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Tras las seis películas vistas hasta la fecha no cabe duda de que Darren Aronofsky es uno de los directores más interesantes y estimulantes que aparecieron en la década de los noventa. Su peculiar estilo y la fuerza con la que toca temas universales como la obsesión, la adicción y la búsqueda de la salvación le han convertido en uno de los cineastas más estudiados y comentados de la actualidad. En el presente artículo me aventuro a analizar, de una forma concisa y relativamente breve, los aspectos filosóficos y psicológicos de su obra, desde las influencias hasta la representación de unos personajes atormentados que completan un panel fascinante.

Pi greco - Il teorema del delirio

Pi, fe en el caos (1998)

Darren Aronofsky realizó su primer largo en 1998, titulado Pi, fe en el caos y centrado en la figura de un matemático obsesionado con demostrar que toda la naturaleza puede ser desglosada mediante los números. Ya en sus inicios Aronofsky nos presentaba en el rol protagonista a una persona paranoica, absolutamente cerrada en su propio mundo, cuya atmósfera se acerca a lo enfermizo. Es una película en la que tanto las matemáticas como la filosofía están muy presentes, y su mezcla forma el eje central de la historia que se nos cuenta. Para explicarla hay que recurrir al mito (o alegoría) de la caverna de Platón; el famoso filósofo plasma en este texto, y de forma metafórica, la situación del ser humano respecto al conocimiento, y cómo a través de él podemos llegar a conocer la existencia tanto del mundo sensible (mediante los sentidos) como del mundo inteligible (mediante la razón). El protagonista de Pi, fe en el caos se encuentra en esta situación, pues a través de los números, pertenecientes al mundo sensible, pretende alcanzar las ideas puras, a las que solo se puede llegar mediante la razón. Otra muestra de la fuerte influencia que este mito tiene en la película es la anécdota que cuenta el personaje sobre que de pequeño casi se quedó ciego al mirar directamente al sol, viéndose deslumbrado por su luz; esto representa la búsqueda de “la idea del Bien”, pues intentó alcanzar el mundo inteligible mediante los sentidos, algo imposible.

¿Y cómo podríamos llamar a “la idea del Bien”? Pues la búsqueda de Dios. El personaje intenta demostrar que la naturaleza se puede explicar, desglosar, mediante la pura matemática, oponiéndose a las creencias de que fue un ser todopoderoso el que creó la vida. Esta búsqueda se realiza además por las dos vías comentadas: una física o material, la de los números con Wall Street de fondo, y otra espiritual, representada con la aparición de unos judíos que ven en la matemática una vía para llegar a Dios, no la muestra de que Dios no existe. Al final de la película el protagonista se define como “el elegido”, el único capaz de comprender la verdadera estructura de la naturaleza. Y a pesar de este misticismo y búsqueda de lo divino, el plano matemático no deja de estar patente, al igual que el mitológico: el ordenador tiene por nombre Euclides, aparecen dos peces de nombre Arquímedes e Ícaro (relacionado con el protagonista, por intentar acercarse demasiado a Dios), etc.

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Réquiem por un sueño (2000)

No se alejaron mucho los temas a tratar en su siguiente película (y para muchos, entre los que me incluyo, la mejor) Requiem por un sueño, aunque en esta ocasión dejaría de lado el plano más místico para centrarse en uno de los problemas humanos más universales: la adicción. Ya la palabra requiem (que proviene del latín y significa “música para difuntos”) nos da una idea de cómo van a ser los personajes: tristes, perdidos, inseguros, que encuentran en las drogas el único motivo para vivir. Comentaba Aranofsky que su intención no era en absoluto hacer una película sobre yonkis, sino de cómo las personas pueden cambiar debido a un factor externo (la adicción a este tipo de sustancias). Es inevitable hablar de la teoría de la castración de Freud, particularmente en dos sentidos: la culpa hacia la madre, a la que se la hace responsable de la poca “fuerza” de sus hijos, y la intensa presencia del sentimiento de angustia creado por la sensación de que una persona no va a poder mejorar o evolucionar. Según Freud, hay que admitir con dolor que los límites del cuerpo son más estrechos que los límites del deseo; es decir, lo que podemos llegar a desear supera lo que nosotros podemos soportar, lo que hace tan peligrosa a la adicción. Los personajes están destrozados porque todas sus aspiraciones, todo lo que querían conseguir a toda costa, se ven truncadas por no poder huir de algo que saben que les está haciendo daño, pero que al mismo tiempo temen de lo que sería de ellos si no lo consumieran. Un pez que se muerde la cola.

