otra sino todo lo contrario. También en lo formal el colorido, que quiere recordar al Technicolor de aquellos años 50, a veces resulta más digital que evocador, y la pantalla verde “canta” en muchas ocasiones. Alguna frase lapidaria aquí o allá resulta algo obvia… en fin, detalles que, sí, impiden a Brooklyn llegar a la altura de las mejores obras de ese cine de estudio que quiere evocar… Pero aun así, merece la pena verse: es un film emocionante, sentido, hecho con inteligencia y respeto por un público adulto, bonito en el sentido más noble de la palabra… una película “como las de antes”, cuando esa frase se utiliza con propiedad y sin asomo de desprecio, ni por las películas de antes ni por las de ahora.

3.5_estrellas

 

Ficha técnica:

Título original: Brooklyn Director: John Crowley Guión: Nick Hornby Música: Michael Brook Fotografía: Yves Bélanger Reparto: Saoirse Ronan, Emory Cohen, Domhnall Gleeson, Julie Walters, Jim Broadbent,Michael Zegen, Mary O’Driscoll, Eileen O’Higgins, Emily Bett Rickards Distribuidora: 20th Century Fox Fecha de estreno: 26/02/16