En un mes en el que ese magnifico experimento llamado ‘Holy Motors’ está en boca de todos, llega a nuestras pantallas otro experimento, más clásico pero igualmente lúcido. ‘César debe morir’ se alzó con el premio David Di Donatello a la mejor película italiana del pasado año y con el Oso de Oro de la pasada Berlinale, en apenas hora y cuarto de duración éste alegato al arte como vía de escape en clave de adaptación, casi literal del ‘Julio César’ de Shakespeare, carcelaria nos otorga momentos escalofriantes que enamoraran a cualquier cinéfilo pero que volverán loco a aquellos que, como yo, amamos con locura el teatro.

La representante italiana en los próximos Óscar es una película totalmente apasionada aunque algunos espectadores la puedan ver como, ciertamente, una película fría e incluso superficial. No creo que estemos ante una cinta superficial, tampoco estamos ante el cine social en el que ‘César debe morir’ podría haberse convertido. Es una película directa y precisa.

En su corta duración, lo último de los hermanos Taviani, concentra sentimientos enfrentados. Por una parte nos encontramos con una carta de amor abierta al teatro, y especialmente a Shakespeare, que se materializa en esa adaptación, o mejor dicho, en ese traslado literal desde los escenarios al patio de una cárcel italiana de la obra teatral, ‘Julio César’, del autor inglés. Y por otra parte tenemos la cara B de la cinta, una cara amarga, dura, que nos presenta las realidades (y con realidades digo, realidades) de éstos presos por delitos de sangre que encuentran en el arte su oxígeno para sobrellevar la pena que se les adjudicó. Pero, a veces, ese oxígeno se convierte en veneno que agudiza el dolor que éstos sienten. Paolo y Vittorio (los Taviani) no buscan ensalzar a los presos, ni siquiera buscan la pena ni la empatía del espectador con ellos, se dedican, simplemente, a retratar por lo que bien podríamos estar ante un documental, pero no, ésto es una película. Una película transparente y sencilla, insípida para algunos, apasionada, como ya he dicho, para mí.

Esa pasión de la que hablo se materializa en esos presos (reales) que trasladan dolor al espectador, con sus miradas. Sin ser actores profesionales, sin luchar por ningún premio, nos encontramos ante el que, probablemente sea, el mejor reparto del año. Un montaje brillante que combina el color, en los momentos más esperanzadores de la cinta, con una excepcional fotografía en blanco y negro durante la parte central. Separando las realidades, la realidad cruda, de la realidad “ficcionada”. La vida con arte, y la vida como esclavo del propio arte.

Últimamente la cartelera española se está llenando de estrenos que más que películas son alegatos al cine (‘Holy Motors’) a la literatura (‘Dans la maison’) o denuncias sociales que abogan por cuentos de ficción (‘Reality’). Películas que ficcionan la vida o que hablan de lo ficcionada que es la realidad. Y éste viernes llega una ficción que sólo muestra. Una denuncia social que no es ni cuento ni cine social. Un alegato al teatro, y a la vida, allá dónde estemos. Porque siempre hay esperanza donde hay arte.

Título Original: Cesare Deve Morire Director: Paolo y Vittorio Taviani Guión: Paolo y Vittorio Taviani (Obra: William Shakespeare) Música: Giuliano Taviani, Carmelo Travia Fotografía: Simone Zampagni Interpretes: Fabio Cavalli, Salvatore Striano, Giovanni Arcuri, Antonio Frasca, Juan Dario Bonetti, Vincenzo Gallo, Rosario Majorana, Francesco De Masi, Gennaro Solito Distribuidora: Golem Films Fecha de Estreno: 23/11/2012