SOLDATE JEANNETTE

Según se dice en textos promocionales, Daniel Hoesl –director primerizo de Soldate Jeannette– “está interesado en conceptos radicales partiendo de una vertiente narrativa y estética”, signifique eso lo que signifique. También se avisa de que “es fundador del colectivo A European Film Conspiracy, con el que ha producido su opera prima”, y leyendo tales cosas uno puede estar tentado a interesarse por lo que parece acaso una nueva variante de aquel Dogma 95 que sus propios perpetradores supieron, por suerte, saltarse a la torera; uno podría querer ver con entusiasmo adelantado esta primera obra –no la llamemos película, que suena poco intelectual- tan radical que se anuncia como parte de una conspiración fílmica europea. Y lo digo así –“puede estar tentado a interesarse” y “podría querer ver”- porque también es posible el efecto contrario, el de sospechar ya desde el inicio de tales palabras ampulosas y sus enfáticas pretensiones. Confieso que este es el caso que motiva esta crítica, tal vez porque desconozco lo que significa la palabra radical –ese comodín, ese fetiche muchas veces hueco- si no me dan más datos y porque creo que a las conspiraciones suelen vérsele las costuras.

El interés por la película puede crecer cuando las mismas líneas promocionales dicen que vamos a ver a “las nuevas Thelma y Louise atentando contra la sociedad de consumo”, plenas de “incorrección” y “humor”. Estupendo, piensa uno aun con la mosca detrás de la oreja. Pero ocurre que pronto viene el chasco y que, tras ver la película, se leen con cierto desdén esas palabras publicitarias, con la sensación de que pretenden vender gato por liebre, o de que algunas entendederas (las mías, sin ir más lejos) no alcanzan a ver en Soldate Jeannette su intencionada radicalidad, su autoproclamada conspiración, ni su incorrecto sentido del humor. Por lo general, cuando la cosa artística se jacta de serlo, no viene mal preguntarse si no estará pasando que el autor –no digamos director, que se nos enfadan los artistas- o sus promotores quieren llenar de contenido con palabras pomposas una obra que por sí misma no lo tiene, o lo tiene escaso o deficiente.

Y es una pena, porque la idea, aunque no es original, sí es atractiva ya desde su estimable prólogo: Fanni, una mujer madura de clase alta, vive una vida de lujos sin preocuparse por hacer gasto alguno, hasta que la realidad se impone en forma de desahucio y se lanza al monte despojada de sus vacías costumbres materialistas para vivir haciendo labores de granja. Puestos a apreciar alguna virtud en Soldatte Jeannette, no está mal el modo casi quirúrgico con el que está rodada la vida ostentosa de Fanni, un alto standing frío, seco y pulcro como un hospital, donde nada hay de humanidad, donde sólo hay objetos de consumo filmados en primeros planos como para subrayar que –oigan, miren- ellos son los protagonistas. Resulta casi inevitable no ver la sombra del Haneke de Fanny Games o La pianista en esta parte de la película, pero vale, aceptemos pulpo como animal de compañía, porque la influencia está bien digerida, pese a no transmitir el nivel de extrañamiento y desazón que logra el original.

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En esa vida opulenta y vacía, nuestra protagonista se duerme en un cine mientras proyectan La pasión de Juana de Arco, de Dreyer, esa obra magna, ese patrimonio de la humanidad tan espiritual como lleno de carne y hueso, justamente lo que le falta a la vida de Fanni. Y entonces, sin mediar demasiadas explicaciones, causas, razones o motivos –no vaya a ser que perdamos radicalidad al explicar las cosas, que para eso somos artistas- vemos que Fanni se nos va, deja su vida burguesa y, mochila en ristre, quema su dinero y se muda al campo, donde se encuentra con Anna, una chica que vive tan apegada a lo natural como Fanni a lo artificial.

Anna despieza vacas, ara la tierra, alimenta gallinas, mete patatas en sacos y folla en un coche de un modo mecánico, desprovisto de pasión o cariño, casi animal. Además –subrayemos la alegoría para que no se nos escape- Anna vive con otros campesinos que por la noche juegan a las cartas y cantan canciones que ensalzan la vida sencilla y reivindican el disfrute pasajero del humilde antes de la tumba, donde pobres y ricos se igualan al fin. Valoren ustedes si no será algo burdo el contrapunto que se da entre las protagonistas como para estar hablando de una conspiración –de una buena y efectiva- o de radicalidad. Así que ahora lo que tiene Fanni –experiencia, independencia, capacidad de decisión- le falta a Anna, demasiado apegada a una tierra no tan idílica y necesitada de mayor urbanidad, de autosuficiencia, de vida propia. Y esta es la excusa perfecta para que ambos personajes formen una pareja que sí, recuerda a Thelma y Louise, pero dando ganas de volver a ver a Susan Sarandon y, sobre todo, a Geena Davis (que alguien le diga que la echo de menos) y no de recomendar  a Johanna Orsini-Rosenberg y Christina Reichsthaler en Soldate Jeannette. Pero, ya digo, también puede ser que uno prefiera que el arte no esté tan seguro de serlo.

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