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A lo largo de los años, el cine nos ha dado grandes historias de amor en tono de comedia. La comedia romántica clásica es probablemente uno de los subgéneros más agradables y hermosos que podemos encontrar. Películas como Historias de Filadelfia, El bazar de las sorpresas, La fiera de mi niña, Sucedió una noche, Irma la dulce… Películas que forman parte de la vida de muchos cinéfilos. Todas ellas dirigidas por grandes maestros: Ernst Lubitsch, Billy Wilder, Howard Hawks o Frank Capra, entre otros. Pero hay un nombre que también resuena cuando pensamos en la comedia romántica, aunque no es tan clásico como los antes mencionados. El nombre de este singular tipo es Allan Stewart Königsberg, artísticamente conocido como Woody Allen. Hace ya más de 40 años que Allen irrumpió en el mundo del cine con sus maravillosas películas y desde entonces nos ha estado regalando una nueva obra cada año sin falta. Woody Allen supuso un verdadero soplo de aire fresco en el mundo de la comedia, género que precisaba de un nuevo Mesías. Atrás quedaron los años de Buster Keaton, Charles Chaplin o los hermanos Marx, pero la llegada de Allen al séptimo arte a finales de los 60 supuso una nueva manera de entender la comedia y una nueva forma de ver las relaciones humanas. Es con Annie Hall, la película a la que va dedicada esta crítica, donde Allen llegó a la cima de su carrera.

Gran parte de los detractores del cine de Woody Allen se apoyan continuamente en que el director neoyorkino lleva toda su vida haciendo la misma película. Los que conocemos a fondo el cine de Allen no podemos estar más en desacuerdo. Cada película suya es totalmente diferente a la anterior, aunque bien es cierto que en todos sus films encontramos rasgos y características en sus personajes principales que se repiten en cada una. Los personajes principales del cine de Woody Allen suelen ser seres neuróticos, con problemas para relacionarse y con cierta obsesión por ciertos temas (la muerte, la religión, el sexo, el psicoanálisis…). Esto se debe a que estos personajes son un reflejo del propio Allen en la pantalla, llegando a ser sus películas una especie de retrato de casi documental de los pensamientos del director nacido en Brooklyn.

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En Annie Hall se nos cuenta la historia de Alvy Singer, alter ego del propio Allen, y su relación amorosa con la mujer de su vida: Annie Hall. Si algo es verdaderamente característico en esta película (y en el cine posterior de Allen) es la vuelta de tuerca que dio a la comedia romántica. Annie Hall no es la típica historia de amor de chico-conoce-chica, donde él es un apuesto caballero y ella una mujer de ensueño. La realidad es que Singer y Hall son dos seres neuróticos y complejos, tanto como lo son Allen y Keaton. Como hemos dicho antes, Woody Allen es un tipo que no se limita a crear personajes desde cero, más bien traslada su forma de ser a los personajes de la película, y en este caso por partida doble. No vemos a Alvy Singer y Annie Hall teniendo una historia de amor, si no a Woody Allen y Diane Keaton enamorándose y rompiendo. No están interpretando un personaje, si no que están mostrándose tal y como son frente a la cámara, lo que hace que la película resulte extremadamente natural y veraz. El trabajo y la compenetración que comparten Allen y Keaton resultan vitales para que ambos nos deleiten con dos interpretaciones estelares, las mejores de ambos en sus largas carreras.

El guión, escrito a medias entre Woody Allen y Marshall Brickman, es probablemente uno de los mejores de la historia del cine, totalmente redondo y sin fisuras. La dirección de Allen resulta sobresaliente, a pesar de que el neoyorkino nunca se ha prodigado por ser un director extremadamente brillante. Como director Allen siempre ha resultado ser bastante correcto aunque no espectacular, es en su faceta como guionista donde radica su verdadero talento cinematográfico, es donde el de Brooklyn no tiene rival. Además de Allen y Keaton, el reparto se compone de un buen elenco de secundarios donde destacan Tony Roberts (habitual en varias películas de Allen), Carol Kane, el cantante Paul Simon o unos jóvenes Shelley Duvall y Christopher Walken. Por último, la ciudad de Nueva York como telón de fondo, como un personaje más de la historia. El amor que Woody Allen siente por su ciudad natal lo ha llevado a desarrollar allí la gran mayoría de sus films, consiguiendo que la propia ciudad sea vital para el desarrollo de los mismos y siendo testigo mudo de las historias que Allen quiere contar. Sería dos años más tarde en su película Manhattan, su otra obra maestra, donde la ciudad de Nueva York cobraría su mayor importancia en toda la filmografía de Woody Allen.

