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Existe una clase de películas, que, muchas veces involuntariamente, otras no tanto, se convierten en un escaparate único para el actor o actriz protagonista, relegando el resto de aspectos de la misma a un segundo plano, bien porque dichos aspectos no son especialmente reseñables o bien porque esa caracterización y esa interpretación protagonistas son muy destacados.

Podemos incluir Truman Capote más en el segundo grupo que en el primero, pues es una película hecha para el, tristemente ahora difunto, Philip Seymour Hoffman que, encarnando al escritor Truman Capote nos brinda una interpretación magistral siguiendo el recorrido que, asumo, siguió el verdadero Capote para escribir su obra más famosa, A Sangre Fría, un relato que revolucionó en parte el periodismo al presentar una historia basada en un suceso sin ser una noticia sino una novela.

Los hechos en los que se basa la novela son el brutal asesinato de 4 habitantes de un pueblo de Kansas, suceso que se apresuró a cubrir como periodista Truman Capote acompañado de su amiga Harper Lee, escritora de la novela Matar a un Ruiseñor que posteriormente se convertiría en una famosa película, que interpreta solventemente Catherine Keener. Al despertar en Capote un inusitado interés la historia de ese asesinato, comienza a recopilar testimonios de vecinos y de los propios asesinos, Dick Hickock y Perry Smith para escribir su novela.

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La trama de la película, que comienza a partir de esas premisas se desarrolla en torno a la relación entre Truman Capote y Perry Smith (Clifton Collins Jr.), con quien fragua una amistad atípica; aunque el argumento gira en torno al proceso de creación del libro, este va íntimamente ligado a esta relación. Y aunque el reo está muy bien interpretado, los ojos del espectador se posarán inevitablemente en Philip Seymour Hoffman. Este trabajo, que le valió el Oscar por delante de Heath Ledger en Brokeback Mountain o Joaquin Phoenix en La Cuerda Floja es una muestra del talento inmenso de este actor para el recuerdo.

Si observan una foto del verdadero Capote notarán un remarcable parecido físico con Philip Seymour Hoffman, quizá una de las razones por las que éste fue elegido para encarnar este papel. Pero más allá de ese parecido físico, Hoffman estudia la voz, los gestos y movimientos del verdadero Truman Capote y los plasma admirablemente en la pantalla. Su voz, casi infantil, su amaneramiento, sus miradas, son todas tan verdaderas que a ratos uno se pregunta si el escritor no revivió para rodar el filme. El trabajo de Hoffman no acaba en la caracterización más evidente, pues crea, ayudado de un interesante guión, un personaje lleno de matices, muy extrovertido con su público y sabedor de su talento que nunca cae en la inmoralidad pero siempre se ve manipulando o mintiendo para satisfacer su ambición de crear una obra definitiva.

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Alrededor de este evidente centro de atención que es Hoffman se nos desarrolla un filme, que, como comenté al principio, palidece sin desmerecerse. La historia se desarrolla en los años 60 y realmente nos vemos transportados allí con su cuidada ambientación y aceptablemente interesante historia pero en su conjunto no tiene ningún aspecto excepcional, oscilando entre lo bueno y lo notable. Satisfará plenamente a incondicionales del autor así como a aficionados al género y para la mayor parte del público será un más que interesante filme capitaneado por un hombre que hizo tan suyo al personaje que cuesta distinguirle del real.

Lo más sorprendente de este trabajo es que Philip Seymour Hoffman tiene tantos papeles magistrales que gran parte de la crítica considera que hay dos o tres interpretaciones suyas superiores a esta. Nos ha dejado un genio y nos ha dejado joven pero queda su legado, el legado de uno de los mejores actores del siglo XXI. Hasta siempre, Mr. Capote.