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David O. Russell se ha convertido, por derecho propio, en el rey del cine mainstream con ínfulas, en el adalid de un cine insustancial que parece que dice mucho pero que dice más bien poco (aunque siempre dice algo). También se ha ganado una mala reputación debido a la gran cantidad de nominaciones al Oscar que reciben sus películas año tras año. Esta reputación es cierto que no es culpa suya, pero algunas de sus reacciones al respecto y rumores en torno a su comportamiento con gente del rodaje, le han hecho ganar una reputación no buena en el universo cinéfilo.

Estas dos cosas han provocado que cada estreno de una película suya sea recogido con escepticismo por unos e interés por otros, y, por supuesto, no es diferente en el caso de Joy. Supone la vuelta a su reparto de confort después del paréntesis que supuso Accidental Love: Jennifer Lawrence, Robert de Niro y Bradley Cooper. Y supone la vuelta a sus aspiraciones de obtener trescientas nominaciones a los Óscar esta primavera.

JOY

Lamentablemente las ideas y exiguos hallazgos cinematográficos que David O. Russell ha exhibido durante su carrera cinematográfica, parece que se van acabando y Joy se confirma como lo que parecía: una película ramplona; efectiva en algunas partes y totalmente desnortada en otras; un vano intento de llamar la atención.

Porque es en los momentos donde Joy es más rutinaria y sus pretensiones son más cotidianas, donde consigue sus mayores logros. Si cuenta la historia de cómo una habilidosa inventora consiguió hacerse un hueco en la teletienda norteamericana, los mayores aciertos corresponden a toda esa explicación de los entresijos de la venta por televisión; el funcionamiento del negocio y el papel de la protagonista ahí. Lamentablemente, la película discurre por ese camino sólo en determinados momentos, dejando el núcleo del relato a la relación de Joy con el resto de personajes, y convirtiéndolo en un drama familiar.

Un drama familiar como el que pretende David O. Russell requiere un tino y una mesura que no son precisamente las virtudes más evidentes del director. Si funcionó El lado bueno de las cosas es porque era un drama romántico histriónico y acelerado, lugares comunes en su cine, que le hacen sentirse cómodo. Pero un drama familiar, como el que pretende narrar, necesita otro tono, además de unos personajes bien construidos. Y Joy no tiene ni una cosa ni la otra.

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Una colección de coprotagonistas irritantes, medio escritos, mal presentados y peor desarrollados no pueden convertirse en el eje del relato, de un relato que en el fondo no trata sobre eso pero que lo lastra hasta el desastre. Algunos personajes causan verdadero enojo simplemente por no entenderse el porqué de sus reacciones y sus decisiones (no se engañen, esto no es una película de Haneke). Otros causan indiferencia y sólo unos pocos están más o menos acertados, empezando por la propia Jennifer Lawrence, muy contenida y cumplidora, que se convierte, de lejos, en lo mejor de la película.

El mayor problema de Joy, a mi juicio, es que David O. Russell no ha entendido sus virtudes y sus carencias y ha centrado el relato en la parte más descuidada y que peor se le da. No es un director mesurado, y por eso las partes menos sencilla, más desatadas (por muy vistas que puedan parecer), son las más eficaces, mientras que el resto se convierte en una especie de drama familiar de armazón endeble.

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Ficha técnica:

Título original: Joy Director: David O. Russell Guión: David O. Russell, Annie Mumolo Música: David Campbell, West Dylan Thordson Fotografía: Linus Sandgren Reparto: Jennifer Lawrence, Robert De Niro, Bradley Cooper, Isabella Rossellini, Diane Ladd, Édgar Ramírez, Virginia Madsen, Elisabeth Röhm, Dascha Polanco, Jimmy Jean-Louis, Madison Wolfe, Erica McDermott Distribuidora: 20th Century Fox Fecha de estreno: 08/01/16