Lo primero que me gustaría reclamar es una denuncia al traductor del título de la película en España, no solo porque lo de “teléfono rojo” no tiene mucho sentido teniendo en cuenta que la película es en blanco y negro (perdón por la soberana tontería) sino porque se ha olvidado del mejor personaje de toda la película al cual el título original sí que le hace buen honor: Dr. Strangelove. Sin embargo, pido un aplauso al que hizo ese maravilloso menú de la edición en Blu-ray, por esa sensación que tuve entre la apariencia y los efectos de sonido de estar a punto de ver una película de Capitán América (y la única razón para que en la contraportada ponga que la película está en color, vaya). Así que si el título (en el fondo no es tan malo) no te llega a atraer, definitivamente el menú te hace darle al play. Y las ganas se mantienen, hasta el final.

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La película gira en torno a un hecho muy importante de la Historia Contemporánea, pero también es la misma semilla que encontramos en numerosas producciones americanas: la Guerra Fría. Pero si Billy Wilder (¿en quién si no ibas a pensar?) supo llevarlo con una gracia bastante acertada tres años antes en la Alemania dividida (Uno, dos, tres, 1961), parecía un poco imposible otra sátira y más en la misma época. Sin embargo, Kubrick también lo consigue, aunque juega distintas cartas. La primera diferencia no es tanto el país donde se desarrolla la historia, pues a fin de cuentas la Alemania de Wilder era la estadounidense, sino el contexto: en Teléfono rojo el estilo de la comedia se centra en parodiar no a las dos potencias enfrentadas sino exclusivamente a ese Estados Unidos ansioso por la superioridad mundial en su más profundo núcleo, desde el mismísimo Presidente. Otra de las diferencias, por muy forzada que parezca, es que Wilder está acostumbrado como Kubrick a las adaptaciones, sí, solo que el primero prefiere las teatrales; y eso se nota desde en los diálogos (los cimientos de Uno, dos, tres) hasta en la forma de hacer. Y justo ahí es donde Teléfono rojo ha conseguido ganarme como espectadora (no se me malinterprete, esto no significa que sea mejor, no hay una ganadora).

Ese Kubrick ya asentado en las adaptaciones de novelas, con cuatro largometrajes a sus espaldas (Atraco perfecto, Senderos de gloria, Espartaco y Lolita), nos deleita en 1964 con la primera y última comedia de su carrera. A partir de entonces, nos dará títulos que hoy en día llevan la etiqueta de “película de culto”, sobre todo sus dos siguientes, 2001: Una odisea del espacio y La naranja mecánica (incluso también El resplandor o La chaqueta metálica). Sin embargo Teléfono rojo parece estar ahí, en medio de todo: en medio de la carrera de Kubrick, entre medias de la comedia y el cine de autor, en medio de ese tira y afloja de la Guerra Fría que a mitad de los 60 dejó de llevar a ningún sitio… Pero en el fondo no se queda en medio de nada: es la única comedia de Kubrick, gana como pura comedia porque no es para todos los públicos sino bastante adulta e inteligente, y se decanta por el lado más autocrítico en cuanto al punto de vista de narrar la historia. Y quizá por esto último, por reírse de las paranoias de los americanos, hoy en día siga resultando ser una película entretenida; pero es que más allá de la historia y su perspectiva lo que más me ha llamado la atención es la forma que tiene de hacerlo (digamos, la manera en que está grabada y montada, banda imagen y banda sonora), sobre todo para ser una película de 1964.

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Pero no solo la labor de este aclamado director debe ser reconocida, como si por el bulto que hicieran sus numerosas “películas de culto” Teléfono rojo fuera una más. Porque esos diálogos son muy divertidos (y no olvidan la gracia del silencio); esa historia está muy bien construida para entretener (y es difícil hacerlo para transformar una sátira tonta en inteligente); esos actores saben qué están interpretando exactamente (y no representan simples estereotipos); esos trucos y efectos especiales no son cutres sino convenientes… Con esto quiero decir, que no solo porque sea Stanley Kubrick quien pone la firma más grande sobre este título o porque sea una comedia tiene que ser buena y divertida. Podría haber salido una película con aguas por todas partes, con un hilo conductor que no sabes hacia dónde tira. Saber cuáles son los ingredientes de una ensalada no significa que vaya a estar rica, e incluso a un cocinero experimentado se le puede ir la mano con la sal.

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Como espectador en 2015, desde el principio te das cuenta de la necesidad de lo absurdo, de la exageración, para confirmarte a ti mismo de que no hay mejor manera de entender la Guerra Fría ahora que sabemos que se quedó en fría. La Guerra Fría fue absurda, por tanto la sátira de Teléfono rojo no es sino una representación de la realidad. Y Kubrick la aliñó con autoconsciencia y autocrítica en 1964 (recientemente acabado ese jueguecito nuclear secreto del “tonto el último que destruya”), lo que lógicamente le dio una mezcla tan explosiva como aquella teoría que predecía el Dr. Strangelove. Solo que los rusos no tienen nada que ver en esta perfecta armonía que surge a raíz de la historia del caos más absurda de la humanidad; es decir, la Guerra Fría, es decir, Teléfono Rojo. Así que te recomiendo que sigas los pasos del subtítulo y aprendas a dejar de preocuparte y querer a la bomba.