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“Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, quise ser un gánster” decía Henry Hill al comenzar Uno de los nuestros. Aquel retrato sobre la mafia que hablaba sobre la ambición y el colocarse en un sitio, que por derecho no nos pertenecía, tiene mucho que ver con lo que cuenta El lobo de Wall Street. Los recuerdos de Jordan Belfort comienzan mucho más tarde que los del Henry Hill al que daba vida Ray Liotta. Jordan Belfort nace el día que pisa por primera vez Wall Street ¿Su sitio antes? No importa ¿Su lugar ahora? Debe encontrarlo él mismo.  Jordan Belfort no nace el día que su madre le dio a luz, su madre está encarnada en el personaje de Matthew McConaughey, el parto, una simple comida su primer día de trabajo. Hasta ese momento, seguramente Jordan Belfort sería un tipo normal, un tipo honrado que quiere ver la luz. Acaba de nacer al ritmo de unos extraños sonidos guturales, le han explicado el secreto del éxito, pero él no lo sabe. Es una lección de su vida, una lección de quién debe ser, pero debe darse cuenta de ello. Tiene que tener la oportunidad de ser el lobo que guíe a la manada, y sólo cuando lo sea, se dará cuenta de acaba de nacer, y que desde que tuvo uso de razón, siempre quiso ser un gánster.

Jordan Belfort es un tipo que haría sentirse orgulloso al Gordon Gekko de Wall Street. Pasó de no ser nadie a ser el verdadero rey del mundo. De no tener nada a tenerlo todo, amasando su fortuna a base de vender acciones basura que no valían nada. No tenía escrúpulos, no le importaba el dinero realmente, para él todo era un juego, el juego de tener más que nadie. El juego de la adicción, la adicción al dinero, a las drogas, a las mujeres, a la fiesta, al desbarre… Un Robin Hood moderno, pero un Robin Hood egoísta que no miraba más allá de sí mismo. Sí, era un Robin Hood, pero como Forbes definía: “Robaba a los ricos para quedárselo él”. Puede resultar osado, o quizá inteligente, por parte de Martin Scorsese acercarse de la forma que se acerca a la figura de Jordan Belfort corriendo los tiempos que corren. El Ocuppy Wall Street ha convertido a los que trabajan en la bolsa en los grandes villanos de la situación económica. Películas como Margin Call o Inside Job, ha dado la razón a la gente que saltaba a la calle. No hay mayor villano que el broker y el banquero, y Jordan Belfort es un héroe, o eso se cree él.

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Porque Martin Scorsese no quiere caer en moralejas que la historia no necesita. El espectador es testigo, el espectador juzga, pero Jordan Belfort mira con nostalgia al pasado. La película deja claro que estamos ante la visión adulterada de su vida por los ojos de Jordan Belfort, un tipo que mira al pasado con cierta nostalgia, que ve en aquellos años sus grandes años. Al comienzo de la película vemos a Belfort conducir un flamante coche deportivo rojo, hasta que manda parar, “Eh, mi coche no era rojo, era blanco, como el de Don Johnson en Miami Vice”, el coche cambia de color, y el espectador entiende que esto que vamos a ver es la vida de Belfort por Belfort. Tan sólo la ética del espectador permite darse cuenta de que Belfort es un antihéroe y no el héroe que él mismo cree ser. Scorsese, más energético que nunca, pisando el mismo chip de películas como Casino y Uno de los nuestros, pero a sus 70 años demostrando un cinismo y un negrísimo sentido del humor, entrega por completo la narración al desfase de las fiestas de Belfort, a la completa locura. Le sigue de forma frenética, sin pararse a darse explicaciones a nadie. Él muestra lo que tiene que mostrar, vemos como es Jordan Belfort, saquemos nuestras propias conclusiones, ¿es ése tipo de gente los que nos han arrastrado a la situación actual? Que sea el espectador el que decida, él da pie paso a una anarquía completa, de la misma forma que Harmony Korine hacía en Spring Breakers. Pero claro, treinta años separan a estos realizadores, y en cierta forma es difícil no preguntarse de dónde saca Scorsese las fuerzas para conseguir ese ritmo capaz de atraparte como la peor de las drogas.

Y en cierta manera El lobo de Wall Street también es como una absoluta droga. O al menos así la plantea el propio Scorsese. Ese nacimiento que contábamos al principio, es también un primer escarceo con las drogas, de manera literal, pero también en la película. A partir de ahí, el subidón dura durante todo el centro de la historia, para dar lugar a una inevitable fase “babeante”, representada en una escapada en coche, y la necesidad de dependencia, unida a la fuerza de Popeye. Posiblemente la parte más hilarante de la película y la que sin duda nos descubre la vena más cómica de un inspiradísimo Leonardo Di Caprio. Para dar lugar al bajón, a la resaca. Pero no es una resaca con lamentos, existe en ella una reflexión, cierto. Pero este lobo llamado Jordan Belfort, lo tiene todo, y se ha salido con la suya, incluso la forma de la que llega a su conclusión no podría ser más estúpida. Ha perdido, pero él sabe que ha ganado, e incluso los que deseaban hacerle perder, también saben que ha ganado y ellos son los perdedores. Jordan Belfort, ese mentiroso, es un ganador por ser como es, los demás, los que seguimos las normas por las que se rige el mundo, somos simple perdedores. Porque Jordan Belfort jamás perderá todo lo que ya ganó.

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Hay mucho en El lobo de Wall Street que recuerda a Uno de los nuestros, sobre todo en la evolución de sus personajes. Henry Hill y Jordan Belfort van de la mano. Las pistolas se convierten en teléfonos, el poder se personifica en el dinero, pero los dos sólo buscan estar en un sitio que no les pertenece, y lo consiguen, al precio que haga falta. Pero a diferencia de Hill, Belfort tiene el poder de dominarlo todo, él no es la maquina a moldear, es la maquina moldeadora de ese séquito de perdedores que le siguen de forma sectaria como un mesías que les promete la tierra prometida (la del dinero). Unos pobres idiotas que serían incapaces de distinguir si lo que hacen está bien o mal por sí mismos, y es que su única voz es la de Belfort. Y es ahí donde la película encuentra su mayor luz, en un fantástico Jonah Hill, tan estúpido, como hilarante, escondido detrás de una gigantesca dentadura postiza, con unas gafas enormes, y una prótesis de pene. Capaz de robar todas las escenas de la película, porque El lobo de Wall Street es Jordan Belfort, pero no sería nada sin la completa incoherencia que de forma magistral implica el personaje de Hill. Pasado de rosca en absoluto, llevando hasta el extremo su interpretación y entrando en ese mundo sinsentido de Belfort (la mayoría de las cosas que ocurren en la película, realmente son vivencias reales del propio de Belfort, por difícil que resulte de creer). Scorsese se acerca al mundo de los nuevos gánsteres, los que roban sin pistola y sus balas son las mentiras. Lo hace sin emitir innecesarios juicios de moral, mirando siempre a través de los ojos de este tipo que siempre quiso ser un gánster y efectivamente, lo consiguió.

4.5_estrellas

Ficha técnica:

Título Original: The Wolf of Wall Street Director: Martin Scorsese Guión: Terence Winter Música: Howard Shore Fotografía: Rodrigo Prieto Reparto: Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Matthew McConaughey, Jean Dujardin, Kyle Chandler, Rob Reiner, Jon Bernthal, Jon Favreau, Ethan Suplee, Margot Robbie, Cristin Milioti, Katarina Cas, Joanna Lumley Distribuidora: Universal Pictures Fecha de estreno: 17/01/2014