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La fuente de la vida (2006)

La muerte nos hace humanos, y si viviéramos eternamente… ¿perderíamos nuestra humanidad?”. Esta era la pregunta clave que se hizo Aronofsky a la hora de realizar la que sería su siguiente película, La fuente de la vida, la más mística y religiosa junto a la posterior Noé. Su peculiar estructura, que nos cuenta de forma simultánea tres historias situadas en diferentes épocas, se vertebra por el que es el tema principal de la cinta: la muerte como acto de creación. La búsqueda de la Fuente de la eterna juventud y la conexión que establece el amor a lo largo del tiempo (tanto es así que la situación del Árbol de la vida es correlativa con Izzy, la mujer del personaje de Hugh Jackman) también son cuestiones patentes en la historia, pero al final todo desemboca en un ciclo de la vida que determina que los seres vivos deben morir para así dejar paso a las nuevas generaciones, para, en definitiva, crear vida. Y cuando he dicho que es una de las películas más religiosas de Aronofsky no me refiero tanto a que se discuta la existencia de Dios (algo que ocurre más en la comentada Pi, fe en el caos), sino que en el relato juegan un papel fundamental elementos propios de las sagradas escrituras, como el mencionado Árbol de la vida o la idea de la vida eterna.

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El luchador (2008)

El luchador es una película complicada de analizar desde un punto de vista psicológico y simbólico. Nos encontramos ante un personaje protagonista que ha gozado de numerosos éxitos en el plano profesional, pero que en lo personal ha fracasado estrepitosamente, hallándose solo y con una hija que le odia. Es alguien que se encuentra infinitamente más a gusto en un cuadrilátero que hablando con una persona conocida; esto se podría considerar un rasgo marxista, ya que el hombre se realiza a sí mismo a través del trabajo. A la hora de desglosar a ese interesante personaje se comenta que su historia está relacionada con la de Jesucristo; no solo porque Cassidy, pieza fundamental en su vida, mencione la película La pasión de Cristo, sino porque también se pueden entender las cicatrices del protagonista como la prueba del sufrimiento que ha vivido a lo largo de su vida. Me parece una postura defendible, y las alusiones son claras, pero me quedaría antes con el retrato del personaje como una persona con ánimo de redención y que se ha dado cuenta de que al hacerse mayor y verse eclipsado en el plano profesional necesita arreglar los destrozos de su pasado. Esto le lleva incluso a negarse a sí mismo con el fin de huir de su propio ser; en la escena del supermercado, por ejemplo, niega ser el famoso luchador ya que realmente no quiere serlo nunca más. O intentar disculparse ante su hija, lo que podría llevarnos a pensar que existen rasgos de la filosofía de Kant, pues para el personaje dicha disculpa es una vía para poder alcanzar su felicidad personal.

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Cisne negro (2010)

La idea del libre albedrío de San Agustín, que cuestiona la idea de que el ser humano sea capaz de realizar las acciones que desee sin estar controlado por una especie de genio maligno al que inconscientemente no puede desafiar, podría estar impresa tanto en El luchador como en la siguiente película del director, Cisne negro, aunque quizá no de una forma muy evidente. En la película protagonizada por Natalie Portman nos encontramos a otro personaje obsesionado con el mundo profesional (en esta ocasión el ballet), que desafía las ataduras impuestas por una madre que la sigue tratando como a una niña de seis años, y que tiene como meta ser la mejor, alcanzar la perfección. Es así relativamente libre a la hora de tomar sus decisiones, y no solo por el ojo controlador de su madre, sino porque su propia obsesión la reprime y la limita. Y ahí es donde entra el personaje interpretado por Mila Kunis, que sirve como vía de escape para una persona psicológicamente atrapada; se introduce la idea de “el doble como expresión del yo”, la liberación de la personalidad e introducción en el mundo de las tentaciones. No quiero entrar mucho en detalles pues no es mi intención destripar excesivamente la película para aquellos que no la hayan visto, pero la famosa escena lésbica supone el punto más álgido en esa liberación del yo, de una mente que ha sido encarcelada (quizá sin mala intención) por una persona, la madre, que quería evitar que su hija se enfrentara al verdadero mundo real.

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Noé (2014)

La última película que nos ha traído el señor Aronofsky ha sido Noé, una adaptación personal de la leyenda bíblica que todos conocemos y que en un primer momento nos hizo cuestionarnos si de verdad un autor como este era el indicado para realizar un proyecto así. Sé que se llevó muchos palos pero a mí personalmente, y sin parecerme buena, me resulta correcta e interesante, pero lo importante aquí es darse cuenta de que a pesar de las exigencias de una historia con unos pasos establecidos (sabemos que va a construir el arca, sabemos que va a haber un gal diluvio, sabemos tal y cual) consigue inyectar las principales características de su cine, como un protagonista, Noé, que emprende una misión que le obliga a estar más pendiente de su tarea que de su familia, hasta el punto de, nuevamente, la obsesión. Tampoco la visión de Dios que nos brinda este film es la habitual, situándolo como un ser sin piedad y que no le importa aniquilar a la mayor parte de la vida del planeta si así consigue “limpiarlo”.

El común denominador más claro en el cine de Darren Aronofsky son esos personajes que con ánimo de triunfar en su plano profesional abandonan o descuidan el personal, hallándose en cierta medida solos y tristes; la individualización, el egoísmo plasmado en unas historias de derrota o de victorias que en realidad suponen lo contrario. Estoy seguro de que me he dejado cosas por comentar, referencias que hacer y temas en los que profundizar aun más, pero al menos espero que haya sido un viaje entretenido e interesante por una filmografía que vale mucho, mucho la pena.