No se puede hablar de cine sin mencionar a Howard Hawks, posiblemente junto a John Ford y Alfred Hitchcock, forman la santa trinidad de la dirección y pusieron los cimientos del cine para llegar a lo que conocemos ahora. De hecho, Hawks es junto a Hitchcock, quien inicia lo que hoy podríamos considerar como cine de autor. Hawks jamás se unió a un estudio, no quería que le obligasen a hacer una película que no quisiera hacer. Yendo de un estudio a otro, el realizador hacía los proyectos que realmente quería hacer, tocó todos y cada uno de los palos. Fue de los pioneros en el cine negro con obras como El Terror del Hampa o El código criminal, se adentró en el cine de aventuras con películas como Hatari, rodó dramas como Tener y no tener o Sólo los ángeles tienen alas. Rodó algunos de los westerns más grandes de la historia como Río Bravo, incluso se adentró en el cine épico con Tierra de Faraones y en el musical con Los Caballeros las prefieren Rubias. Y por supuesto, rodó algunas de las mejores comedias de la historia del cine, cómo Bola de Fuego o ésta de la que ahora hablamos.

Pero al contrario de lo que podríamos considerar con Hitchcock o con Ford, Hawks tampoco era un virtuoso. Es difícil ponerse a ver sus películas y encontrar un plano excepcional, pero tenía un talento innato, y que fue lo que le hizo poder hacer todo tipo de cine. Sabía adaptarse a todo lo que hacía, conocía a la perfección cómo funcionaba cada género. Controlaba la velocidad y la imagen y narraba lo que se propusiese de manera excepcional. Como prueba de esto, está la vez que le dijo a su buen amigo Hemingway que rodaría una gran película de su peor novela, y realizó un filme tan excepcional como Tener o no tener, a la cual, además, le ponía un broche de oro, de una manera sensual (el sexo, desde la sugerencia, siempre aparecía en sus filmes) con ese contoneo de caderas de la Bacall. Y aquí, en La Fiera de mi niña también podemos ver como narra una historia desde la nada, la trama de la película es casi inexistente. La historia de un paleontólogo que se va a casar al día siguiente y espera una subvención para su investigación, que se ve entorpecida por la llegada de una mujer que pondrá todo patas arriba. Es incluso la misma historia que nos contó en Su Juego Favorito o Me siento rejuvenecer, pero a la hora de narrar, a Hawks no le importa en sí lo que está contando, si no, simplemente hacer comedia.

Lo primero que observamos en La Fiera de Mi Niña es un intercambio de papeles continuo. Es algo que aparece desde el planteamiento, aquí, el personaje de Cary Grant es el débil, es Katharine Hepburn la que le arrastra hasta el caos. Es ella quien tiene que encargarse de seducirle, mientras que él se convierte en el símbolo de la feminidad, en el verdadero sexo débil, algo que se aprecia claramente en la escena en la que Grant tiene que ponerse una bata de mujer. El cambio de papeles se sucede continuamente, él tiene que tomar una nueva identidad haciéndose pasar por cazador, ella, no es más que el lado opuesto de la mujer con la que Grant se va a casar. Con la que además guarda un increíble parecido físico, mientras que su prometida es una persona estrecha y triste, que no quiere tener hijos porque le basta con los dinosaurios, porque está casada con el trabajo.Incluso podemos observar como David realmente sueña con divertirse, cuando le pregunta por la luna de miel, y su esposa niega la posibilidad de irse de vacaciones, realmente, él también sueña con divertirse aunque esté arrastrado en una vida en la que no puede permitírselo. Hasta el leopardo tiene un cambio de papeles, apareciendo otro animal en escena. O con ese borrachín al que interpreta Barry Fitzgerald, que ve todo absolutamente atónito, cambiándose el papel con el espectador. Al final vemos como ese inspector de policía cree que nadie es quién dice ser, obligando con ello a Susan a tomar una nueva personalidad. Un juego de personalidades que hasta existe en su título original, ese “Bringing Up Baby” que traducido literalmente podría ser algo así como “Educando al bebé”, pero no existe ningún bebe, Baby es el nombre de Leopardo, pero a quién se educa es a toda esa galería de personajes que se comportan como niños, algo que Hawks repetiría en Me siento rejuvenecer, ahí, llevándolo al límite.

Hawks dirige una obra perfectamente organizada, el propio Harold Lloyd dijo de ella que era la comedia mejor construida que había visto nunca. Podríamos decir que La Fiera de mi niña es una colección de sketches, perfectamente hilados. Cada escena tiene un principio, un desarrollo, y un final, que suele resultar estrepitoso. Podíamos dividirla por pequeñas partes: la partida de golf, la fiesta, el viaje en coche, la llegada a la casa, la cena, la búsqueda de Baby y la escena de la comisaría. Exactamente la película son esas escenas, y cada una de ellas podría funcionar por si misma sin perder un ápice de comicidad, pero que juntas, forman un todo sobresaliente. Para que esto funcioné, Hawks aplica a la película una velocidad increíble, el ritmo es siempre es vertiginoso, la réplica es tan rápida que puede recordar incluso al cine de Los Hermanos Marx, con la que guarda incluso una pequeña referencia, cuando vemos a Katharine con el sombrero en la cabeza convirtiéndose en Harpo. Y realmente la película no habría funcionado con dos actores distintos, porque siempre te crees lo que dicen, transmiten una increíble naturalidad, parece increíble que estemos hablando de la primera incursión de Katharine Hepburn en la comedia.

