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La vida antes de YouTube era sencilla. Podías perder el tiempo leyendo, escribiendo, hablando con alguien, no haciendo nada… Pero cuando la plataforma de vídeos más grande del universo conocido llegó, la palabra procrastinar adquirió un nuevo significado. Desde entonces los vídeos de gatos, de caídas o de remixes extraños invadieron nuestro imaginario colectivo. Y no sólo eso. Poco a poco se configuró una pirámide de poder que algunos supieron escalar. Algunos llamados “youtubers”. No contentos con mover los hilos de la web no paran de lanzar ofensivas contra la literatura o la televisión, queriendo expandir su reino. Pero hay vida más allá de la maraña de “youtubers” con ingresos que se dedican a hacer gameplays, viajar por el mundo de gorrilla, controlar las mentes de los quinceañeros y llorar en los programas de Risto. También hay algunos creadores que han encontrado en YouTube ese humor absurdo que parecía tan difícil sacar de sus cabezas. Una sala de exposiciones a su disposición en la que volcar el ingenio, la creatividad y lo grotesco sin tener que preocuparse por la opinión externa o lo políticamente correcto. Carlo Padial es una expresión de esto. Con un estilo de aires modernos pero basado en crear una extraña molestia que ejerce una atracción casi hipnótica, no sólo es la mente detrás de Taller Capuchoc o Mi loco erasmus, sino que también es el artífice del inefable Go, Ibiza, Go (tanto en Internet como en los garitos más oscuros) y de otros tantos vídeos de espíritu crítico y críptico.

Pero no está solo en esto. Ahí fuera (o dentro) hay un montón de tipos que, tomando la herencia del humor chanante ya tan reconocible como si fuera plastilina, la desfiguran y crean algo aún más extraño. Didac Alcaraz, Miguel Noguera o Los Vengamonjas son algunos de los caballeros de esta mesa cuadrada tan, a priori, incomprensible. Y digo esto porque soy consciente de que es difícil entrar en este tipo de humor. En la actualidad, el absurdo que pudo alcanzar sus picos más altos entre finales de los 80/principios de los 90 y que después quedó relegado a la madrugada de La 2, ha sido sustituido por un humor fácil basado en la cultura popular, los clubes de la comedia y José Mota. Todo parece estar englobado bajo una especie de lema que dice que todo el mundo puede hacer comedia. Bueno, pues yo no estoy de acuerdo. Cualquiera puede hacer reír, sí, pero la (infravalorada) comedia está unos cuantos peldaños por encima. Por eso, el salto a la piscina de estos nuevos cómicos supone una revolución a pequeña escala que tiene a YouTube entre sus mejores armas y que, poco a poco, está creando escuela.

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Taller Capuchoc no deja de ser una historia nueva dentro de esta ola. Esta vez con Miguel Noguera como extravagante héroe trágico, Carlo Padial reflexiona sobre algo que, seguramente, le haya ocurrido a él mismo. La creatividad, la escritura y la tendencia a reducir todo a una simpleza insultante que, casualmente, se parece a lo que decía más arriba: la creencia de que cualquiera puede hacer de todo. La absurdez de los talleres literarios, que sirve como eje del compás, acaba situándose por encima de la absurdez de lo que estamos viendo. De un montaje asincopado, un guión delirante y un humor que, si conecta contigo, no tiene ninguna explicación (o es muy difícil de encontrar). Es la muestra perfecta de que este tipo de creaciones sí que tiene lugar, público y aceptación. Y de que igual que cuando hablamos de literatura nos referimos a la generación del 27 o del 98, por ejemplo, podríamos poner nombre y apellidos a esta nueva corriente de ¿intelectuales cómicos? que quieren remover tus entrañas.

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