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Nueva jornada en el Festival L’Alternativa, y una no precisamente muy buena. Podría decirse que el resultado de las dos películas vistas ha sido un enfado y desespero absoluto al comprobar que una de ellas es completamente fallida, y otra es una decepción notable respecto a lo que se esperaba de ella.

Sueñan los androides Hecatombe artística

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“¿Por qué?”. Me preguntaba eso en cada plano de esta interpretación tan personal de Ion de Sosa sobre la novela de Phillip K. Dick, ¿Sueñan los androides en ovejas eléctricas?, que da la mitad de su nombre a la película en cuestión: Sueñan los androides. El director reinterpreta esta historia (célebremente adaptada en Blade Runner) en un marco españolizado de la tierra, rondando el año 2053, en el que esta distópica es más bien un post-apocalipsis marcado por la cultura de Benidorm, lleno de horterismo, clasicismo pueblerino, ornamentación religiosa y pasividad total. Y entre planos de verjas, puertas, casas, y clubes, nos encontramos con una “historia” (si la podemos llamar así) sobre un agente en busca de androides para acabar con ellos. Este trabajo no funciona, para nada. Ion de Sosa demuestra su incapacidad a la hora de tener un gusto estético por la imagen, no tenemos en frente nuestro ninguna especie de designio artístico, pues se han podido ver prácticas en escuelas de cine que, a priori, parecen tener más propósito estético que el film en cuestión. Y es frustrante, enteramente frustrante comprobar una y otra, y otra vez, la dejadez no intencionada de la película. Pero no nos estanquemos solo en el paupérrimo apartado visual, entremos en la salsa de la película. Yo siempre digo que prefiero una historia bien contada a que sea una sucesión de planos bonitos sin lógica, pero en Sueñan los androides no funciona ni si quiera el campo argumental. Un despropósito total a las básicas que mueven la ciencia ficción en este nuestro cine, y una mofa, una afrenta a la obra clave del género cyberpunk. Un guion tan plano, tan vacío, tan absurdo, que piensas realmente si es que, no tienes la capacidad para entenderlo, o es que no hay quién comprenda el trabajo que ha habido detrás. Da la sensación de escuchar al equipo de rodaje plantear allí mismo en el set lo que va a pasar, pues todo es vacuo: un agente cuyo único carisma es llevar traje, un androide que, para remarcar su diferencia con los humanos, entra en el estereotipo cinematográfico de la homosexualidad extremada, con conversaciones tan cliché que no me molestaré en repetir (ni recordar), y una pareja de androides que están ahí para tener una excusa con la que cerrar tal esperpéntico show. Ah, y no nos olvidemos de la presencia de ovejas en los tejados de los rascacielos. Solo espero no volver a tener que vivir una experiencia tan funesta.

Counting – De nada sirve el envoltorio

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Extasiado y enfadado, me dispongo a recobrar mi confianza en el cine entrando a ver la nueva película de Jem Cohen, Counting. El director ya había demostrado su buen hacer con su (muy notable) anterior película, Museum Hours, y el aire se respiraba optimista. Esta vez, el director nos adentra en documentos que viajan desde Nueva York hasta Turquía, pasando por Londres o Moscú, divididos en 15 capítulos. Básicamente, es una cohesión de todas las imágenes captadas por el cineasta en sus viajes por variopintas ciudades. ¿Cuál es el mensaje detrás? No queda muy claro que quería explicarnos Jem Cohen con este documental. Vamos a aclararlo: los primeros compases parecen un homenaje a la obra maestra El hombre de la cámara, de Dziga Vertov, adaptando una Nueva York ajetreada al ritmo de prog-rock, y demuestra las increíbles dotes fílmicas del director respecto al uso de la música en pro de las sensaciones. Seguidamente hay muchos destellos de grandeza, pero a partir del 4º-5º capítulo todo se desinfla, y no queda claro de qué se nos está hablando. Este estilo de documental es una herramienta muy usada por los directores: la grabación de imágenes sin la búsqueda aparente de un mensaje para luego encontrar un discurso a través de ellas, utilizando la magia del montaje para conseguirlo. Counting no funciona de esta forma, al menos no durante gran tiempo del metraje, y se echa en falta la buena mano del director para explicarnos algo, un concepto, una idea, lo que sea. Sorprende (hacia mal), ya que minutos atrás parecía que nos iba a hablar de la sociedad en sí, de la población en sus ciudades, del control tecnológico y gubernamental, del día a día, del sentido a estar presentes. Lástima, el único mensaje que recibimos es una decepción aburrida y sin objetivo, un camino hacia ninguna parte, que solo funciona como una mirada formal. Y es que, hay que añadir que técnicamente es magnífica, y capta momentos únicos e irrepetibles. Aun así, de poco sirve tener un buen envoltorio si no hay un buen producto dentro. Una verdadera lástima, lo que pudo ser y no fue.