Se nos habla en Annie Hall del amor y del desamor, puede que en tono cómico, pero de una manera totalmente cercana en personajes de complejo carácter. De lo complicado que es llevar las relaciones de pareja y del tremendo esfuerzo que supone seguir adelante una vez que todo ha acabado. Esas relaciones que son tan extrañas e irracionales pero que irremediablemente son necesarias para los seres humanos a pesar de que son dolorosas, ese es el verdadero sentido de Annie Hall. El continuo tropezar en las relaciones de pareja que nos hacen vibrar y cuando se acaban, solo nos queda el recuerdo. Woody Allen quería con esta película rendir una especie de homenaje a todas esas parejas complicadas, que empiezan y acaban pero que siguen adelante. Al fin y al cabo, en cuestiones sentimentales las personas comienzan relaciones sabiendo que seguramente todo acabará, y aún así continúan su búsqueda del amor una y otra vez. Es el ciclo de la vida, en cuestiones amorosas siempre llueve sobre mojado.

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La película fue la gran triunfadora de los premios Oscar de 1978, a pesar de que la más laureada fue La guerra de las galaxias con 7 premios, todos ellos en categorías técnicas. Annie Hall se iría con 4 de los 5 premios a los que optaba: Mejor película, Mejor director, Mejor guión original y Mejor actriz principal para Diane Keaton. Por supuesto, Allen no se presentó en la gala para recoger los merecidos premios que su obra maestra había cosechado. Como todos sabemos, el genio de Brooklyn no es muy amigo de los premios y cada lunes toca el clarinete en Nueva York con su banda de jazz, motivo que usa para excusar su falta en las galas de la Academia. El único premio que Annie Hall no consiguió llevarse fue el de Mejor actor para el propio Allen, única vez que el neoyorkino ha estado nominado en esa categoría. El premio lo ganaría Richard Dreyfuss por La chica del adiós, privando a Annie Hall de ser la tercera película en la historia en conseguir los cinco premios principales tras Sucedió una noche y Alguien voló sobre el nido del cuco. Ese reconocimiento lo obtendría El silencio de los corderos algunos años más tarde.

Además de por su calidad artística y su importancia en la historia del cine, Annie Hall es la película clave en la filmografía de Woody Allen y la que rompe totalmente con todo lo establecido. Si miramos las anteriores obras de Allen, vemos que su estilo es bastante diferente al ofrecido en su obra capital. Películas como Toma el dinero y corre o El dormilón muestran el humor ácido y fino que ha profesado Woody Allen durante toda su carrera, pero en una estructura más de la comedia de sketches que de la comedia más seria y elaborada que suponen Annie Hall o, posteriormente, Manhattan. Es Annie Hall sin duda la película que da un giro de 180 grados a la filmografía de Allen, es donde el director neoyorkino empieza a mostrar unas destrezas y una versatilidad a la altura de los grandes realizadores de todos los tiempos. Este giro se acentuaría aún más en su siguiente película, Interiores, un drama con claras influencias del cine de Ingmar Bergman, director por el cual Allen siempre ha profesado una inmensa admiración.

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La huella que ha dejado Annie Hall con el paso de los años sigue siendo profunda. Woody Allen reinventó la manera de hacer comedias románticas a finales de los 70 y mostró un nuevo camino a seguir que lo ha acompañado en la mayoría de sus obras desde entonces. El miedo a la muerte, la religión, el sexo, la neurosis… Woody Allen nos enseñó hace casi cuarenta años que hay otras maneras de ver el mundo, a través de sus miopes ojos. Una concepción del mundo y de las relaciones humanas que pueden gustar o no, pero que desde luego es de lo más peculiar y personal. Allen se desnuda metafóricamente en cada una de sus películas para mostrarnos sus filias y sus numerosas fobias. Algunos lo encuentran aburrido, pretencioso y desquiciante. Otros, en cambio, estamos agradecidos porque el genio pelirrojo siga decidido a compartir parte de su vida con nosotros, y así esperamos cada film suyo como agua de mayo.

La realidad es que en el año 1977 Woody Allen firmó su obra maestra, una de las mejores comedias románticas de la historia, perfecta en su estilo. Puede que la vida de Allen haya sido siempre una especie de montaña rusa, pero lo que es claro es que siempre lo ha dado todo en cada una de sus películas, independientemente del resultado. Porque como él mismo dice en Annie Hall: “Uno siempre está intentando que las cosas salgan perfectas en el arte, porque conseguirlo en la vida es realmente difícil”.