En el 6º día del Festival de Cannes llegaban dos cintas que darán mucho que hablar en los próximos meses y que ya levantaron mucha expectación después de su anunciamiento: Maps to the Stars de David Cronenberg, recibiendo críticas muy dispares como es normal en el cine de Cronenberg tanto para la crítica española como la internacional, y Foxcatcher de Bennett Miller, recibida con gran entusiasmo (con alguna excepción) posicionándola como una de las favoritas a optar todos los premios tanto a nivel interpretativo como narrativo para la 87ª edición de los premios Óscar.

Maps to the Stars de David Cronenberg

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‘Maps to the stars’ es, en sentido estricto, la versión más extrema de eso que Aristóteles (sí, él) definía como “el placer de lo ridículo”. No es tanto una comedia, para entendernos, como su mutación natural y genética en espasmo; lo ridículo como enfermedad del diafragma. Terminal quizá.

Apenas acaba la película, no queda claro exactamente qué se ha visto. Sobre el papel estamos delante de un simple drama familiar. Eso sí, éste discurre en Holywood. Es decir, en el universo de cosas tales como la fama con bótox, las celebridades con escote y, por supuesto, Lindsay Lohan sin nada más que ella misma.

Luis Martínez (El Mundo)

Maps to the Stars puede recordar a la de Mulholland Drive de David Lynch: una joven llega a Hollywood hechizada por el deseo de entrar en contacto con la realeza de la meca del cine. Sin embargo, los puntos de contacto con la obra maestra de Lynch terminan ahí. Lo que en Mulholland… era fina ironía trastocada por la fuerza grotesca del impulso onírico, en Maps… es sátira de brocha gorda en la que lo grotesco emerge de una representación hiperrealista de un melodrama familiar. Y aquí es donde surge el problema: en el profundo desprecio que la película manifiesta hacia la mayoría de sus protagonistas, monstruos frívolos, cínicos y egoístas para los que el sueño del éxito es la única realidad posible. Nunca antes Cronenberg había ninguneado de esta manera a sus criaturas. Incluso la bestia insensible a la que daba vida Robert Pattinson enCosmópolis era merecedora de la fascinación de Cronenberg. En Maps, los ogros del new age, de la religión del dólar, de la secta del Xanax son tratados como los indeseables desechos de una maquinaria aborrecible; un trato más propio del cine de un Todd Solondz que del de Cronenberg.

Manu Yañez (Fotogramas)

El cine de Cronenberg es un hombre apuntándote desde una terraza lejana, y no sabes si con un rifle o con un matasuegras. En«Maps to the Stars» lo hace con un matasuegras pero rebosante de pólvora. Un sarcasmo, una sátira, una diatriba, una grotesca mueca sobre ese terrario lleno de las más exóticas especies que podríamos situar entre el corazón y las tripas de Hollywood.

Como se puede esperar, Cronenberg no tiene la menor piedad con todos ellos, y su mero interés descriptivo y burlón lo ameniza con una trama demencial, caótica, donde se mezclan las vísceras de sentimientos con el humor de estercolero y un catálogo completo de trastornos mentales, emocionales, familiares, laborales y hasta gástricos. «Maps to the Stars» tiene pegada y cierta gracia, y está lejos de su pretenciosa y vacua película anterior, «Cosmópolis», aunque no parece suficiente material como para llevarse la Palma de Oro.

Oti Rodríguez Marchante (ABC)

Cronenberg intenta hacer una punzante reflexión sobre la obsesión por el éxito y la apariencia, pero, fracasa en el enfoque que resulta banal e histérico. Le falta el alma que han tenido sus grandes obras desde La Mosca a Promesas del Este. 

María Guerra (La script)

‘Maps to the Stars’, último trabajo del canadiense presentado a Competición, podría definirse como la carta -envenenada- de odio de un hombre a un monstruo que también le produce cierta (por no decir mucha) gracia. Empieza la aventura del mismo modo en que han empezado otras muchas en este mismo escenario. Una chica llega a la meca del cine montada en un autobús. Cuando baja de él, luce una sonrisa de oreja a oreja: es joven y está cargada de proyectos ilusionantes. Como suele decirse, ”el mundo es suyo”, y nada ni nadie podrán privarla de la conquista de sus sueños. En la parada de bus, espera Robert Pattinson dentro de una limusina cuyo asiento trasero aguarda el pertinente baño de sudor sexual. Perfecto, ¿qué podría ir mal? Pues… Para entendernos, la película es, sobre el papel, magnífica, armada hasta los dientes, con ganas de guerra y con unos objetivos (balísticos, claro) nítidamente definidos. Lástima que a la hora de pasar a la ejecución, se le atragante el ensamblaje.

Victor Esquirol (El séptimo arte)

Varios comentarios encontrareis en los próximos días tildando “Maps to the Stars” de ocasión fallida, de filme decepcionante, pero no os preocupéis, son los efectos de quien tenía unas altas expectativas por motivos basados en el hype y el prejuicio autoral de un proyecto que, no podemos mentir, ya se sabía desde el principio que iba a ser una sátira de brocha gorda y otro giro más dentro de ese viraje al mainstream. En fin, ya se sabe, don’t believe the hype.

