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“Todos tenemos un ángel, un guardián que nos protege. No sabemos qué forma adoptará. Un día un anciano. El siguiente una niña. Pero las apariencias engañan, pueden ser tan fieros como cualquier dragón. Aún así no están aquí para librar nuestras batallas. Sino para susurrarnos que es cosa nuestra. Que cada uno de nosotros tiene el poder sobre los mundos que crea.”

Zack Snyder se erigió en los primeros pasos de su filmografía como un esteta. Su marcado estilo, a galope entre el videoclip, el cómic, el videojuego y el punk, se vio encerrado en notables adaptaciones como 300 o Watchmen. Sin embargo, el realizador necesitaba trabajar con un proyecto propio, con un guión original que no se viera sujeto a las limitaciones que supone una adaptación. Y es ahí donde el estilo de Snyder evolucionó hasta límites que eran prácticamente inesperados. Sucker Punch nace como una epopeya de la cultura pop, que arremete directamente y acierta dónde otros como Los hermanos Wachowsky (Speed Racer), Kurt Wimmer (Ultravioleta) o Timur Bekmambetov (Wanted), fallaron estrepitosamente. Erigiéndose como la obra más ambiciosa de la cultura actual, Sucker Punch se convierte en una completa liberación de estereotipos.

Sucker Punch es una obra que juega a distintos niveles oníricos, de una forma similar a las que Christopher Nolan jugaba con las distintas capas del sueño en Origen. Quizá demasiado incomprendida por la rudeza de un estilo visual realmente único, que puede excluir a todo aquel que no se muestre predispuesto a entrar en su juego. Guste o no, lo cierto es que Sucker Punch es una película única, una cinta que ningún otro realizador en nuestros tiempos más allá que Snyder podría haber realizado y que confirma al director de Wisconsin como uno de los directores con mayor personalidad dentro de la industria Hollywoodiense, aferrado sin duda a todo lo que rodea a la cultura actual.

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Sucker Punch nos recuerda irremediablemente a Shutter Island (Martin Scorsese) con la presencia de ese hospital psiquiátrico que no sabemos muy bien qué es lo oculta. Hasta allí llega una Babydoll a la que nos presentan en la primera capa y más terrorífica de todas, la real, con un epílogo que fácilmente podría ser de una película de género. Pero desde su comienzo Snyder muestra ya sus cartas, filmando escenas de acción a ralentí al compás de un atronador Sweet Dreams cantado por la propia Emily Browning. Una elección de tema nada casual, que como todos los que suenan durante la película, la letra acompaña en evidencia a la película, convirtiéndola por momentos en un enorme videoclip. Cada vez que Babydoll entra en esas fases tan macarras, que parecen los distintos niveles de un videojuego, la música atrona, y no lo hace como un mero acompañamiento, sino que funciona como un hilo narrativo. Así suenan en el film temas como Army of Me, Tomorrow Never Knows, o ese White Rabbit que evoca directamente a la obra de Lewis Carroll con la que la película guarda muchas similitudes.

Pero entre la realidad, y la evasión total de ella, existe una capa intermedia. Una capa difusa, en la que vemos todo lo que ocurre, sin saber muy bien de qué modo está sucediendo. Hábilmente Snyder difumina la línea entre la realidad y la locura de estas chicas, lo hace de nuevo ayudado de la música, dando un primer paseo al ritmo de Where is my mind? De los Pixies de nuevo interpretada por Emily Browning. Apenas vemos el terrible lugar donde están cerrando salvo al principio y al final y en algún pequeño despertar a mitad de la noche. La forma de la que son tratadas, seguramente sujetas a continuas violaciones y vejaciones, las hace sentirse como en un prostíbulo. La forma de la que como mujeres son ninguneadas y tratadas como ganado, en un mundo donde todos los personajes masculinos, son villanos rastreros y prácticamente caricaturescos, las oprime hasta ese encierro mental dónde no les queda otra forma que la de sentirse tratadas como objetos.

En palabras del propio realizador, la película critica el menosprecio a la que la mujer es sometida en la cultura pop actual. Desde luego hay mucho de esto, sus trajes ceñidos, convertidas en muñecas, de manera literal incluso en el nombre de la protagonista, una visión de los simples objetos sexuales con los que se suelen corresponder en las distintas artes a la que la película evoca directamente, del videojuego, al cómic o al videoclip. Pero realmente esto es llevado mucho más allá. Desde la ambientación temporal de la historia, situada circa 1950, a su presencia contemporánea, la película se convierte en un viaje a través de la liberación de la mujer. Son demasiados los elementos que evocan claramente el carácter feminista de la película, múltiples puertas que se abren continuamente, la palabra “liberación” repetida continuamente a lo largo del metraje. O referencias incluso directas, como esa sentenciadora y liberadora frase antes de evadirse Babydoll por completo de la realidad, en el que la doctora Gorski le dice en el oído: “¿No te crees lo suficientemente fuerte? Lo eres”. Parece como si Snyder quisiera gritar a las mujeres del mundo que se dejen de sentir débiles, que tienen una fortaleza mayor de la que pueden imaginar.

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Y así, todos esos niveles, en los que Snyder por completo desarrolla su lado más salvaje, trayendo a la pantalla a samuráis, nazis o dragones, dejando la imaginación se expanda por completo, se presentan como auténticos retos. Retos que sólo ellas pueden superar, en la mayoría de las ocasiones siendo la propia Babydoll la que tiene que llevarlos a cabo para seguir creciendo, pese a estar siempre protegida por sus escuderas. Pero dónde también se pone a prueba la unidad de grupo, la solidaridad entre ellas y la necesidad de sacrificio. Están completamente desamparadas, tan sólo ayudadas por su ángel, ese al que se hace referencia al comenzar la película, en la cita con la que se abre esta reseña. El ángel es ese consejero, el único hombre de la película que no es retratado como un villano y que se presenta ante Babydoll como una figura paternal que arraiga en ella la fuerza necesaria tras lo devastada que siente tras su orfandad.

Sucker Punch es una obra completamente libertadora, posiblemente una de las películas más feministas que jamás se han filmado. Dónde hay mucho más allá tras ese cuidado estético tan pop. Dónde Zack Snyder demuestra ser un cineasta con las ideas muy claras, además de tener un gusto calculador en la confección de unos planos casi pictóricos que nos pueden llegar a recordar a un Wes Anderson más sucio y desordenado y menos cenital. Sucker Punch quizá se ha arriesgado demasiado, siendo una obra excesivamente transgresora, y ello la ha llevado a un ninguneo injustificado. Pero como a las grandes obras, el tiempo la hará un gran favor, situándola el lugar que se merece, como la que es posiblemente la mayor obra maestra surgida en el cine actual a raíz de la cultura pop.