La fiera de mi niña establece sus cimientos en la locura absoluta, no existe ningún personaje que esté cuerdo. Tenemos a ese cazador que de repente se presenta entrando a casa por la ventana como si fuera esto la cosa más natural del mundo Esa hilarante cena, en la que David no para de levantarse saliendo ye entrando continuamente de la habitación, una cena donde el cazador insiste una y otra en imitar los gritos de los animales, juntando los pulgares, aunque realmente nunca le escuchamos gritar a él. Existe la locura también, en esa tía, que podría parecer la más normal de todas, cuando de repente te sorprende teniendo el capricho de tener un leopardo. O ese inspector de policía que está tan convencido de su verdad, que no cree a nadie, excepto a la disparatada locura de Susan. Los personajes hacen lo que le viene en gana, dándoles una total anarquía, resulta excepcional ese momento en el que la Hepburn, antes de ser multada, decide coger otro coche como si fuera suyo y se marcha con él como si no pasara nada, un gag, que como otros muchos de la película, podríamos asociar al cómic. Tan solo, el ya mencionado personaje del borracho, que no deja de ser la visión del espectador y el psiquiatra que aparece oportunamente a cada momento, aportan algo de cordura a la historia.

Desde el caos absoluto, Hawks entiende la comedia a la perfección, con una película que fluye sola. En una película que nace desde lo absurdo del diálogo, en el que hay lugar para el más claro slapstick, de hecho, la mayoría de las salidas de Cary Grant acaban en una caída. Dónde consigue jugar con todos los elementos, da especial protagonismo a los objetos, y pese a gozar de un ritmo tan rápido que apenas deja tiempo para respirar, nunca llega a resultar claustrofóbica. Que trata con mimo a sus personajes, siempre son absurdos, están completamente locos, pero nunca resultan ridículos. Ahí destaca especialmente esa cualidad tan maravillosa que tenía Cary Grant para meterse en cualquier situación, y no sólo no parecer ridículo, si no seguir pareciendo elegante, aunque salte al aire vestido con una bata de mujer gritando a los cuatro vientos que se acaba de volver gay. Es una película sobre la teoría del caos, que acaba explotando, cuya huella, se sigue viendo en películas recientes, como puede ser en Project X, dónde un gag sucede a otro continuamente, aunque al contrario de lo que ocurre en La Fiera de mi niña, allí haya una sensación de tener que superar el gag anterior que Hawks considera innecesaria. Un gag complementa al siguiente, forman una línea recta que no tiene que ir creciendo, si no buscando el equilibrio constante, para que sólo sea la suma de sus actos la que acabe desembocando en su explosión final.

Realmente La Fiera de mi niña es una historia sobre nada, es una comedia completamente absurda, en la que nada tiene ni pies ni cabeza, es la comedia por la necesidad de ser comedia, es la situación elevada a la máxima potencia, y es por ello que es una película perfecta. Una película que realmente trata sobre la alegría de vivir, sobre lo importante que es divertirse, de tener alguien al lado que haga de cada experiencia un momento único y te lleve a la completa locura. Es una comedia sobre, simplemente, gente que simplemente está loca, pero es completamente feliz. Y es precisamente ahí, dónde Grant, arrastrado a una vida aburrida descubre a una mujer que le ha arruinado la vida por completo, pero no le importa, porque nunca ha sido tan feliz.

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>> Katharine Hepburn; la primera mujer. Parte II – Caer, levantarse y retarse
>> Katharine Hepburn; la primera mujer. Parte III – Llega la televisión y sus últimos años

FICHA TÉCNICA

Título:

La Fiera de Mi Niña

Título Original:

Bringing Up Baby

Año de Producción:

1938

País:

Estados Unidos

Dirección:

Howard Hawks

Guión:

Dudley Nichols y Hagar Wilde

Música:

Roy Webb

Fotografía:

Russell Metty

Reparto:

Cary Grant (David)

Katharine Hepburn (Susan)

Charles Ruggles (Mayor Applegate)

Walter Catlett (Slocum)

Barry Fitzgerald (Sr. Gogarty)

May Robson (Tía Elizabeth)

George Irving (Sr. Peabody)

Fecha de Estreno:

18 de Febrero de 1938 (Estados Unidos)

13 de Enero de 1941 (Madrid, Cine Avenida)