 Esther Miguel Trula (Videodromo)

Recurre a la pesadilla y a la insania colectiva de ese casi endogámico microcosmos angelino y aprovecha para proponer un nuevo alegato sobre la recurrencia del pasado, del retorno siempre ineludible de lo que nos perseguía entonces y nos persigue ahora. Y en esa vía conduce muy bien Cronenberg su Maps to the Stars, aunque sin la potencia, o la eficacia, narrativa que le caracterizan. Porque aún con mucho sentido, el filme se enclaustra en esa mitología de Hollywood. Casi que hasta se llega a fascinar, aún con asco, por ella, y de ahí que la propuesta no logre suponer un logro tan magnífico. 

Emilio Doménech (Cinefagos)

Cronenberg pinta un mundo que vive la decadencia como un ejercicio de autocomplacencia. Sin embargo, en Maps to the Stars la cosa no acaba de funcionar. Los actores -sobre todo Julianne Moore- es excelente, la puesta en escena es inteligente y Cronenberg sabe lo que se trae entre manos, pero hay algo interiormente que convierte la película en una parodia forzada. No tiene ni el peso de la sugestión extrema sobre la agonía de un mundo de Inland Empire, ni la gracia del retrato documentado a la manera de The Player de Robert Altman, ni es un ejercicio oscuro sobre la descomposición malsana de sus mitos como La dalia negra de Brian de Palma. Cronenberg no acaba de sentirse cómodo en su invento y la película se queda a medio camino. Tiene interés y mucho, pero algo extraño acaba superando al propio cineasta. 

Ángel Quintana (Caimán cuadernos de cine)

Foxcatcher de Bennett Miller

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«Foxcatcher», aun teniendo un ascendente recorrido dramático, no se puede sacudir de encima la impresión de gansada, exactamente igual que Steve Carrell, al que cuesta tomarse en serio a pesar de la gravedad que supura su personaje. 

Oti Rodríguez Marchante (ABC)

Miller trabaja a la perfección, aunque sin sutileza alguna, el trasfondo crítico y lo trae a pantalla con la visceralidad oportuna, ayudado también por la clara implicación física de sus personajes. Porque Foxcatcher es muy física, pero también perversa y descarnada, muy descarnada. Y no tendrá problemas para alzarse como uno de los largometrajes de la temporada. Que así sea.

Emilio Doménech (Cinefagos)

El resultado es una historia tan túrbida y vidriosa como perfectamente rodada. El problema (que lo hay) no reside ni en la narración ni en las soberbias interpretaciones de Steve Carell, Channing Tatum y Mark Ruffalo como en la pomposidad. El empeño de convertir la anécdota en drama ‘shakespeariano’ no siempre resulta. Y éste es el caso, pese a los innegables atractivos de un relato magnético. No todos los goles son metáforas de nada; ni toda la hípica es épica.

Luis Martínez (El Mundo)

Miller compone un triángulo de hombres callados pero con emociones a punto de reventar, que sin duda, será una de las películas de los próximos Oscar. Aquí empieza su carrera de premios.

María Guerra (La script)

Portentosa en el músculo y apabullantemente desoladora en lo que a fuerza espiritual se refiere, esta película impecablemente filmada no tarda en coger una contundencia operística (imprescindible para ello la espeluznante partitura compuesta por Mychael Danna y Rob Simonen) que la llevará en volandas a la conquista de sus metas. Fundamental para tal labor los tres protagonistas principales: En una esquina, Mark Ruffalo, el mejor del triángulo; en la otra Steve Carrell, quien no desaprovecha el caramelo para confirmarse como uno de los mejores-peores jefes de las historia; en el medio, y debatiéndose entre ambos medios, nosotros mismos, o mejor dicho, Channing Tatum. La masa, el toro, el Hércules, la roca, la montaña de músculos, el volcán emocional a punto de estallar. El invencible; la piltrafa humana. Bennett Miller saca el máximo partido del físico goriláceo de su gran estrella, pero extrae de él, al mismo tiempo, una gracilidad que servirá, al fin y al cabo, para lo que sirve la propia película: para zarandear al espectador de un lado del ring para el otro. Con toda la bestialidad y agilidad del mundo; con todo el poderío exigible… con toda la malicia para que, una vez haya sonado la campana, nos quedemos justo en frente del cadáver.

Victor Esquirol (El séptimo arte)

El film se atreve a representar, con innegable credibilidad, la ‘guarida del lobo’ y es capaz de generar una notable inquietud mediante la lúcida equivalencia que establece entre una determinada concepción del deporte y su instrumentalización al servicio del nacionalismo xenófobo, militarista y agresivo de ciertos reductos de la derecha norteamericana. No es una gran película, pero va a generar abundante ruido mediático, camino incluso de los Oscar del año que viene.

Carlos F. Heredero (Caimán cuadernos de cine)