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La ínfima calidad del cine de Hollywood ha hecho que la televisión se convierta en el principal referente para ahondar en historias y gozar de mayor libertad. HBO ha sido la principal culpable con series con alma de autor como Deadwood, The Wire, A dos metros bajo tierra, Los Soprano o sus miniseries/TV movies como The Normal Heart y Behind the Candelabra. Títulos que han hecho que varios directores de renombre en el mundo del cine se hayan pasando a la pequeña pantalla para contar sus historias, como David Fincher, que será el encargado de adaptar la serie británica Utopia en la cadena HBO, dirigiendo todos los capítulos con la colaboración de Gillian Flynn, escritora de la novela Perdida.

Una de las últimas perlas de la cadena creada por Charles Dolan es Olive Kitteridge, miniserie de cuatro capítulos dirigida por la directora Lisa Cholodenko (Los chicos están bien) y presentada en el pasado Festival de Venecia. La producción está basada en la novela de Elizabeth Strout, ganadora del premio Pulitzer en 2009, y producida por Frances McDormand, que también la protagoniza. La directora ucraniana ha podido contar con un puñado de actores conocidos aparte de McDormand, como Richard Jenkins, Bill Murray, Zoe Kazan y Jesse Plemons. No puedo apreciar cuánto de fiel es la miniserie con respecto al libro, porque no lo he leído, pero lo que sí puedo decir es que estamos ante una película de cuatro horas, porque Olive Kitteridge es cine (y lo mismo pienso de True Detective), y un cine rebosante de calidad.

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Olive Kitteridge se desarrolla a partir de flashbacks poniendo especial énfasis en los saltos temporales. Esto hace que el primer episodio sea algo confuso. Olive, una profesora de Maine, decide suicidarse pero al final, debido a una serie de circunstancias, se arrepiente y decide reflexionar sobre su vida. Una vida que vemos pasar a través de los ya mencionados flashbacks. En ellos vemos a Olive como una mujer inquietante, nada halagüeña, de estricto carácter y sin pelos en la lengua que hace sufrir a cada uno de los comensales. Una bruja como decía a una niña. Su marido Henry (Richard Jenkins) es un farmacéutico dulce, amable, simpático y cariñoso. Todo lo contrario a su mujer. Dos polos opuestos que lejos de complementarse lo único que encuentran estando juntos es la infelicidad más absoluta. Una farsa de matrimonio donde marido y mujer desean tener un affair con otras personas. Ella con un alcohólico profesor de inglés y él con su adorable dependienta Denise (Zoe Kazan). Aunque ninguno de estos intentos llega a buen puerto debido a una serie de catastróficas situaciones que termina en la desdicha para el matrimonio Kitteridge. Toda la felicidad del mundo que gira alrededor de Olive Kitteridge se va marchitando de forma efímera por la maldad regenerada en su propio ser. Hemos visto malos malísimos a lo largo de la historia, un gran ejemplo es el Señor Scrooge de Cuento de Navidad, una persona amargada, sin vida y avariciosa, pues Olive es la reencarnación del señor Scrooge.

Una vida de desesperación llena de engaños y en la que, además de odio, también hay cabida para la fragilidad, porque además de malvada Olive es frágil, muy frágil. Ella misma se da cuenta de su actitud, esa que no puede controlar debido a su desgraciada infancia y que hace que la felicidad sea imposible de encontrar. Toda esta exasperación está perfectamente reflejada por Frances McDormand, ganadora del Óscar por interpretar a una inocente agente de policía en Fargo. Su actuación es digna de admirar, al igual que la de Richard Jenkins, que encarna aquí el papel de buenazo. Mención especial merece la fotografía de tonos ocres y grises de Frederick Elmes, que sirviéndose de las diferentes estaciones del año consigue mostrar los distintos estados de ánimo de Olive. Olive Kitteridge puede hacer dudar a más de uno con sus dos primeros episodios, pero si se ve sin dejar demasiado espacio de tiempo entre un capítulo y otra o incluso en un maratón de cuatro horas, el viaje a Maine merecerá mucho la pena.