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¿Cuál es tu película favorita?” es una de esas preguntas que jamás deberían hacerse a un cinéfilo. Sin embargo, en el mundo hay gente cruel que, tras intercambiar unas palabras contigo sobre el tema, te hace la pregunta de marras a bocajarro. Y es que, ¿en base a qué criterio decides cuál es tu película favorita de entre todas las que has visto a lo largo de tu vida? Cuanto más lo pienses, peor. Por eso yo, sin pensarlo, siempre contesto lo mismo: La naranja mecánica.

Pero más allá de las razones subjetivas de índole más o menos nostálgica que hay detrás de tan categórica afirmación, conviene centrarse en la bestia audiovisual que parió Stanley Kubrick en 1971. Una bestia que sacudió y removió los cimientos del Séptimo Arte (y por qué no decirlo, de la sociedad) tal y como se conocía hasta entonces, cambiando la forma de entender y hacer cine para siempre. El tema relacionado con la controversia y la censura que generó la película en su época es algo tan íntimamente ligado a la naturaleza del mensaje del film, que me irrita el mero hecho de recordar que algo así pasase.

Kubrick corta “la naranja” en tres grandes rodajas, planteando la película como lo que podría verse como un ensayo de derecho penal: Crimen, represión o reforma, y finalmente, reinserción del individuo.

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El film comienza con ese ya icónico primer plano detenido del rostro de Alex, con su bombín y su pestaña postiza, al tiempo que este no aparta su fría y fija mirada de la cámara. Mientras tanto, Alex nos va contando en voz en off lo que les depara la noche después de haberse “preparado” en el Molokomilk bar junto a sus drugos. O mejor dicho, lo que les depara el primer acto de la película: Violencia extrema (lo que ellos denominan como ultraviolencia) y auténtico caos que hará que cualquier espectador con un mínimo de estómago se lleve las manos a la cabeza. Es curioso cómo, después de palizas, batallas campales y violaciones, el protagonista vuelve a su casa silbando y bailoteando con su bastón, para, una vez en su habitación, alcanzar el nirvana escuchando la novena, de Beethoven (“que paz, que paz celestial”).

Lo más interesante del planteamiento de Kubrick en este primer tramo es que se toma las distancias suficientes en lo formal, trazando una gran sátira con todo ese “presente alternativo” en el que todo parece diferenciarse sustancialmente del mundo que conocemos (el lenguaje utilizado por los Alex y sus colegas; la forma de vestir de la gente; el uso de la música), haciéndonos creer que lo que estamos viendo es sólo una película, producto de la exagerada imaginería proyectada del autor. Sin embargo, en el fondo de nuestras entrañas sabemos que todo es bien distinto. Y bien real. Todo lo que videamos (ups) y escuchamos ha pasado centenares de veces y aparece en los periódicos todas las semanas. Y ahí es donde Kubrick destroza al espectador sin que apenas se dé cuenta, ocultando hábilmente el fondo bajo toda esa llamativa formalidad. 

Después de todo el salvajismo desenfrenado que salpica la primera media hora del metraje, comenzamos a intuir que lo bueno se le va a acabar a nuestro “humilde narrador”, que tarde o temprano la justicia caerá sobre el criminal. Y así sucede. Con ello, llega uno de mis momentos favoritos de la película, aquel en el que, una vez capturan a Alex, se rompe la cuarta pared mientras los policías miran a este/a cámara, destrozado en una esquina, mientras su pedagogo se acerca y le informa entre enfermizas carcajadas: “Ahora eres un asesino, hijo”.

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A continuación, la historia y el tono cambian completamente de tercio. Kubrick nos lleva a prisión por todos los crímenes tan atroces que se han ido narrando, al tiempo que Alex tiene claro que no va a estar allí más tiempo del necesario. Es entonces cuando, aquí y allá, se entera de este nuevo tratamiento que “elimina la maldad del individuo y saca al preso de prisión en un santiamén”. Y con esto llega lo que representa el eje y dilema central de la película: la erradicación de la criminalidad a cambio de la deshumanización del individuo.

Con este tratamiento experimental al que llaman “Ludovico” (curiosamente parecido al nombre de Beethoven) se somete al sujeto a una suerte de terapia de choque, obligándolo a visionar imágenes violentas o íntimamente relacionadas con algún crimen, al tiempo que le es suministrada una droga “para curarse”. Una droga que acabará produciendo una experiencia cercana a la muerte del individuo (puede entenderse como el renacimiento del mismo). Irónicamente, una de estas películas que le proyectan a Alex tiene como fondo musical al divino y amado Ludwig Van.

¡Es un crimen! ¡Utilizar la novena de esa forma!” exclama nuestro sufrido narrador. De esta forma, cuando Alex vuelva a escucharla, la relacionará inevitablemente con lo malsano y desagradable de aquellas imágenes que antaño tanto habría disfrutado, pero ahora detesta. Y aquí nos damos cuenta, bien consciente, bien subconscientemente, de que Kubrick nos la ha vuelto a colar. Porque todos recordamos en este momento como el mismo director neoyorquino nos ha hecho este mismo tratamiento a nosotros: Esa violación de la mujer en la casa del escritor, al tiempo que Alex canturrea ‘Singin’ in the rain’ (“videa bien, hermanito”) ¿Por qué alguien cantaría una canción tan alegre y maravillosa perpetrando un acto tan atroz? No sé si puedo hablar por todos, pero a mi esa canción nunca ha vuelto a sonarme igual.

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Una vez probado que el tratamiento ha funcionado, que los impulsos criminales y deseos sexuales han sido totalmente reprimidos, Alex es puesto en libertad y, en definitiva, devuelto a la sociedad. Pero Kubrick no se anda con sutilezas a la hora de mostrarnos que la sociedad no olvida, y que no todos tienen pensamientos tan modernos y progres, sino que siguen anclados en la ley del talión (ojo por ojo). Así las cosas, Alex es prácticamente rechazado por su propia familia, que ni siquiera conserva a su querida serpiente (ya no hay lugar para el pecado). Después, se ve envuelto en una serie de infortunios que acaban con sus huesos en el hospital.

Al final, se descubre lo que era un secreto a voces: Alex no es más que un objeto que utiliza el partido conservador para ganar las elecciones, y Kubrick demuestra sin pudor alguno como el gobierno como colectivo comete actos aún más atroces para conseguir sus fines que Alex como individuo en su más pura ingenuidad, fruto de un Estado que está más preocupado “por pisar la luna que por velar de que se respete a los ancianos como es debido”.Pero al final, nada de esto importa: Alex ya estaba curado.

La influencia y repercusión de las imágenes filmadas por Stanley Kubrick (y ya no sólo me refiero a La naranja mecánica) ha sido tal, y han quedado tan grabadas en las retinas del espectador, que he considerado innecesario hablar de la apabullante fuerza visual de la película, así como de uno de los mejores usos de la música que he podido disfrutar. Y con este humilde texto sólo pretendo demostrar que, más de cuarenta años después, La naranja mecánica sigue dando zumo, más que nunca.