A todos nos sorprendió cuando se anunció que Clint Eastwood volvía a ponerse delante de las cámaras, estando además a las ordenes de otro director, algo que no hacía desde hace casi 20 años cuando rodó En la línea de fuego de Wolfgang Petersen. Lo hace con una película que tiene el mismo tono de despedida que ya desprendía Gran Torino, y retomando el último de sus personajes. Porque lo cierto es que nunca ha sido un gran actor, ha sabido encarnar a las mil maravillas a ese tipo rudo que era en sus primeras películas, que en sus últimas películas se ha convertido en un viejo cascarrabias, y aquí su Gus es personaje que tiene mucho de sus últimos papeles en Million Dollar Baby o la misma Gran Torino. Son los dos personajes que Eastwood ha sabido encarnar de maravilla, como si fueran una pequeña extensión de sí mismo de la misma forma que Allen lo es con sus personajes. Siempre nos quedará la duda de si Eastwood hubiera podido ser uno de los grandes intérpretes de la historia del cine, por que cuando ha intentado hacer algo distinto, como en Los Puentes de Madison o Sin Perdón, ha demostrado con creces que podía, pero nunca arriesgó demasiado como si lo hizo en su carrera de director.

En Golpe de Efecto, Eastwood da el testigo en la silla de director a Robert Lorenz, con el que ja trabajado en numerosas ocasiones como segunda unidad. La película nace en cierto modo como una antítesis a lo que plasmaba Moneyball. Si en la película de Miller se ponía en evidencia de la evolución del deporte del diamante enfocado hacia los números, aquí nos encontramos con la exaltación del modelo tradicional. De cómo unos fríos números son incapaces de plasmar todo lo que se ve y el conocimiento que se adquiere a lo largo de años. Así un viejo ojeador de béisbol ve como su trabajo peligra por la presencia de un ambicioso compañero que pugna por el nuevo modelo, aún así hará su viaje para observar a una posible promesa. Acompañado de su hija, con la que guarda una fría relación, y atravesando unos problemas de visión.

Como su protagonista, Lorenz aboga por lo tradicional, y firma una película muy agradable y de presencia bastante convencional. Donde el béisbol realmente carece de una gran importancia, y se hace especial hincapié en las relaciones personales. La relación de Gus con su hija es complicada, la madre de ella falleció cuando apenas tenía seis años. Las idas y venidas entre ambos vienen marcadas por la incapacidad de comunicación entre ambas partes, que además se ve salpicada por la sensación de abandono que siempre tuvo ella. La admiración hacia su padre es evidente, tomando en herencia la pasión por el deporte que él tiene, criada en ese ambiente, quizá malsano para un menor, pero que ella atesora como grandes recuerdos. Recopilando un conocimiento por el deporte nada habitual en una joven abogada de treinta años. Lo que empieza siendo como una forzosa salida, preocupada la salud de padre, acaba siendo un viejo reconciliador, dónde todas las viejas rencillas saldrán a la palestra, para intentar curarse de todos sus fantasmas del pasado. Una historia tan predecible en su marco, como esa relación romántica que mantiene por ese joven ojeador que siente que le debe todo lo que ha sido a Gus, pero que por fatales consecuencias del destino acabo con su sueño. La forma de narrarla es totalmente convencional, pero esto no molesta en absoluto y acompaña a un visionado de lo más agradable, que además se ve beneficiado de las excepcionales actuaciones de sus dos principales protagonistas, la notable solvencia de Justin Timberlake, y una innegable química a tres bandas.

Pero si algo si destaca en la cinta, es su reflexión sobre la vejez y el paso del tiempo. El protagonista renuncia a perder su papel en un mundo que le ha absorbido por completo. No se atreve a aceptar su incapacidad, aunque su visión se empañe por una mancha borrosa. Ni de adaptarse a los nuevos tiempos, sigue leyendo el periódico, aunque lo hace con una lupa, que esconde de manera vergonzosa para que nadie la vea. El miedo a afrontar la vejez se palpa, el aferrarse a una vida tradicional como si nada hubiera cambiado, como si su rostro no se viera envejecido por las arrugas, aunque las vea de manera irremediable cuando se mira en el espejo.

Lorenz coge el testigo en la dirección de Eastwood, lo hace sin la brillantez del director californiano, pero con una historia narrada de una manera convencional y muy solvente. Volver a ver el rostro de Eastwood es siempre un placer, y nos queda el consuelo de que al contrario que a su personaje, no parece que haya ninguna mancha que empañe su vista y que por ahora nos deje de ver obras maestras como la sobresaliente J. Edgar que estrenó hace apenas un año.

Título Original: Trouble with the curve Director: Robert Lorenz Guión: Randy Brown Música: Marco Beltrami Fotografía: Tom Stern Interpretes: Clint Eastwood, Amy Adams, Justin Timberlake, John Goodman, Matthew Lillard, Robert Patrick Distribuidora: Warner Fecha de Estreno: 23/11/2012