NEBRASKA

Hace dos años Alexander Payne dirigió Los Descendientes, una obra en la que Matt King, un inconmensurable George Clooney, en el mejor papel de su carrera, era un hombre que tras caer su esposa en coma, se enteraba de que ésta tenía un amante. Y se enrolaría, en un último acto de amor, en un viaje para encontrar al amante de ésta. Este viaje, le servía a King para entender el significado de la familia, representada en las desperdigadas islas de Hawái, pero  también, para aprender a ser padre, con dos hijas que ahora dependían únicamente de él. Hay mucho de Nebraska que nace directamente Los Descendientes, tanto es así, que no sería nada descabellado hablar de que ambas películas forman un díptico sobre la familia. En esta ocasión, el que se debe enrolar en un viaje es el hijo, y su misión es una vuelta de tuerca a lo que planteaba aquella, debe aprender a ser hijo, no como Matt debía aprender a ser padre, a la fuerza, si no por ser capaz de comprender a su progenitor antes de que sea demasiado tarde. Tampoco se resta importancia a la localización de la película, si en Hawái eran perfectas esas islas desperdigadas como metáfora, aquí, adentrarse en el centro de Estados Unidos (una zona que Payne conoce muy bien, ya que es natural de Nebraska), es adentrarse en el corazón de las relaciones familiares, entenderlas desde dentro, desde la cultura más arraigada de esas zonas rurales.

Nebraska es una historia de tintes quijotescos. Un hombre mayor ha recibido un premio de un millón de dólares y quiere ir a cobrarlo, poco sirve que todos los de su alrededor traten de persuadirlo de que el premio es falso, es su premio y quiere ir a por él. Realmente no existe en él una idea codiciosa, ni busca hacerse millonario –“El puñetero nunca dijo nada de que quería ser millonario”, enuncia su mujer-, su único objetivo, cuando consiga el premio, es el de comprar una camioneta. No necesita si quiera que nadie le lleve, tiene previsto echarse a caminar el largo recorrido para ir a conseguirlo. Pero es su hijo, en ese momento atravesando un bache personal, acabando una relación que no va a continuar, simplemente por el miedo al compromiso, el que le acompañará. Que su hijo haga este viaje con él, nace desde una necesidad para comprender el significado de la familia desde su propia crisis personal. Encuentra en ello, una oportunidad de oro para compartir un tiempo con un hombre, que nunca supo ser padre. Ese camino, le llevará a comprender a su padre, a entenderle y sencillamente, como decíamos al principio, a aprender a ser un hijo.

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Resulta, cuanto menos sorprenderte, mirar que Alexander Payne no está acreditado como guionista, labor que recae sobre Bob Nelson. También es, desde su debut con Citizen Ruth, la primera vez que Payne trabaja con un guión original. No sabemos hasta qué punto existe una colaboración de Payne en el guión, porque es un texto sumamente suyo. No me parece descabellado, y salvaguardando las distancias (especialmente una perspectiva histórica con la que aún no puede contar la obra de Payne), comparar a Payne con cineastas como Ernst Lubistch, Leo McCarey o Billy Wilder. Alexander Payne es el último gran humanista que ha dado el cine americano. Sus historias están llenas de personajes corrientes, completamente humanos, no tienen nada que les haga especial, son hombres con sus virtudes y sus múltiples defectos, encerrados en historias de extrema sencillez. Son, como casi todos las personas que conocemos, grandes perdedores ante una vida, que con sus trabas, por banales que sean los problemas que nos pueda presentar, simplemente no saben cómo superarlos. Tanto Woody Grant, como su hijo David, son dos de estos perdedores. Sin ningún triunfo al que agarrarse, dejando todo a la suerte de una ensoñación, simplemente tratando de navegar ante los devenires de la vida de forma completamente normal, y aquí, se nos presenta claramente, cuando incluso las pequeñas victorias, como la del personaje de Ross, hijo mayor del personaje, a veces no dejan de ser más que una pequeña fachada para ocultar el miedo a la continua derrota.

Poco importa ese premio realmente, seguramente incluso Woody, al que da vida un fantástico Bruce Dern de aspecto desaliñado y mirada melancólica, que transmite desde su aparente pasividad, el dolor de una vida que no avanzó a ninguna parte, sepa realmente que este premio es falso. Pero es su último objetivo a cumplir, la última razón de ser. Este viaje, que le hará volver a sus raíces natales, dónde las rencillas no se acaban, dónde el egoísmo de aquellos que se hacen llamar familia y amigos sigue presente, es simplemente un viaje de redención, una última penitencia para poder terminar su vida en paz, y simplemente un motivo para el que continuar viviendo, una última ilusión a la que agarrarse. La aparición de su hijo como compañero del viaje hace que esta redención vaya mucho más allá. Su compromiso con su padre, es meramente el de un fino lazo familiar. La relación, tanto la suya como la de su hermano, siempre ha sido más fuerte con su madre, interpretada por una adorable, divertida y cascarrabias June Squibb, cuya vuelta a su pueblo natal le hace memorar mejores tiempos de juventud. Mientras que Woody tratará de entender su vida, y lo que ésta ha significado mirando hacia atrás, David aprenderá a comprender los actos de su padre compartiendo esta mirada, y con ello, también a tener una visión de su progenitor, más completa que la del borracho que se formó en su mente en sus años de infancia. Lo que llevará implícito un perdón, que jamás se dice, pues la película siempre habla de la incomunicación familiar, pero que se ejecuta desde los actos.

NEBRASKA

Payne rueda Nebraska en blanco y negro, según el director porque sentía que era el tono adecuado para la historia. Un blanco y negro que aporta melancolía, que se forma desde los recuerdos del cineasta, en una historia, que insistimos de nuevo en lo curioso que nos parece que no aparezca acreditado como guionista, porque desde el corazón de sus ingeniosos diálogos aparece más que nunca la visión de Alexander Payne, mucho más personal que nunca, pero fiel a las constantes de su cine. Nebraska es una obra sincera y triste, una mirada atrás para intentar comprender a aquellos que tenemos alrededor, como Los Descendientes, es también un grito de socorro a la dificultad que presentan las relaciones familiares y lo difícil que es conseguir que no se rompa el frágil hilo que las sostiene. Una road-movie tierna y divertida, que irremediablemente nos recuerda a Una historia verdadera de David Lynch, porque como ocurría con el Alvin al que daba vida Richard Farnsworth la última de meta en la vida, se halla en estrechar en el fin de los días todos las lazos familiares. Porque para entender la vida, hay que mirar atrás. Para perdonar, hay que comprender. Para vivir, hay que tener una ilusión. Y eso es Nebraska.

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Ficha técnica:

Título original: Nebraska Director: Alexander Payne Guión: Bob Nelson Música: Mark Orton Fotografía: Phedon Papamichael Reparto: Bruce Dern, Will Forte, Stacy Keach, Bob Odenkirk, June Squibb, Missy Doty, Kevin Kunkel, Angela McEwan, Melinda Simonsen Distribuidora: Vértigo Fecha de estreno: 07/02/2014