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Allá por 1996, los hermanos Coen estrenaron la que iba a ser, quizás, su película más célebre y más reconocida de todas. Fargo atacó la mente del espectador con una trama retorcida, personajes variopintos y un humor que marcaría una identidad propia para el dúo de directores, su estilo inconfundible. Durante años ha sido considerada una de las mejores películas jamás hechas, y finalmente en 2014 se decidió hacer un reboot de esta película en formato de serie de TV, sin seguir la trama de la historia original pero sí captando el espíritu que la hacía única. Escéptico de mí, nunca imaginé que el resultado fuese a ser tan bueno. Pero de nuevo el escepticismo surgió cuando supe de una segunda temporada estrenada este año. Pensaba que las cosas ya estaban bien tal y como estaban, y habiendo sido destrozado por una segunda temporada bastante terrible de True Detective me esperaba lo peor. Ahora solo puedo decir: gracias, Noah Hawley.

Vamos a echar una vista atrás: la primera temporada de Fargo se ambienta en 2006, 19 años después de los actos ocurridos en la película. Durante la serie, el padre de la policía Molly explica en su bar una historia sobre “la matanza de Sioux Falls” cuando él era policía, allá por 1979. Esta segunda temporada habla sobre ese acontecimiento con un planting y estructura envidiables a lo largo de los 10 capítulos. Se mantienen todos los elementos identificativos: un escenario gélido e inhóspito, personajes prácticamente mudos e intimidantes, y caricaturizaciones más humorísticas, pero si algo consigue la segunda remesa en la ya nueva franquicia favorita de la tv hoy en día es tener identidad propia. No nos engañemos, en la primera vuelta de la serie disfruté como pocas veces lo he hecho, pero siempre tenía la sombra de los Coen, demasiadas referencias y un estilo demasiado idéntico al de los hermanos. Aquí, Noah Hawley decide atreverse con un paso más personal, tanto en estilo como en narración, y firma una temporada con aquello que ha hecho grande al mundo de Fargo, pero con una marca propia para la serie de TV que, sin duda, convence a aquél espectador que no quiera ver lo mismo, pero con la esencia que hizo grande a los demás productos de la lore “del lugar en el que nunca pasaba nada” (porque no nos engañemos, se está creando una especie de mundo ficticio alrededor de este medio oeste americano).

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Habiendo dejado claro que Fargo: Year Two es mucho más atrevida y auténtica, hablemos de la chicha que hay en ella. Es posible que no tengamos un Lorne Malvo, pero habría sido caer en lo fácil. Los personajes son novedosos, disparatados (en el buen sentido) y asombrosamente interesantes, desde un Lou Solverson (Patrick Wilson) envidiable, una familia Gerhardt que será recordada por mucho tiempo en la ficción televisiva, o un Mike Milligan (Bokeem Woodbine) elegante y sanguinario, hasta uno de los matrimonios más alocados, disfuncionales, divertidos, y sarcásticos que se han hecho jamás en la ficción: Ed y Peggy Blomquist (Jesse Plemons y Kirsten Dunst). Todos ellos muestran el sueño americano fallido, el nihilismo violento, la codicia del poder. Hawley se atreve a jugar con uno de los conceptos que más han perdurado de aquella fantástica película de los Coen, y que usa en su serie al inicio de cada capítulo. No entraré mucho más en ello, ya que un servidor es muy cauto con los spoilers, pero solo diré a aquellos que ya la han visto, o que no la han visto pero saben de qué hablo: pensad en lo que quisieron decir Joel y Ethan Coen con lo que lograron en 1996. Lo que ocurre en cierto momento de la temporada demuestra aún más la genialidad tras el guion.

Podría entrar más a analizar, pero no podría hacerlo sin revelar aspectos clave de la trama, y quizás no es el momento ni el lugar. Me limitaré a resumirlo en unas interpretaciones brillantes, un guion totalmente insuperable, una planificación de personajes asombrosa, una puesta en escena ejemplar bajo unas ideas magistrales de montaje, y una reinvención en busca de la identidad propia como serie de TV que nos deja con ganas de ampliar mucho más el mundo en el que se ha convertido Fargo.